Daniela me ha ayudado a conocerme más a mí mismo. Que soy terco, prejuicioso, picado. Que por adecuarme a un deber ser, a una ética que implica, entre otras cosas, aguantar y no molestarme, mis enojos se acumulan y, cuando reviento, puedo ser muy agresivo, ofensivo e hiriente.
Carta no enviada:
Santiago, noviembre 1 de 1995.
Querida Mariela:
Lamento no haber ido el sábado pasado a pasar el día con ustedes –tenía muchas ganas-, pero tuve que trabajar todo ese fin de semana, pues el lunes debía entregar dos reportajes que me estaban pidiendo hace semanas. Desde hace diez días que venía pensando en lo bueno que sería escribirte. Me di cuenta de que hay cosas que tengo atravesadas con varias personas, y que las cartas son una excelente manera de expresión. Y, justo, hoy en la mañana el papá me contó que ustedes irían a algo así como un retiro para matrimonios, y que sería bueno que yo les enviara un mensaje de apoyo. Entonces, decidí que aprovecharía la oportunidad para escribirte lo que más o menos tenía pensado.
Es increíble que sólo después de diez años –o más- yo inicie una conversación acerca de nosotros, nuestra familia, etc. Tanto, como el hecho de que, recién ahora, estemos empezando a dialogar sobre cosas importantes con Ellen y Gustavo (mis otros hermanos). Y digo ahora, porque tiene relación con la separación de mi mamá con nuestro papá. Resulta que, durante 30 años, mi mamá era la que nos comunicaba a todos; era el canal de conversación, información, nexo, etc., y, por lo tanto, de la metacomunicación (comunicarse acerca de las relaciones). Además, Gustavo (hijo) siempre ha sido introvertido, lo mismo que Gustavo (papá); con Ellen (ita) yo siempre hablaba más, pero, con su mal genio, a veces era preferible quedarse callado. Así que mi mamá fue, de todas maneras, mi permanente interlocutora.
Sabes Mariela, a penas estoy empezando la carta, y ya tuve que parar para secarme las lágrimas. Es que siento mucha pena. Es una sensación parecida a cuando le conté a alguien, por primera vez después de 10 años, lo feliz que era cuando pasaba mis vacaciones en la casa del Fati y la Muti (mis abuelos maternos) en Limache. Ellos fallecieron entre 1976 y 1978, y en esa oportunidad ni lloré; diez años más tarde no podía parar las lágrimas ni la presión en el pecho.
Estoy en un momento de mi vida en que quiero resolver varias cosas que tengo pendientes; como en una etapa de transición. He estado revisando mi experiencia académica, laboral, mis relaciones de pareja, con mis amistades, y familiares. En esta última faceta, pienso escribirle a cada uno de mis familiares más cercanos, y he comenzado contigo.
La verdad es que nunca hemos conversado mucho; me parece haber hablado más con Natan, por el hecho de que los temas sicológicos siempre me han atraído. Además, él fue el primero que yo escuché que vinculara la neurosis obsesiva que yo sufrí con una pequeña asfixia que habría tenido yo al nacer.
Carta no enviada:
Santiago, noviembre 1 de 1995.
Querida Mariela:
Lamento no haber ido el sábado pasado a pasar el día con ustedes –tenía muchas ganas-, pero tuve que trabajar todo ese fin de semana, pues el lunes debía entregar dos reportajes que me estaban pidiendo hace semanas. Desde hace diez días que venía pensando en lo bueno que sería escribirte. Me di cuenta de que hay cosas que tengo atravesadas con varias personas, y que las cartas son una excelente manera de expresión. Y, justo, hoy en la mañana el papá me contó que ustedes irían a algo así como un retiro para matrimonios, y que sería bueno que yo les enviara un mensaje de apoyo. Entonces, decidí que aprovecharía la oportunidad para escribirte lo que más o menos tenía pensado.
Es increíble que sólo después de diez años –o más- yo inicie una conversación acerca de nosotros, nuestra familia, etc. Tanto, como el hecho de que, recién ahora, estemos empezando a dialogar sobre cosas importantes con Ellen y Gustavo (mis otros hermanos). Y digo ahora, porque tiene relación con la separación de mi mamá con nuestro papá. Resulta que, durante 30 años, mi mamá era la que nos comunicaba a todos; era el canal de conversación, información, nexo, etc., y, por lo tanto, de la metacomunicación (comunicarse acerca de las relaciones). Además, Gustavo (hijo) siempre ha sido introvertido, lo mismo que Gustavo (papá); con Ellen (ita) yo siempre hablaba más, pero, con su mal genio, a veces era preferible quedarse callado. Así que mi mamá fue, de todas maneras, mi permanente interlocutora.
Sabes Mariela, a penas estoy empezando la carta, y ya tuve que parar para secarme las lágrimas. Es que siento mucha pena. Es una sensación parecida a cuando le conté a alguien, por primera vez después de 10 años, lo feliz que era cuando pasaba mis vacaciones en la casa del Fati y la Muti (mis abuelos maternos) en Limache. Ellos fallecieron entre 1976 y 1978, y en esa oportunidad ni lloré; diez años más tarde no podía parar las lágrimas ni la presión en el pecho.
Estoy en un momento de mi vida en que quiero resolver varias cosas que tengo pendientes; como en una etapa de transición. He estado revisando mi experiencia académica, laboral, mis relaciones de pareja, con mis amistades, y familiares. En esta última faceta, pienso escribirle a cada uno de mis familiares más cercanos, y he comenzado contigo.
La verdad es que nunca hemos conversado mucho; me parece haber hablado más con Natan, por el hecho de que los temas sicológicos siempre me han atraído. Además, él fue el primero que yo escuché que vinculara la neurosis obsesiva que yo sufrí con una pequeña asfixia que habría tenido yo al nacer.
