jueves, 8 de enero de 1998

El viernes llamé por teléfono a Margarita. Ella quería estar conmigo desde el sábado hasta el martes. Le expresé que yo no lo iba a hacer, porque tenía otro compromiso, con una mujer en Valparaíso. Me respondió que eso a ella no le importaba, pero que de todas maneras deseaba verme. Entonces, tuve que confesarle que mi interés y motivación por nuestra relación venía desde hace un tiempo en declinación. Ahí ella comprendió que la diferencia de amor por ambos es grande, y comenzó a enrostrarme su ira. Afirmó que yo soy apestoso, inconsecuente, infantil, poco hombre, etc. Me reprochó el que nunca le dijera lo que yo sentía por ella; que ella se la había jugado por nuestra relación, y que tuvo que hacer grandes esfuerzos por la misma. Indicó que yo siempre había hecho lo que yo quería, sin tomar en cuenta sus aspiraciones, por lo que eso también era como una ley del embudo. Aseguró que yo estaba tranquilo por circunstancias ambientales, pero que a la primera oportunidad, mostré mi vocación de lacho. Reconozco que hace un mes y medio debí decirle que mis ganas por mantener el vínculo iban en franco descenso. Obviamente, ella “se picó”, está herida y decepcionada, pero tengo la tranquilidad de que yo nunca le prometí nada, ni tampoco le insinué deseos de proyectar la pareja hacia el largo plazo. También lamento que el momento haya sido inadecuado, debido a que recién había perdido su trabajo –con el cierre del colegio- y estaba sobrecargada de responsabilidades, con angustia y bajón. Quedé de conversar con ella en mi próximo viaje a Santiago, aunque ella pretendía que fuera de inmediato. Creo que es mejor que pase un tiempo, para que se calme y arregle sus asuntos laborales.

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