Las cosas que cambian más lentamente, que se mantienen o permanecen en apariencia inalterables (artefactos, construcciones, edificios, obras, archivos, etc.) compensan la angustia por el paso del tiempo. Por esto hay personas que gozan al llegar a un lugar en que la decoración es “siempre” igual, y suena tan bien el piropo: “los años no pasan por ti”.
A veces me da la impresión de que lo que se conoce como familia es una institución que posibilita comportarse como un concha de su madre con el resto de la sociedad. Alguna relación tiene con el dinero y el poder: permiten ser hijos de puta con los demás. Son medios, instrumentos que dan pie para la deshumanización, para la despersonalización.
Me repele concebir a la pareja como una propiedad privada, exclusiva, en que se consideran enemigos todos los potenciales “comensales”.
Yo no defenderé a la familia de su exterminio producto del desarrollo capitalista, porque son dos modos que están en la misma lógica: dominio, explotación, propiedad, exclusividad, crecimiento. La familia sirvió para reproducir el sistema burgués-capitalista, sistema que la tiene en jaque.
Sin duda los lazos de parentesco, genéticos, van a seguir existiendo, pero la función socializadora será traspasada en buena medida a otras instancias (jardín, escuela, medios de comunicación, redes sociales, etc.).
El relajamiento de las “ataduras” familiares posibilita la creación de lazos afectivos más libres, por afinidad, intereses, gustos, etc.
Fenómeno de los grupos, equipos, redes, agrupaciones, conglomerados, etc.
Ocuparse en tejer mallas de relaciones significativas puede ayudar a humanizar la sociedad.
La otra noche una lola que estaba en un pub de Puente Alto dijo que yo era como un hermano que la había estado cuidando toda la noche. Esa madrugada, al encontrarme con Sandra expresó que yo era como su “hijo tonto”. Esta familiarización de relaciones no biológicas es un fenómeno muy decidor.
Creo que la dialéctica de la libertad puede resolverse en que así como uno busca liberarse de trancas, cadenas, estrecheces, trabas, obstáculos, etc., al mismo tiempo se trata de liberarse para vincularse en forma autónoma y sana, tejer redes sociales libres, ligarse amorosamente.
La paradoja del vivir es que aunque estamos solos y nos desenvolvemos en mundos paralelos, estamos y necesitamos la interacción con los otros, la interdependencia; somos en el lenguaje, en la comunicación y coordinación. Acoplamiento estructural.
Efectivamente, podemos sentirnos solos rodeados de gente y no tener esa sensación estando sin compañía.
Creo que el conocimiento, la historia, la literatura, el arte permite estar “conectado” con la humanidad, con nuestro ser genérico. Lo mismo sucede con las actividades socialmente útiles y con las relaciones amorosas. Uno se “compenetra”, “imbrica” con la totalidad, con el universo.
El viernes fue muy grato toparme con Claudia, una joven que arrienda una pieza sobre el bar Roma, en Playa Ancha. Ella nos acogió mientras esperábamos la tocata, me permitió guardar mi bolso, nos convidó cerveza y té, me regaló papel y lápiz. Estudia kinesiología y su familia es de Quilpue. Es hiperactiva, padece de insomnio y tiene ideas muy críticas respecto a la sociedad. Llama la atención su amistad con Jano, el encargado de mantención de la casa, un tipo “ahuasado” oriundo de San Vicente de Tagua Tagua. Le agradecí su gesto y la felicité por su sociabilidad.
A la pregunta de Clotario acerca de en qué consiste la vida, creo que por ahora me atrevo a responder que, en buena medida, se trata de construir redes, mallas o tramas sociales fundadas en la aceptación y el respeto del otro, de su libertad, autonomía, particularidad. Otro concepto clave es el de “vivenciar”, compartir la experiencia, ponerse en el lugar de los otros, aprender y comprender la realidad de los demás.
