jueves, 22 de enero de 1998

Hoy en la mañana, después de un sueño perturbador, me desperté con una sensación amarga y angustiosa. Fui al baño a hacer mi ritual para colocarme el lente de contacto, y, después de tomar la precaución de poner el tapón al lavamanos, limpié el lente con el jabón especial, lo enjuagué y lo puse en el dedo. Creí instalarlo en el ojo, vacié el agua, y, al mirar hacia la cortina, me percaté de que seguía miope. Busqué el lente mirándome el ojo izquierdo en el espejo y no lo encontré. Revisé el piso y el lavatorio; saqué el sifón y no estaba. Desarmé todo el artefacto y observé el interior de las piezas y el suelo. Nada. Nuevamente perdí el lente izquierdo en el mismo lugar. Moraleja: nunca las precauciones son suficientes cuando se trata de operaciones delicadas; estar concentrado en la acción es fundamental. Además, debo ocuparme con más ahínco por mis asuntos íntimos, e interiorizar su importancia: aseo, higiene, salud, vehículo, vestuario, dormitorio, etc. Tengo que ser menos dejado en ese tipo de cosas.

martes, 20 de enero de 1998

Ayer vino Andrea. Llegó como a las 19 horas. Después de pasar por el taller, pasamos a comprar al supermercado, y seguimos caminando hacia la casa. Tomamos onces y luego empecé a preparar la velada nocturna. Agencié vino blanco, jugo, agua, duraznos, chocolate y maní con pasas. Coloqué dos velas e incienso. Su cuerpo es maravilloso, delgada, con hermosos senos, piel suave, aroma a damasco, bellas nalgas, tierna vagina; un encanto. Nos acostamos como a las 23 horas, y nos levantamos hoy tipo dos de la tarde: pasamos como 15 horas en la cama. Tuvimos un largo preámbulo, con orgasmos en la noche, y, en la mañana. Hoy hicimos un desayuno-almuerzo, y caminamos por la calle 21 de Mayo hasta el terminal de buses de Barrancas. Partió a las 16:45. Andrea me gusta mucho, y, al parecer, ella también me quiere harto. Ojalá sea una relación larga y bonita. Andrea es fresca, tierna, natural, espontánea, alegre, inteligente; estoy sumamente contento de haberla conocido.

jueves, 8 de enero de 1998

El viernes llamé por teléfono a Margarita. Ella quería estar conmigo desde el sábado hasta el martes. Le expresé que yo no lo iba a hacer, porque tenía otro compromiso, con una mujer en Valparaíso. Me respondió que eso a ella no le importaba, pero que de todas maneras deseaba verme. Entonces, tuve que confesarle que mi interés y motivación por nuestra relación venía desde hace un tiempo en declinación. Ahí ella comprendió que la diferencia de amor por ambos es grande, y comenzó a enrostrarme su ira. Afirmó que yo soy apestoso, inconsecuente, infantil, poco hombre, etc. Me reprochó el que nunca le dijera lo que yo sentía por ella; que ella se la había jugado por nuestra relación, y que tuvo que hacer grandes esfuerzos por la misma. Indicó que yo siempre había hecho lo que yo quería, sin tomar en cuenta sus aspiraciones, por lo que eso también era como una ley del embudo. Aseguró que yo estaba tranquilo por circunstancias ambientales, pero que a la primera oportunidad, mostré mi vocación de lacho. Reconozco que hace un mes y medio debí decirle que mis ganas por mantener el vínculo iban en franco descenso. Obviamente, ella “se picó”, está herida y decepcionada, pero tengo la tranquilidad de que yo nunca le prometí nada, ni tampoco le insinué deseos de proyectar la pareja hacia el largo plazo. También lamento que el momento haya sido inadecuado, debido a que recién había perdido su trabajo –con el cierre del colegio- y estaba sobrecargada de responsabilidades, con angustia y bajón. Quedé de conversar con ella en mi próximo viaje a Santiago, aunque ella pretendía que fuera de inmediato. Creo que es mejor que pase un tiempo, para que se calme y arregle sus asuntos laborales.