domingo, 26 de febrero de 1995

Cuando camino por la calle, y cruzo delante de una superficie reflejante, me miro y observo que estoy un tanto encorvado. Esta posición –incorrecta- de mi espalda es algo que tiene que ver con mi carácter o personalidad, creo. Porque fisonómicamente corresponde a una persona tímida, “hacia adentro”, insegura; el pecho, o más específicamente el esternón, lo tengo muy hundido, como queriéndome ocultar; quizás no enfrentar el mundo. Por lo mismo, la sensación de angustia, de ahogo; como que respiro y el aire me llega hasta ahí no más.

Lo mismo con los hombros, echados levemente hacia delante; todo lo contrario al gallo que ensancha orgulloso su pechuga. En mi caso, es como para ocultarme, pasar desapercibido.

Aproximadamente llevo cuatro años escribiéndome estas notas. Es entretenido releerlas de vez en cuando, pues se capta la transformación de uno, y se refresca la memoria.

“El problema de la vida es el de la organización” (Ludwig Von Bertalanffy)

jueves, 23 de febrero de 1995

Anoche fuimos con Pepe a la cabaña que arrienda Anke en El Ingenio. Ella estaba bonita, pero más lo era la gringa que la acompañaba: Guete, una preciosa mujer de 1,80 m. Qué manera de contrastar la personalidad de mi amigo con la mía. Él es un tipo muy canchero, desinhibido, divertido, trilingüe, etc. Yo, en cambio, soy cortado, tímido, fome, latero, etc. Como le dije al Pepe cuando íbamos para allá: lo único que me frustra y me hubiera gustado cambiar en mi vida es esta tranca de mi personalidad (inseguridad).

La otra reflexión es que así como hace unos días suspiraba por Paulina, anoche me sentí enamorado de Guete. Esto me confirma el hecho de que las posibilidades posibles de relaciones amorosas son enormes, por lo que no vale la pena perder la cabeza por una sola.

Fue una velada entretenida, simpática y bonita.

Hoy día leí un artículo acerca de la neurosis obsesiva. Allí se mencionaban varias cosas que se ajustan a lo que yo he experimentado. Se afirma que la neurosis se puede atenuar, pero que permanece siempre latente. También se caracterizó a los obsesivos como meticulosos, avaros, obstinados y racionalizadotes. Una afirmación interesante –que me hizo acordar de las explicaciones de Nathan- es que se piensa que tiene conexión con anomalías cerebrales, ya que personas con traumatismo o tumores han manifestado síntomas de neurosis obsesiva. En mi caso, mi neurosis comenzó a expresarse desde, más o menos, los doce años. La obsesión era por ser cada vez mejor, más perfecto, y no “echarme a perder”. Explicar esto me lleva a la siguiente hipótesis: según Nathan, por haber tenido una pequeña asfixia al nacer, se me habría generado la neurosis, junto con una elevada inteligencia. Al ir creciendo, y mostrar mis habilidades intelectuales en el colegio, el ambiente habría preparado la manifestación de la neurosis: la generación de expectativas para con este niño, al cual se le calificaba, premiaba y adulaba por sus notas y desempeño académico. De ahí la obsesión por ser perfecto, y no ser afectado en esto por nada ni nadie.

Una neurosis latente –originada por un factor cerebral- activada por causas ambientales. Inteligencia ligada a neurosis, que pretende protegerla, pero que hace lo contrario: golpes en la cabeza, inhibición para estudiar, etc.

La otra característica del neurótico obsesivo, según Nathan, es su elevado sentido ético. Esto me lleva a pensar en mis inclinaciones ideológicas y en mi última opción: la anarquía, o sea, la teoría de la organización.

Por lo tanto, mi neurosis obsesiva es algo que ha afectado o condicionado toda mi existencia. Ahora que me he hecho consciente de esto, está la cuestión de aprender a convivir con esta “anomalía”. Cómo lograr que, en vez de ser un obstáculo para mi desarrollo, sea un factor potenciador de mi persona.

Lo que se me ocurre es profundizar en el estudio organizacional, y en la praxis anárquica.

Otra característica del neurótico es su dificultad comunicacional y de relaciones interpersonales. Esto se confirma en mí, por mi timidez excesiva, inseguridad, miedo al ridículo, etc. Aquí puede haber una explicación de mi interés por la teoría organizacional, y una oportunidad de conducir mi “anomalía” por un cauce constructivo. Un método de enfrentar la timidez es “tirarse al agua”, sobre todo en el caso de mi relación con las mujeres.

También se vincula con la neurosis la obstaculización de los impulsos artísticos. Cuando el medio comenzó a calificar mis expresiones, el impulso artístico se fue auto censurando, achatando. A veces siento que está aquí, en mi interior, y que sólo tengo que soltarlo. Olvidar el trauma del hacer para ser juzgado por los demás. Recuperar el expresar por el placer de hacerlo. Isabel Miquel dijo una vez que yo tenía enormes energías contenidas, encerradas, y eso es una gran intuición de ella.

Hoy también leí un comentario al libro “Generación X”, que me identificó. Es la situación del joven que llega a su última etapa como tal, es decir, de los 27 a los 30 años. Es la transición a la total adultez, el abandono del hogar materno; asumir la responsabilidad absoluta, y solo. Por esto que la partida de mi mamá a Australia adquiere un especial carácter simbólico, que se suma al alejamiento de mi papá a Punta Arenas.

