sábado, 7 de julio de 2001

De mi último viaje a Santiago, lo más positivo fue la lectura de “Viaje a Ixtlán”, de Carlos Castaneda, y la aventura con Irma en el bus que me llevó a Valdivia. En relación a lo primero, estoy muy deacuerdo con las ideas de aprender de la propia muerte, quitarse importancia y borrar la historia personal, aunque, con respecto a esto último, creo que previo a eso es bueno conocer y comprender bien esa historia. Vivir cada momento como si fuera la última batalla en la vida; intentar constantemente ser impecable, son consejos muy útiles. Las enseñanzas de don Juan tienen bastante similitud con la sabiduría oriental: un ejemplo es la prédica del no-hacer.

En cuanto a lo que sucedió en el viaje entre la capital y Valdivia, siempre me lamentaba de que no me tocara una Lola de acompañante. Y, justo se dio en esa oportunidad. Hasta San Fernando, la muchacha sólo miraba hacia fuera o dormía. A esa altura ya pensaba que no podría entablar conversación con ella en todo el trayecto. Pero, por suerte, ocurrió el incidente de la almohada. Cuando ella regresó del baño, tomó por error mi almohadilla, pues la suya estaba bajo la frazada. En un comienzo me dio vergüenza informarle sobre su equivocación, pero luego reflexioné que esa era una buena chance para romper el hielo y tratar de entablar una conversación. Al advertirle de su descuido, ella reaccionó con simpatía, por lo que me dio pie para preguntarle si ese viaje lo hacía frecuentemente. Me contó que se dedicaba a traficar locos, y, de ahí, no paramos de conversar por un par de horas. A medida que avanzaba el tiempo, ella se fue relajando, y entramos en confianza. Aproveché un comentario suyo acerca de mis largas manos para coger las suyas; ella no las soltó y, al rato, estábamos besándonos. Atracamos hasta un poco antes de llegar a Valdivia; besé su estómago y pechos, y palpé su vulva. Ella lamió mi pene, y emitía gemidos cuando le mordía los pezones. Una vez en nuestro destino, caminamos por la costanera, nos tomamos un café con leche y la acompañé mientras esperaba un colectivo para irse a Los Molinos. Nos aseguramos mutuamente lo mucho que nos gustamos; ella creía que yo no la pescaría porque me veía muy “cuico”. Le anoté mis números telefónicos y mi e-mail, y le conté que volvería a Valdivia a fines de julio. Es una chica menudita, de 22 años, madre soltera de una niña de dos. Su pelo es negro, liso y largo, y, aunque es muy baja (1,45 m) su cuerpo es muy bien proporcionado. Sus pechos son pequeños, pero compensa el hecho de que es “caliente” y desinhibida. Me gustaría mucho seguir viéndola…