domingo, 19 de octubre de 2003

Estando con Chago en Quellón, me enteré de la situación de Gennadiy. De lo que me acuerdo, había estado trabajando con unos rusos, como para la parte noreste de la isla, en un proyecto para fabricar caviar con huevos de salmón. Por diferencias en la constitución de la sociedad y de la distribución del negocio, Gennadiy se retiró. Luego fue a Valdivia, en donde se puso a trabajar con unas mujeres que tienen una empresa que produce ese tipo de caviar. El ruso les mostró su particular método de preparación, mediante el cual el resultado es mucho mejor. Ellas quisieron que él entregara el secreto, a cambio de un contrato en que lo colocarían de jefe de producción con un buen sueldo. Las aspiraciones de Gennadiy eran ser socio, ya que temía que una vez que poseyeran la fórmula, lo despacharían. Por esto, regresó a Chiloé y fue a encontrarse con Chago en Quellón. Fueron al fundo de Sergio y la gringa en Tehualda, en donde Gennadiy se puso a ayudarle a ella con las colmenas de abejas. Por unos días lo dejaron solo, al cuidado de la casa, y terminó tomándose la chicha que tenían almacenada. Por otra parte, en Quellón Chago lo había llevado a hospedar a la casa de una familia, en donde también se emborrachó, dejando la habitación y la cama con vómitos y orines.

Uno de los días en que yo estuve en Quellón, el ruso llamó al celular de Chago. Estaba conviviendo con un tipo, camino a Castro, en una parcela.

Hace pocos días, cuando me encontré con Chago en el centro, me contó que Gennadiy se había metido con unos rusos medio mafiosos. Con éstos se peleó y llegó lastimado. Manuel lo llevó donde una mujer que le arregló un hueso que le había quedado salido. En eso, el hermano de Gennadiy, que vive en Moscú y es escritor, llamó al celular de Chago. Éste le pidió que se llevara a su amigo de regreso a Rusia. A través del consulado hicieron las gestiones para ubicarlo, lo encontraron, y lo encaminaron al aeropuerto. El ruso se marchó el 23 de agosto, pero a Chago le insistió que volvería para concretar su sueño de tener un gran negocio.

El 20 de febrero estuve en Queilén. Me pareció un lugar muy agradable y bonito. Acampé en el camping municipal, cerca de la playa. Había agua potable y un baño químico, y no cobraban. Sólo quedaban dos carpas; en ambas había parejas. Los que estaban más cerca eran de Santiago y estudiaban en la universidad. Los otros eran de Temuco y andaban con una guagua. Mauricio se llama el varón y su especialidad es la mecánica. Ellos habían estado en Coyhaique, en donde les tocó mal tiempo, por lo que se gastaron casi todos los ahorros en una residencial. También tenían una onda nómade y pensaban quedarse un tiempo en Queilen. En esos días estaban trabajando con las recolectoras de pelillo, las cuales les regalaban mariscos de vez en cuando. Hicimos fuego y me convidaron un emparedado de carne. Con ellos sentí esa camaradería que se da entre los que se reconocen como “caminantes”.

sábado, 18 de octubre de 2003

En Quellón estuve desde el 14 al 20 de marzo. Alojé con el Chago en la casa de Peyo. Mi amigo había pasado el invierno en la lancha, pues la onda con Peyo no estaba bien. Después volvió a la casa, pero la relación era medio tensa. Una vez instalado, comencé a ubicar a Yasna. Ella ya no trabajaba en el Centro de Llamados. Pregunté por ella, pero no sabían cómo ubicarla. Fui a ENTEL y allí me contaron que ese día debería estar en el bautizo de la hija de una amiga. Llegué a la Iglesia Católica de la ciudad y esperé. No la vi entrar ni tampoco la divisé en el interior del recinto. Me fui a la casa de Peyo, esperé un rato, y regresé para ver si a la salida podía encontrarla. Me senté en una cerca de troncos y, de pronto, la vi salir con su pequeño hijo, y acompañada de su mamá. Estaba con el pelo más corto, y se veía más alta, más grande. Se sorprendió mucho al verme. Intercambiamos números de celulares y nos quedamos de encontrar esa misma noche. Hablamos por teléfono más tarde y quedamos de encontrarnos a medianoche en el centro de Quellón. Ella llegó en un colectivo, y nos encaminamos a una disco. Como era muy cara, y no daban cover, nos fuimos a un pub. Allí tomamos unos tragos y conversamos más de una hora. Nos retiramos cuando estaban por cerrar el local. Caminamos hasta otra disco, para intentar entrar sin pagar; como no nos resultó, la acompañé en dirección a su casa. Ésta se encuentra camino a Yaldad, arriba de una meseta. Después de subir una cuesta, ella propuso que nos saliéramos del camino, hasta un pequeño plano, tipo mirador. Como no había dónde sentarse, y el pasto estaba húmedo, coloqué mi abrigo para que no nos mojáramos, y con la otra mitad nos tapamos, porque hacía frío. No pasó mucho tiempo antes de que nos besáramos. Fue delicioso. Yo estaba inspirado, y me solacé acariciándola. Para mí era tan romántica la situación que ni siquiera me excité, en cambio, parece que ella sí que se entusiasmó en ese sentido, ya que me sacó la camisa fuera del pantalón para que se tocaran nuestros vientres. Estábamos recostados, pero cada vez que se veían luces de autos, ella se asustaba, pensando que podía ser su pareja en el taxi. Luego de un buen rato, la acompañé hasta su casa, una vivienda de madera con secciones sin terminar. Quedamos de ir al día siguiente al recital de Gondwana.

