sábado, 29 de junio de 1996

El 19 del presente comencé a tomar fluoxetina, un antidepresivo suave que me recetó Gonzalo, el papá de Cecilia. Además, me dio unas cápsulas de vitaminas y minerales, contra la fatiga física y mental. Según el doctor, comenzaré a sentir más ánimo después de unas tres semanas de tratamiento. Esas ganas me deberían ayudar a tomar decisiones importantes y a actuar, para romper y salir del círculo vicioso depresivo en que me encuentro.

viernes, 14 de junio de 1996

El domingo pasado cumplí 29 años, el último de mi juventud según algunas mediciones estadísticas. Las últimas tres semanas han sido de muy poca actividad; estuve enfermo en cama, me he sentido congestionado, con tos, me cayó mal al estómago una empanada, y ando cansado, con dolores en la espalda y cuello. Estoy hecho un desastre, un achacoso. Daniela me decía que en los cinco meses que me conoce, he hecho muy pocas cosas. Así es, y lo más angustiante es que hace un año y medio que estoy empantanado, estancado, entrampado. Esto se puede observar en lo que he realizado para mis dos principales ocupaciones: La Hoja y la imprenta. Cinco números del boletín en 17 meses, y varios compromisos para con la gráfica que todavía no cumplo (Memoria, proyecto, registros, instrumentos, etc.). Esta situación se agrava con el tema del congelamiento de mi titulación: hace cuatro años y medio que debería haber pasado ese trámite.
Es una crisis total: de sentido, vocacional, de significado. Nada me motiva, y todo me da pereza. No disfruto el presente, el aquí y ahora, sino que ando apesadumbrado, amargado, pensando en el pasado, en mis frustraciones, y ansioso por un futuro incierto, dándole vuelta al vacío, al absurdo. Mi cuerpo no me da, no tengo ganas de nada; todo es complicado, difícil, es como si estuviera fundido, gastado. Lo que más quiero es dormir, y tengo tendencia a evadirme mirando TV. Cecilia me dijo que puede ser que no esté conforme con mi vida. Me gustaría irme del campo o la playa, y estar un mes desenchufado de todo.
Creo que mi crisis tiene que ver con lo que en desarrollo organizacional se denomina “sentido de misión”. Así como hay personas que, consciente o inconscientemente, poseen como “misión” tener una familia y un buen pasar, ser buenos profesionales, crear obras de arte, convertirse en grandes deportistas, aportar al conocimiento científico, hacer negocios, etc., pienso que lo mío, desde mi primera juventud, fue la “cuestión social” y el saber en general. Cuando preparaba la PAA, Claudio Vila, el profesor de matemáticas y dueño del preuniversitario Perseo, me dijo, luego de conversar acerca de mis intereses y gustos, que pensaba que mi vocación estaba en la ingeniería de sistemas. Después de tres años, o más, cuando estudié teoría de sistemas y de la comunicación, comprobé que eso era lo que más me atraía. Descubrí que el tema organizacional me apasionaba, y decidí hacer mi Memoria sobre Comunicación Organizacional. Pero, al mismo tiempo, quería ir practicando con iniciativas organizacionales, por lo que La Hoja y la imprenta representaron oportunidades adecuadas. No obstante, las cosas resultaron muy difíciles, y las expectativas que me había creado, no se cumplieron, generándose el actual estado de “hibernación” en que se encuentran. Las ideas de crear un medio de comunicación para el sector de economía social, y de montar una gráfica autogestionada, se han encontrado con muchos obstáculos para su concreción. Esto me ha llevado a una sensación de fracaso, que se suma a otros anteriores, como mi experiencia en Ingeniería UC, mi atraso en la Memoria de Periodismo UC. A veces, me da la impresión que ya no tengo nada que hacer, que no puedo aportar en nada, y que el desarrollo de los acontecimientos es una avalancha en la que yo no tengo pito que tocar.
Pareciera que sólo me quedan dos alternativas: o cambio mi sentido de misión, o lo adapto y adecuo a mi actual situación, y a la del entorno. Creo que optaré por la segunda opción, y, además, agregaré nuevos elementos: conocimientos enciclopédicos y expresión artística, por ejemplo. Construir sistemas alternativos es complejo, difícil, y requiere preparación, estudio y perseverancia; es necesario conocer mejor el actual modelo hegemónico, sus fuerzas, debilidades y capacidad de recuperación.