jueves, 12 de noviembre de 1992

Ayer un tipo afirmó que vivir acráticamente (en la definición de Oscar) es estar en un mundo de fantasía ¿Es real la realidad?

Cristián Opazo dijo que él sería del partido del Wari. Tengo que ser consciente de que hay cosas en mi conducta que gustan y con las cuales algunas personas se identifican. Creo que la gente sintoniza con cosas que también poseen, al igual que yo he sintonizado con personas que en la historia han tenido una conducta similar.

¿Cuál es el sentido de mi actividad?

¿Por qué me gusta hacerlo?

Desde temprana edad me impactó la pobreza material y espiritual de los seres humanos. Intuí que el orden establecido no era enteramente justo. Eso se me mezcló en un momento de mi adolescencia con la neurosis obsesiva. Por la asociación con la pureza, me interesé por la ideología nacional socialista. Luego de un tiempo (un año) me di cuenta de que por ahí no iba la cosa, que eso era enfermizo.

Marcelo dijo que en algunos momentos, anarcos se confundían con racistas o fachos (a propósito del racismo de Oscar) por el hecho de buscar afanosamente la pureza.

Yo agregaría la comunidad y la naturaleza.

Donde se diferencian radicalmente es en el método y organización. Los anarcos se vinculan con el respeto mutuo, la democracia, la solidaridad, el acuerdo, la cooperación. Los fachos se ligan con la jerarquía, la disciplina, la negación del otro; todo lo cual contradice su búsqueda.

Lo fundamental es la coherencia entre medios y fines, entre palabra y acción. Para ello se deben crear métodos (sentido) y organizaciones (pautas de relación) adecuadas.

Si fuera mujer sería lesbiana. La relación lésbica me excita al cuadrado.

Lo matrístico: cooperación, solidaridad, democracia

Personas autónomas que se potencian entre sí, asociándose. La asociación para la persona y no ésta para aquella.

(coordinación de la acción de personas con proyectos propios, de manera de ayudarse a lograrlos –potenciarse, capacitarse mutuamente). Esta relación se contrapone a la de tipo mercantil o de poder (dominación).

Acuerdo, consenso, entendimiento versus coacción, obligación, imposición.

Habermas señala que entre las maneras de reaccionar o rebelarse a esta sociedad hegemonizada por la acción teleológica, estratégica o instrumental, es con las neurosis o con el “terrorismo anarquista”.

Según un estudiante de Filosofía, Mauricio, me dijo un día que conversando con unos amigos habían llegado a la conclusión de que, en última instancia, las dos opciones por las que se podía optar en términos sociales era por el fascismo o por el anarquismo.

“El fuego endurece el huevo y derrite la mantequilla” (Alejandro)

“La crecida del río, la vara de sauce y la vara de membrillo” (Rucio)

“Panadero a tus panes, pastelero a tus pasteles” (Leo)

sábado, 31 de octubre de 1992

Segundo semestre de 1992

El pasado viernes 17 de julio de 1992, se realizó en la noche una fiesta en la casa que habitan Víctor y Carola. El motivo era la despedida que el 5º de Periodismo le hacía a los egresados. Estando en el living, Lucho comenzó a insistir en que yo debía ser la segunda voz o coro de él. Que yo podía llegar a ser como Ringo Star. Yo me reí y le expliqué que sería muy difícil o imposible ya que yo soy muy desafinado. El agregó que yo tenía buen timbre, cosa que me impresionó; pensé que debía haber sido un falsete que me escuchó el cantar (tararear) un aria. Junto a nosotros, acostada en un sofá, estaba la Isabel Miquel, quien de pronto dijo algo como que yo podía hacer muchas cosas muy bien, pero que yo tenía esas cualidades atrapadas.

Eso me impresionó, porque lo asocié con mis reflexiones acerca de la neurosis y de mis trancas. Eso significa que la gente percibe que en mí ocurre ese fenómeno. Que yo poseo muchas potencialidades latentes que yo mismo reprimo, censuro, critico, atasco, freno, limito, tapo, etc. Esa tensión me trastorna y produce ansiedad, angustia, apatía, temores…

Quiero escribir cosas significativas, que me impacten o llamen mucho la atención.

