miércoles, 31 de diciembre de 1997

El sábado en la noche conocí a Andrea, vecina de la tía Juliana en Villa Alemana. Apenas la vi entrar, me gustó; su pelo largo y oscuro, su figura delgada, su rostro exótico y mestizo. Luego, fuimos con Fritz a una tocata en el pub La Barbona, donde conversamos un poco. Al día siguiente me frustró comprobar que no fue a la laguna con Wolfi y Johanna. Esa desesperanza disminuyó un poco con su presencia en la noche, cuando vimos a Melón y Melame por TV. El lunes, no hallaba la hora de verla entrar por la puerta de la casa, hasta que apareció después de once. Después de hablar un buen rato, nos dirigimos a comprar ingredientes para hacer panqueques. A esas alturas, ya me parecía que había suficiente interés por parte de ella como para dar el primer paso. Éste se posibilitó en la mesa, a continuación de comer los panqueques, cuando nuestros dedos primero, y luego manos, se juntaron por debajo de la mesa. La mañana del martes subimos al cerro de la virgen, donde nos besamos por primera vez (aunque la noche anterior nos despedimos con un suave besito en los labios). Una vez que terminamos el almuerzo, tomamos el tren hacia Limache. En la casa de tía Ully nos bañamos en la piscina y conversamos con mi mamá. Hoy en la mañana nos besamos y acariciamos en el patio trasero de la casa, y, como a las tres de la tarde, me acompañó a tomar el tren. Andrea me gusta mucho; creo que sólo podría comparar lo que siento por ella con la experiencia romántica que tuve con Dominique y Marcela Corbalán. Es algo muy intenso, y , de verdad, deseo que sea una buena relación, bonita, armoniosa y que dure mucho tiempo. Me parece que entre nosotros hay mucha “piel”, y eso es muy grato.

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