“Según Freud, ‘la enfermedad neurótica es un medio de castigarse a sí mismo’. ‘El neurótico debe conducirse como si estuviera dominado por un sentimiento de culpa que, para su satisfacción, requiere de la enfermedad como castigo’”.
Pasé una semana descansando en la casa de Pepe, en Concón. Allí conocí a Paulina, prima de mi amigo. Tiene el pelo negro, tez morena, hermosos ojos, boca y nariz, grandes pechos. La verdad es que me gustó mucho. Pero, para variar, me comporté como un gil, un ganso; fome y cortado. La timidez y la tranca me vencieron. Qué frustración, qué rabia e impotencia; como diría Freud, es como un auto castigo, como para bajonearme más de lo que estaba.
Me ronda la absoluta absurdez; esa sensación de que todo da lo mismo, que nada tiene sentido, todo es efímero y fútil; nada vale la pena.
Algo que quizás puede cubrir esta angustia es el goce, la satisfacción, el estar contento, el placer. Pero estos instantes y momentos son pasajeros; los planeamos, los disfrutamos y los recordamos. Mediante estas tres actividades, se logra “tapar” transitoriamente la percepción del vacío.
Esto se vuelve terrible cuando nos auto bloqueamos las conductas que potencialmente nos llevan al placer: timidez, auto censura, tranca expresiva, entrabamiento comunicacional: neurosis.
Frustración, amargura. Tengo que vencer mi neurosis o si no voy a convertirme en un amargado.
Otras sensaciones angustiantes: está todo hecho, ya no queda nada para la originalidad; es imposible saber todo el conocimiento acumulado por la humanidad; es imposible conocer a todos los seres humanos; el mundo de amigos y conocidos es ínfimo con respecto a la sociedad; uno es como un grano de arena, una gota en el océano. Somos seres absolutamente prescindibles. Si no hubiésemos existido o dejáramos de vivir, el conjunto seguiría igual: absoluta insignificancia. De la nada venimos y hacia ella nos dirigimos. Y, en el intertanto, flotamos en nuestra embarcación, y vemos, a través del agua transparente, esa realidad. Existir sin disfrutar la vida es absurdo, ridículo. Si ya estamos arriba del bote, hay que hacer todo lo que se puede hacer y gozar: mirar el paisaje, remar, llevar el timón, pescar, jugar con las velas, aprender navegación, etc. Son cosas que nos hacen felices, y nos olvidamos que irremediablemente llegará un día en que nos hundiremos en la nada.
Qué es lo que más me ha gustado, que me sintiera realizado; desde mi niñez: dibujar, jugar de arquero, subir cerros, pinchar, tener aventuras y romances con niñas, tocar o percutir instrumentos, bailar, escuchar música “cebolla”, leer enciclopedias, hacer artefactos o construcciones, organizar eventos, participar en convivencias…
Cuando niño el hacerlo y disfrutarlo eran uno, era inmediato; no existía afán de ser el mejor, ser original o llegar a ser “capo”, famoso o reconocido; era el placer de hacer esas cosas; voluntad incuestionada, no interrumpida. A medida que fui creciendo, se fueron interponiendo condicionantes; que el resultado fuera bueno o mejor, perfecto; que eso traería aparejado reconocimiento, alabanzas, premios, fama. Proceso que llevó a trancar y bloquear la expresión, la creación, el placer, el goce, la satisfacción. Qué ganas de mandar todas esas estrangulaciones a la mierda y recuperar esa alegría de mi niñez.
Hay bastantes personas que me conocen y dicen: “este cabro tenía un gran futuro por delante, de éxito y brillantez, pero se ‘chingó’”… “salió del colegio y se apagó”. Esta es, sin dudas, una interpretación posible y nada de extraña. Un “alumno de siete”, primero del curso, premio máximo, conducta ejemplar, liderazgo, etc. Buen puntaje en
Pero aquí lo tenemos, a los 27 años, después de 10 años de salir del colegio. Sin título profesional ni grado académico; sin prestigio ni distinción; ganando poca plata; inestable en materia amorosa; con un paso por Periodismo como un alumno “regular”, “del montón”. ¿Qué le pasó a Cristian?

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