El domingo 19 de julio del 92 me topé en la casa de Julio con un libro de Reich sobre sexualidad y jóvenes. Una cosa que concentró mi lectura fue un capítulo dedicado a la masturbación. Ellos porque yo siempre me he masturbado bastante, incluso hasta hoy hay períodos en que lo hago una vez al día. En el texto, como ya lo sabía, se afirma que el onanismo es natural y normal durante la adolescencia, pero que si sigue con mucha frecuencia pasado más o menos los 18 años es síntoma de que algo no anda armónicamente. Esto porque a partir de allí uno debería, para estar bien, tener unas tres relaciones sexuales a la semana.

En mi caso, mi primera relación sexual fue casi a los 21 años, con una amiga, Claudia Gin. Desde esa fecha he tenido coitos con otras tres mujeres: Claudia Soto, Manuela y Patricia. Con las dos primeras, con las cuales pololeé, tenía sexo más o menos seguido y en verdad en esas épocas me masturbé menos.

En el libro se hablaba de la masturbación excesiva y de los amores platónicos como cosas que muestran desajustes. Ambas cosas las he tenido, posiblemente a causa de no haber tenido relaciones fluidas con mujeres. Yo era extremadamente tímido y quedado. En las fiestas, de época de colegio, nunca me atrevía a sacar a bailar a las niñas y si bailaba con alguna me quedaba mudo todo el rato.

Mientras mis amigos “atracaban” con alguna niña, yo me quedaba en un rincón apestado y enojado conmigo y las circunstancias.

En cuanto a los amores platónicos, yo siempre tuve alguno: en el colegio (Marcela Peña, Cintia Stock, Claudia Carbonell, Romy Bartholomaus, entre otras), en Maitencillo (Gabriela, Cote, etc.), en la universidad (Antonia Subercaseaux y otras). Me pasaba unas tremendas películas, soñaba despierto y me emocionaba hasta las lágrimas al escuchar boleros. Hasta llegué a decir que los amores platónicos era mejor no llegar a conocerlos nunca, porque a si no se acabaría esa fantasía o ilusión, ese ideal. De eso conversaba harto con Jorge Sanhueza, quien escribía cartas a sus amadas, las que después quemaba.

Ahora que ya creía superado esas ilusiones, me ocurrió que conocí a una galla en una fiesta y me sentí “enamorado” de inmediato. Era un depto. de una amiga del Pepe que despedía a una conviviente que se iba a Temuco. Ahí conocí a Marimer, con quien cruzamos miradas y conversamos. El Pepe bailó con ella toda la noche, pero ella igual se me acercaba.

Cuando con el Pepe nos fuimos medio curados y volados caminando, él me dijo que pensaba que elle “quería” conmigo. Con eso no dejé de pensar en ella. Unos días después, cuando me venía en el Metro a la casa de Roberto, me bajé en la plaza Italia y caminé hasta su casa. Ella me recibió un rato, conversamos y la acompañé caminando. Después pasaron otros días y la invité a tomar vino navegado en la Tasca. Transcurrieron otros días y quedamos de ir a música medieval y al teatro. Después de esos espectáculos, compramos vino y fuimos a su depto. Allí estaba su conviviente, Claudia, con un amigo. Fumamos unos cuetes y empecé a observar a Marimer y a encontrarla poco atractiva; me cuestioné mi gusto por ella, la hallé gorda y posera, etc. En definitiva, se me pasaron todas las ganas amorosas y sexuales hacia ella. Fue traumático el cambio de percepción. La duda es que si el efecto de la yerba fue ver cosas que no había visto, las que destruyeron la ilusión que yo tenía de ella o si con la marihuana tuve un fenómeno de “hiperobjetabilidad”, como dice el Flin.

Hace 43 días cumplí 25 años. En teoría, ahora soy un joven-adulto y estoy entrando en la segunda edad. Llevo vivido un tercio de lo que en potencia se estima que subsistirá mi generación.

He pasado por un año de enseñanza pre básica, por ocho de básica, cuatro de educación media y siete de superior. Eso más un año de memorista.

Mis primera erecciones comenzaron como a los doce años y el inicio de las eyaculaciones fue a los trece. Hasta ahora me masturbo con frecuencia.

Me parece que nunca antes había trabajado por honorarios. Comencé a hacerlo este verano recién pasado durante tres meses en El Diario. Fue mi práctica profesional, la cual la había postergado por un año. Obtuve $ 80.000 mensuales, con los cuales cubrí todos mis gastos: carrete, locomoción, aseo e higiene, comida. Ahorré $ 130.000 y me compré una batería usada el 6 de junio.

