martes, 18 de noviembre de 2003

Hubo dos historias que me contó Marella que me interesaron, y otra que me produjo bastante miedo. La primera de ellas fue su incursión en el mundo del tráfico de drogas. Me contó que a los 17 años, cuando vivía en Dalcahue, sus amistades le decían Pinky, porque era fanática de Pink Floyd, y pasaba buen tiempo escuchando su música y fumando yerba. Un amigo le propuso que llevara unos paquetes a Castro y a otras ciudades de la isla, por lo que obtenía un dinero que le servía para comprarse ropa, ir a discos, pubs y darse gustos. Llegó a ser lo que se conoce como “burrera”. Cuando tenía unos 19 años, otra joven de la misma edad, y que cumplía idénticas labores, se puso a pinchar con un tira. Al tiempo, ya le había contado cuál era su actividad y quiénes eran sus contactos. Vino una redada y cayeron algunos tipos. Pocas semanas más tarde, la muchacha (creo que se llamaba Valeska) fue encontrada muerta, con varios tiros en el cuerpo. Marella se asustó muchísimo y dejó de inmediato el rubro. Su familia se trasladó a Ancud, y, pasado un tiempo, mientras ella caminaba por la costanera, fue alcanzada por un vehículo. De él bajó un tipo que la llamó por su apodo “Pinky”. Ella nunca lo había visto antes. El tipo sólo le dijo: “acuérdate lo que le pasó a Valeska. Mejor es que permanezcas callada”. Luego, el hombre subió al carro y se marchó.

La segunda historia se refería a su verdadero origen. Su padre social, legal, no es el progenitor biológico. Antes del golpe, su mamá vivía cerca de Valdivia, me parece que en Lanco. Allí ella conoció a un tipo, algo mayor, que venía del norte y que era Agrónomo. La mamá de Marella quedó embarazada y el tipo no apareció nunca más. Más tarde supieron que él estaba casado en Talca y que era militante socialista. Marella, después que su mamá le contó la verdad, mientras pasaba una de sus tantas crisis depresivas, decidió ubicar por teléfono a su papá, que se apellidaba Rubio. Así supo que tenía unos medios hermanos en esa ciudad de la VII Región, y que su padre biológico fue muerto por los militares después del golpe de 1973. Según personas que conocieron a su padre, Marella se parece a él; de hecho, ella es más alta que todos en su familia. Su papá social no sabe que ella está enterada de la verdad, y Marella no desea que sus medios hermanos la conozcan, para no causarles un impacto que cambie la visión que ellos tienen de su padre.

El tercer relato de Marella me produjo miedo, pues se trataba de experiencias vividas por ella, su familia y su ex marido, con fenómenos paranormales.

miércoles, 12 de noviembre de 2003

Creo que la menor se llama Maya, y es hija del dueño del camping. Tiene unos 14 años, es gordita y de colores trigueño claro. Nos pusimos a conversar alrededor del fogón, y la mayor resultó ser una muchacha que antes atendía en la caja del Centro de Llamados de Entel. Su nombre es Marella y tiene 29 años; está separada y tiene una hija llamada Ella, que cuenta con unos nueve años. Con ella nos quedamos hasta la madrugada y, en un momento, le tomé las manos; luego vinieron los besos y las caricias. Ella trabajaba en el Banco del Estado, en Dalcahue, y tenía que viajar en la mañana. A partir de ese día iniciamos una relación que se prolongó por casi 10 días, de los cuales, la última semana convivimos en su casa, en una villa camino a Lechagua.

Marella es alta, grande, y tiene unas largas y hermosas piernas. Como en su casa no tenía agua ni electricidad, teníamos que ir a la casa de su hermano, en la misma villa, para abastecernos y bañarnos. Para alumbrarnos, colocábamos velas, lo que daba un toque romántico. Mientras Marella iba a trabajar, yo me quedaba haciendo el aseo y preparando la comida. En las tardes paseábamos por las playas y las costaneras. Un fin de semana fuimos a la disco “El gato volador”, pero yo no me sentía muy bien, pues me había caído mal una ensalada de frutas que comimos en el día.

domingo, 2 de noviembre de 2003

En Queilén sólo estuve de un día para otro, ya que me iba a juntar con Marcela en Castro. Allá nos encontramos y tomamos un bus para Achao. Después de llegar, averiguamos la ubicación de camping. Desechamos uno que era un poco caro, y tampoco nos tincó acampar en la playa. Caminamos hacia el este y encontramos un sitio bajo árboles, con letrina. Cobraban barato y una cantidad fija por todos los días que nos quedáramos. Había otras carpas con jóvenes mochileros. En ese lugar nos quedamos dos noches. De día fuimos a recorrer la playa hacia el este, en donde había varias cascadas, de donde nos abastecimos de agua. El paisaje era hermoso, por la vegetación y los accidentes geográficos. Con Marcela hicimos fogatas para cocinarnos. Me arrepiento de no haber tomado una foto el día del paseo, ya que al día siguiente estuvo nublado. Para el regreso, tomamos un bus hasta Curaco de Vélez; recorrimos el centro y fui a la costanera a ver si había algún lugar bueno para acampar. Como no se veía ningún sitio agradable, decidimos irnos. Tomamos un minibús hasta Castro y, desde allí, un bus a Ancud. Una vez allá, caminamos hacia Pudeto y nos despedimos. Yo continué, pasé por el muelle y caminé hasta la casa de los padres de Tavita y Dámaris. Me acogieron tan bien como siempre, pero la casa estaba llena, pues estaban viviendo con el Pato y Wili. Damaris me dio el dato de un camping que está cerca del centro y en donde cobraban $ 1.000 por persona. De ahí me dirigí a la casa de Esteban. Estaba con su papá y su mamá, por lo que tampoco era posible que me quedara allí. Con Esteban fuimos a tomarnos una cerveza al boliche que está frente a una de las esquinas de la plaza. Al rato entró Alejandra con un amigo, pero no se dio cuenta de nuestra presencia. Como a las nueve de la noche, mi amigo me pasó a dejar al camping. En ese momento había dos muchachas en el fogón, sentadas, las cuales pensaron que yo era un gringo. Las saludé y entré para armar la carpa. Al poco rato, se acercó la mayor, para ofrecerme café. Le dije que una vez terminara de instalarme, iría a conversar con ellas.