Nos habíamos puesto de acuerdo para encontrarnos en el parque municipal. Ella llegó en un colectivo y me informó que el recital era en un lugar cercano a Punta de Lapas. Durante el camino me contó que temía encontrarse con su pareja, quien de seguro llevaría pasajeros para allá. Al arribar, ella pagó el viaje y caminamos hasta el centro del público. Allí estuvimos abrazados durante casi todo el espectáculo. Yasna estaba nerviosa, porque alguien cercano a su pololo podía llegar a reconocerla. Un poco antes de finalizar la tocata, ella me propuso que nos fuéramos a la playa; había una gran luna llena. Cuando caminábamos hacia la salida, me dieron ganas de comer empanadas de queso. Ella no quiso, y, cuando esperaba que me las trajeran, Yasna me dijo que la esperara un rato. Cuando regresó venía alterada; había visto pasar a su pareja en el taxi, acompañado de una lola. Se puso celosa y fue a encararlo; él le respondió que era una pasajera. Al ver que andaba conmigo, le preguntó por mí, a lo que ella señaló que yo sólo era un amigo que la había acompañado al recital. Caminamos hacia la salida y él llegó a pie y la llevó hacia un costado. Por suerte era un tipo bastante más bajo que yo. Luego, continuamos y ella me contó que él la pasaría a recoger después de ir a dejar a los pasajeros. Durante la caminata, ella no quiso que le tomara la mano; yo le hice ver mi desconcierto con su conducta. Se suponía que la relación de ellos estaba muy deteriorada; ahí comprendí que era un vínculo tormentoso, de amor y odio. Quedamos en vernos al día siguiente, para despedirnos. Llegó el taxi y se subió. Creo que pasaron dos días antes de encontrarnos por última vez. Era hora de almuerzo y fuimos a la plaza central de Quellón. Conversamos y nos dimos unos besos. Antes de irse, me dijo que no pensara en nadie más que en ella. En todo caso, yo le había expuesto completamente mi manera de pensar respecto a las relaciones amorosas.

Yasna es una muchacha delgada, de ojos pequeños; su piel es blanca y el pelo liso y castaño. Tiene un pequeño hijo de unos tres años; me parece que se llama José Miguel. El papá del niño es un joven que tiene un taxi, y que tiene un hijo con otra mujer. Yasna vive con su mamá, una señora de unos 45 años, que acaba de tener una guagua con un tipo medio “tránsfuga”. Ella es viuda y su marido era garzón. Son originarios de Coyhaique y actualmente viven con una pequeña pensión de viudez más el ingreso de Yasna. Ahora trabaja en una salmonera; empezó como operaria, pero por su laboriosidad, la ascendieron a supervisora. Con su pareja tienen una relación neurótica, condimentada por los mutuos celos. Cuando él me vio afirmó que ella siempre tenía pretendientes más apuestos que él. Se supone que este año comenzarían a vivir juntos.

En uno de esos días que caminaba por Quellón, me encontré con Yesica y su mamá. Ella fue muy amable conmigo; me explicó que trabaja en el departamento de personal de una salmonera. Resulta que es la misma en que labora Yasna.

domingo, 5 de octubre de 2003

El cuento es que esta mujer, de unos treinta y tantos años, había llegado a Chile con su familia con la ilusión de hacer grandes negocios. Utilizaron sus ahorros para comprar y acondicionar embarcaciones pesqueras. Al cabo de algunos años, la empresa no había prosperado y ya estaban consumiendo sus últimas reservas. El marido de la rusa se hallaba en Valdivia. Como Chago habla ruso, y en ese momento estaba con Gennadiy, fueron entrando en confianza y organizaron una cena en la lancha. Por supuesto habían varias botellas de vodka; mientras los rusos tomaban a destajo, Chago simulaba que bebía. Llegó un momento en que todos estaban borrachos; Gennadiy y otro ruso se fueron a dormir abajo, y la rusa quedó tirada, con la cabeza metida hacia adentro, en la litera del maquinista. Después de comprobar que todos estaban inconscientes, se cercioró de que ella no respondía; le dio algunas cachetadas y ella no respondió. A continuación –en la versión de Chago- la puso de guata en la mesa del comedor, le bajó los pantalones y se la metió hasta acabar adentro. Luego, la volvió a dejar en el camarote. Al día siguiente, ella se dio cuenta de que tenía semen en la entrepierna y le preguntó qué había pasado. Chago le respondió que ella se había ido de madrugada y que regresó después de unas horas, por lo que en ese lapso tuvo que haberle ocurrido la “violación”. Como ella no se acordaba de nada, el Chago se sacó los pillos.

Mi amigo también me relató una relación que tuvo con una mujer madura, dueña de una pequeña lavandería.