Mecanismos

Rituales

-El vaso: absorber hasta la última gota con tal de tener la “mente limpia”.

-Puertas/tapas: abrir o cerrar sólo hasta tener la “mente limpia”. Si no, se repite hasta que resulte.

-Las manos: se sienten las manos contaminadas, entonces hay que lavarlas, soplarlas o escupirlas.

-El soplido: se usa para “limpiar” los objetos importantes o de uso cotidiano o muy íntimo (cercano).

-Movimiento de cejas: se mueven hasta que la “mente está libre”.

-Absorción de aire.

-Movimiento de mandíbula.

-Concentrarse en una imagen “positiva”: actor, personaje público, alguien de reconocida virtud.

Uso de actores importantes para “tapar” las imágenes o emociones negativas.

Antes:

-Agitación de la cabeza.

-Toser fuertemente.

-Frotar la mano derecha contra la frente.

-Empuñar las manos con fuerza.

Temores:

-Miedo a la oscuridad: que llegue alguien a hacerme daño o dolor, sufrimiento. Que pueda causar la muerte. Horror a las apariciones de seres no existentes. Sólo lo supero ocupando la mente en otros pensamientos o actos. Por ejemplo, temas políticos o amorosos. Se me pone la carne de gallina y acelera la respiración, angustia. Presencia cercana que está al acecho. Me lleva a actuar en forma vigilante y expectante, tomando medidas de seguridad.

-Hubo una época cuando niño en que sentía una angustia y sufrimiento muy grandes al sentirme inseguro de mi masculinidad. Lucha por convencerme de que no era niña. En las noches antes de quedarme dormido.

-Siempre me causó mucho miedo luego de ver películas de terror. Siempre tenía la leve posibilidad de que fuera cierto. Temía que ocurriera algo.

-Remito a películas de terror o de ciencia ficción en donde las personas cambian física o mentalmente (comportamiento debido a estímulos externos).

-Doy vida a objetos, sentimientos. Contrario al razonamiento. Superstición.

-Tocar o no tocar un objeto. Pasar o no pasar por un lugar; por un lado u otro. Pisar una marca.

No puedo hacer nada mientras esté la idea perturbadora deambulando.

Oración:

“Ningún cambio, influencia o consecuencia”

“Nunca cambiar, ni física ni mentalmente, ni amorosa ni sexualmente”

“Mejor, más bueno, más inteligente, el de antes, el de siempre”

“Que no me afecte y altere en nada”

“Sólo cambiar para mejorar”

Falta de confianza y seguridad en sí mismo.

Afán de fama, de trascendencia, de gloria.

La humildad. Requiere esfuerzo.

La búsqueda de ser querido, amado.

Temor a la negación o desaprobación.

Búsqueda de compasión y autocompasión.

El constante “llegar atrasado”.

Fallas:

-Postergar los trabajos por el temor a la mediocridad, que se auto-justifica cuando se hace a última hora, apurado y sin las condiciones óptimas.

-Necesidad de atención. Emoción al pensar que se están fijando en uno.

-Honor, gloria y fama: emociones gratificantes.

-La inmovilidad, la postergación, coartan la voluntad.

-Hacerse el interesante.

Fisiológico:

-Problemas de respiración. Sensación de ahogamiento.

-Dolores de cabeza al ir al centro.

Me he percatado que aún utilizo pequeños gestos con los ojos, cejas y boca-mandíbula, como formas de protección ante ideas sobre cosas que no deseo que me ocurran, que no quiero ser o acerca de algo que deseo se haga realidad. El problema que es mecanismo tan automático y sutil que muchas veces sólo me doy cuenta a posteriori.

Es curioso, pero creo que está ligado con algo sobre lo que he pensado y leído: la fragilidad del ser humano. Parece que fue E. Fromm quien escribió que ante esa situación, los seres humanos adoptan voluntad de dominio-sumisión o si no, relaciones de respeto mutuo igualitarias. Algo relacionado reflexionó A. Adler en el sentido de la voluntad o afán de dominación y el instinto a la comunidad. Formas de protección y de alcanzar objetivos deseados, formas de satisfacer necesidades vitales.