En la tarde el Pepe me dijo que lo que más le sorprendía de mi conducta era mi inmensa capacidad para “pajearme mentalmente”, para darle vueltas y vueltas a los asuntos en la cabeza.

Obsesiva duda de mi “pinta”, de que si “salvo” o no; si me encontrarán “bueno” las mujeres, etc.

domingo, 19 de febrero de 1995

“Según Freud, ‘la enfermedad neurótica es un medio de castigarse a sí mismo’. ‘El neurótico debe conducirse como si estuviera dominado por un sentimiento de culpa que, para su satisfacción, requiere de la enfermedad como castigo’”.

Pasé una semana descansando en la casa de Pepe, en Concón. Allí conocí a Paulina, prima de mi amigo. Tiene el pelo negro, tez morena, hermosos ojos, boca y nariz, grandes pechos. La verdad es que me gustó mucho. Pero, para variar, me comporté como un gil, un ganso; fome y cortado. La timidez y la tranca me vencieron. Qué frustración, qué rabia e impotencia; como diría Freud, es como un auto castigo, como para bajonearme más de lo que estaba.

Me ronda la absoluta absurdez; esa sensación de que todo da lo mismo, que nada tiene sentido, todo es efímero y fútil; nada vale la pena.

Algo que quizás puede cubrir esta angustia es el goce, la satisfacción, el estar contento, el placer. Pero estos instantes y momentos son pasajeros; los planeamos, los disfrutamos y los recordamos. Mediante estas tres actividades, se logra “tapar” transitoriamente la percepción del vacío.

Esto se vuelve terrible cuando nos auto bloqueamos las conductas que potencialmente nos llevan al placer: timidez, auto censura, tranca expresiva, entrabamiento comunicacional: neurosis.

Frustración, amargura. Tengo que vencer mi neurosis o si no voy a convertirme en un amargado.

Otras sensaciones angustiantes: está todo hecho, ya no queda nada para la originalidad; es imposible saber todo el conocimiento acumulado por la humanidad; es imposible conocer a todos los seres humanos; el mundo de amigos y conocidos es ínfimo con respecto a la sociedad; uno es como un grano de arena, una gota en el océano. Somos seres absolutamente prescindibles. Si no hubiésemos existido o dejáramos de vivir, el conjunto seguiría igual: absoluta insignificancia. De la nada venimos y hacia ella nos dirigimos. Y, en el intertanto, flotamos en nuestra embarcación, y vemos, a través del agua transparente, esa realidad. Existir sin disfrutar la vida es absurdo, ridículo. Si ya estamos arriba del bote, hay que hacer todo lo que se puede hacer y gozar: mirar el paisaje, remar, llevar el timón, pescar, jugar con las velas, aprender navegación, etc. Son cosas que nos hacen felices, y nos olvidamos que irremediablemente llegará un día en que nos hundiremos en la nada.

Qué es lo que más me ha gustado, que me sintiera realizado; desde mi niñez: dibujar, jugar de arquero, subir cerros, pinchar, tener aventuras y romances con niñas, tocar o percutir instrumentos, bailar, escuchar música “cebolla”, leer enciclopedias, hacer artefactos o construcciones, organizar eventos, participar en convivencias…

Cuando niño el hacerlo y disfrutarlo eran uno, era inmediato; no existía afán de ser el mejor, ser original o llegar a ser “capo”, famoso o reconocido; era el placer de hacer esas cosas; voluntad incuestionada, no interrumpida. A medida que fui creciendo, se fueron interponiendo condicionantes; que el resultado fuera bueno o mejor, perfecto; que eso traería aparejado reconocimiento, alabanzas, premios, fama. Proceso que llevó a trancar y bloquear la expresión, la creación, el placer, el goce, la satisfacción. Qué ganas de mandar todas esas estrangulaciones a la mierda y recuperar esa alegría de mi niñez.

Hay bastantes personas que me conocen y dicen: “este cabro tenía un gran futuro por delante, de éxito y brillantez, pero se ‘chingó’”… “salió del colegio y se apagó”. Esta es, sin dudas, una interpretación posible y nada de extraña. Un “alumno de siete”, primero del curso, premio máximo, conducta ejemplar, liderazgo, etc. Buen puntaje en la PAA, máximo en la parte de matemáticas. Que entró en séptimo lugar, de 360, a Ingeniería Civil en la UC. ¿Qué le pasó a este muchacho? Es la pregunta lógica que se haría cualquier hijo de vecino. Cómo es que se farreó, se perdió; podría haber sido un prestigioso ingeniero, científico, cientista social, etc., con un gran ingreso monetario, y, así, suma y sigue…

Pero aquí lo tenemos, a los 27 años, después de 10 años de salir del colegio. Sin título profesional ni grado académico; sin prestigio ni distinción; ganando poca plata; inestable en materia amorosa; con un paso por Periodismo como un alumno “regular”, “del montón”. ¿Qué le pasó a Cristian?

Es ahora el momento de retomar el yo desinhibido de mi niñez: hacer-gozar, relación con amigos, quehacer colectivo, romances, etc.