Otro fenómeno asociado al asunto de los gestos es el de la fuerza de las ideas-palabras como potenciadotas del futuro. Como que al pensar en algo, eso tuviera la posibilidad real de ocurrir. En cierta forma, no obstante es así, porque siempre existe la posibilidad de que a uno le pasen cosas que a uno no le gustan. Lo raro es sentirse tranquilo por una cierta inmunidad o resguardo que otorga la acción gestual o discursiva. Hay una especie de no querer aceptar o no conformarse con el hecho de la fragilidad innata, con que efectivamente las cosas puede que no salgan como uno desea, con el consiguiente dolor, sufrimiento o frustración.

Somos inmensamente frágiles, débiles y, al mismo tiempo, amamos la vida y anhelamos la dicha. Deseamos evitar el dolor y actualizar nuestras potencialidades. Poseemos enormes capacidades para desarrollarnos. Esa fragilidad nos induce a relacionarnos con nosotros mismos y con los demás de ciertas maneras. En dimensión intrapersonal, puede ser conflictivo o armonioso; lo mismo en la dimensión social.

Así como un psiquiatra libertario explicaba que la neurosis es producto de la represión y censura del artista que en potencia todos somos, Maturana dice que se produce cuando prima la competencia, el conflicto, el rechazo, por sobre el amor, la convivencia, la aceptación en la sociedad.

Ser perfeccionista es neurótico en cierta forma. Querer que las obras resulten bien es lógico, pero cuando ese deseo entorpece u obstaculiza el trabajo, es enfermizo.

Helena dijo que yo era una persona linda, transparente, inocente. Pero, que, al mismo tiempo, establezco distancia con la gente, como para no involucrarme demasiado, como observando desde fuera las situaciones. Yo creo que son temores que llevo conmigo; como tratar de no exponerme mucho porque puede hacerme daño. Es como ponerse guantes para manipular las cosas por temor a herirse las manos. O incluso no tocarlas por ese miedo. Y lo lógico es, al contrario, aprender a utilizar de tal manera las manos de forma de cuidarlas al manipular los objetos. Las eventuales heridas cicatrizan o en las zonas de contacto fuerte la piel genera los callos.

Helena y otras personas, como Mónica y Cecilia, me han dicho que soy como un niño: juguetón, tierno, regalón, etc. Pero también han señalado que tengo cosas muy maduraz, como la racionalidad, la prudencia, la responsabilidad.

El sábado pasado (26/IX/92) fue la despedida de la Cecilia en su casa. El Pepe convidó pitos y comencé a fumarlos con la Marcela. Le expliqué que la mayoría de las veces me iba en la “autista” y que las menos de las ocasiones me ponía super conversador y activo. Entonces, ella me dijo que de manera natural yo era un poco autista.

martes, 30 de junio de 1992

1992: Primer semestre

Los arrebatos y las “roscas”:

Cuando chico solía pelearme con Gustavo. Era tal el nivel de agresividad que un día –dicen, porque yo no me acuerdo- le pegué en la cabeza con una silla o algo así, con lo que se le hizo una herida en la frente, para posteriormente quedarle una cicatriz.

Estas peleas varias veces terminaban porque la mamá o el papá nos separaban. En este último caso, nos llegaban golpes a los dos. En una ocasión, nos tiró encima de una cama y nos dio con un coligüe en la espalda y piernas.

Ya mayores, en la casa de Apoquindo, algunas veces me enfurecía con mi hermano, porque él era más grande y corpulento, y sentía que me trataba con prepotencia y “me pasaba a llevar”. Un día en la cocina discutimos y, en un momento de rabia, lo amenacé con un cuchillo. Mi mamá me lo quitó y me pegó una cachetada mientras gritaba desesperada.

También me acuerdo cuando chico haber tenido una riña con mi amigo Rodrigo Pemjean, cuando estábamos en la sala de clases. Otra situación se produjo una vez que invité a mi casa de Las Tranqueras a Igor. En esa oportunidad, cuando jugábamos a la pelota, le advertí a Igor que no la tirara contra la pared porque se ensuciaba. Como la chuteó otra vez –y en realidad no era tan grave como para justificarse- le di de combos hasta dejarlo llorando. Luego llamó por teléfono a su mamá, quien lo fue a buscar después de un rato.

En verdad, por muchos años me sentí culpable de ello, por lo que en varias oportunidades me dejaba “castigar” por Igor con bromas, golpes, etc.

Otra acción similar ocurrió cuando jugábamos a la pelota en el pasaje con un compañero de curso de Gustavo, Felipe de la Fuente. De repente, tuvimos una disputa de la pelota y yo le pegué un par de puñetes en la cara. Él quedó llorando y yo corrí a refugiarme en mi casa.

En otra ocasión, jugaba a las bolitas en el pasaje de un niño del colegio –Lucho Arias-, hermano de una compañera de curso de Gustavo. Yo me enojé con él porque creía que hacía trampa, y, en un arrebato, lo agarré a combos y me fui corriendo para mi casa.

Un día en el colegio tuve una rosca con Adrián Mandiola, quien me empujó cuando íbamos subiendo la escalera en la fila, por lo que yo me apoyé en la señorita María Eugenia, que iba adelante. Ella se dio vuelta y me pegó una cachetada en la cara. Ese mismo día le hice frente al Mandioca, quien me pegó una patada en el tobillo, dejándome una herida y posterior cicatriz.

También en el colegio, pero ya en enseñanza media, estábamos en clase de Ecuación Física mirando un partido de handball. Estábamos esperando nuestro turno cuando Carlos Contador dijo algo contra mí, con la intención de menospreciarme. Entonces, le di una patada en el trasero, él se dio vuelta y cargó contra mí. Yo lo abracé para que no me llegaran sus puñetes, hasta que lo empujé y cayó sentado. Ahí intervino el profesor, quien nos separó y nos envió a inspectoría.

En una protesta en el campus San Joaquín, llegó un grupo de estudiantes de Ingeniería Civil y Comercial a intentar que termináramos nuestra acción. Sus palabras eran algo como “ya niñitos, se acabó el juego”, etc. En un instante en que un grupo lanzó el grito del MDP, un “facho” hizo burla de ello, y yo, que estaba detrás de él –y subido en un montículo de piedras-, le di un empujón. El tipo se dio media vuelta y se me enfrentó con mirada amenazante. En ese momento, personas de ambos bandos nos tomaron desde atrás y nos separaron.

Era aquel tiempo en que me estaba cambiando de carrera, por lo que la relación con mi papá estaba deteriorada. El motivo exacto no me acuerdo, pero fue en la cocina cuando estábamos mi mamá, yo y mi papá. Por algo discutí con él, y en un arrebato me lancé sobre él y lo tomé por el cuello gritándole cosas amenazadoras. Mi papá reaccionó también con ira y apretándome, en tanto mi mamá gritaba y trataba de separarnos. Entonces, yo lo solté y me encerré en mi pieza.

Una tarde que venía de vuelta de la universidad, por el camino habitual, un automovilista tocó insistentemente la bocina en la curva de Los Leones con Diagonal Oriente. Yo escuché el ruido de los neumáticos del vehículo que venía muy rápido para enfrentar esa curva. Por lo mismo, no me apuré en hacerme a un lado. Cuando el auto me sobrepasó por mi izquierda, el chofer se acercó a la ventana del acompañante –en todo caso iba solo- y me gritó una frase que decía más o menos: “córrete tonto huevón”, o algo por el estilo. Luego, el vehículo aceleró pero se detuvo en la luz roja de Lyon. Yo pensé justo en que ojalá parara para desquitarme de ese estúpido prepotente e irresponsable conductor. Aceleré hasta llegar al lado del Fiat blanco tipo camioneta techada (Fiorino) y le dí un manotón en el techo. Entonces, doblé por Lyon mientras el auto siguió por Diagonal Oriente. Seguí pedaleando tranquilamente por esa avenida ya pensando en otras cosas, hasta que una cuadra antes de Bilbao, llegó el vehículo en cuestión rápidamente y me encajonó hacia la vereda. Alcancé a dar vuelta hacia atrás y enfilé por el otro lado del auto. En eso, intercambiamos un par de palabras con el chofer: él me imputaba por golpearle el techo –que en todo caso fue puro ruido- y yo le contesté que era un prepotente. Ahí, ese tipo abrió la puerta y comenzó a bajarse del auto con un palo tipo laque en la mano. Yo, obviamente, salí rápidamente de ese lugar con la bicicleta, y doblé por Bilbao hacia abajo. El chofer me siguió y yo me subí a la vereda. Él se estacionó más allá y me esperó, pero como tenía el tráfico en su contra, yo me quedé donde estaba y le hice gestos insultantes. Entonces, tomé de nuevo Lyon y me fui por calles diversas, pensando que si volvía a aparecer yo sacaría la cadena –con candado- de la bicicleta y lo enfrentaría. Pero no apareció.

Días después, y mientras pedaleaba por Suecia hacia la universidad, este mismo vehículo apareció a gran velocidad y casi atropelló a un viejo que atravesaba la calle. El chofer se detuvo a insultar al viejo, pero éste le devolvió la agresión con un rollo largo de papel que llevaba, con el cual golpeó el techo del auto y lo metió por la ventana, todo ello mientras le inculpaba de su exceso de velocidad. Yo estaba de espectador, pero cuando reconocí aquel vehículo sentí de inmediato las ganas de intervenir si es que el tipo se bajaba del auto. Pero aquel sujeto no se bajó del vehículo sino que aceleró y siguió su camino.

Yo, en general, soy calmado, pacífico y cuidadoso, prudente y con cautela; pero cuando me he visto enfrentado a situaciones límites de agresividad, me “salgo de mis casillas”, me “arrebato” y actúo envuelto o sumido en la rabia, ira o furia. “Pierdo” la calma o el “control” y me veo envuelto en la vorágine o espiral de violencia. Sobre todo, eso me ocurre cuando me tratan con esa agresividad prepotente, pedante.

-Amenazas en Maitencillo del pololo de Ximena.

-Discusión con viejas: visita del Papa y campaña plebiscitaria.

“La neurosis sobreviene cuando huimos de nuestro oficio principal –hermoso oficil- que es ser artistas de la vida. Nacimos para ser artistas, y la aventura de la vida consiste en descubrir y desarrollar ese filón devolviéndolo a la sociedad”.

“No, la neurosis no es, sin más, una enfermedad, sino más bien el signo de que algo desde nuestro interior quiere aflorar, crecer y expresarse: el hecho de que nacimos artistas de la vida”

(Rafael Redondo, CNT Nº130, pág. 19)

Mirado así, yo cuando niño era muy “artista”: pasaba mucho rato dibujando o construyendo artefactos. Pero esa ocupación fue disminuyendo a partir de los 13 años aproximadamente, en que ya no era algo natural o espontáneo, sino algo muy exigido y autocriticado: “tenso”. Como cualquier cosa que hiciera “debía” ser muy buena o excelente, entonces, al fin y al cabo, no hacía nada para no arriesgarme a poner a prueba mis aptitudes y capacidades. De hecho, cuando chico yo escribía –a pesar de mi mala ortografía- historias de un detective (Mark Steward), pero a partir de los 14 años más o menos, dejé de escribir, hasta ponerme la etiqueta de “yo no escribo ni cartas” o “soy tieso y duro para la escritura”. En fin, todas esas manifestaciones creativas llegó un momento que se vieron reprimidas por una “camisa de fuerza” autoimpuesta. Y ese período habrá durado unos 10 años. Ahora estoy tratando de retomar mis inquietudes y pasiones postergadas: la batería, el baile, la escritura, el dibujo, la invención y el diseño, etc. Pero es todo un proceso, porque las trancas se resisten a desaparecer fácilmente.

En una conversación que tuve una vez durante mi época de educación media con el seminarista que nos hacía clases de religión, él me propuso que escribiera un diario de vida. En esos años consideré que no me pasaban cosas lo suficientemente interesantes como para escribirlas. Lo que pasa es que surge la pregunta acerca del sentido que tiene escribir sobre nuestras vidas, pensamientos, emociones, etc. Generalmente yo pensaba que no tenía mucho, ya que uno siempre se acuerda de las cosas, no siempre de todas, pero estoy seguro que están archivadas en algún lugar de mi mente y basta un estímulo claro para refrescar la memoria. Pero, en realidad, ahora creo que esto es análogo a guardar fotografías, porque uno puede decir: para qué tomarlas y conservarlas si total me acuerdo igual de lo que pasó. Pero lo cierto es que igual se toman y se acumulan en álbumes. Y cada determinado tiempo las revisamos y recordamos y revivimos esos momentos. Si no fuera por ellas, nuestros recuerdos no serían completos o estarían distorsionados por el paso del tiempo. Por eso, escribir sobre nuestros acontecimientos, cuando éstos están “fresquitos” sirve para que la memoria no nos juegue malas pasadas y para reflexionar sobre cosas pasadas y presentes a través del testimonio escrito. Todo ello en función de avanzar en nuestro desarrollo y realización. Para crecer internamente, madurar, ser más pleno y feliz.