lunes, 24 de febrero de 1997

La fiesta de cumpleaños de Quena estuvo buena. Rica comida, gente simpática, baile y agradable conversación. Estuve un buen rato con Margarita (o Ana María); hablamos sobre nuestras vidas y bailamos algunos merengues y boleros. La encuentro atractiva, en especial su mirada. Ella es sagitario y profesora de Historia y Geografía. Dijo que yo parecía libanés y me alabó mis “dotes” para enseñar a bailar. Nuevamente conté la “historia” de mi bisabuelo paterno, del cual se supone que he heredado mis rasgos físicos. Espero algún día conocer bien quien fue ese personaje, y parece que en Valparaíso puede haber algunas pistas.
A la mañana siguiente del carrete, Quena me interrogó acerca de Margarita. Le comenté que me había parecido muy bien.

sábado, 22 de febrero de 1997

Yo no debería tener motivo para el rebrote de angustia depresiva que me vino esta semana. Si bien el cambio del taller e instalación en San Antonio implica más gastos de lo que considera nuestro actual presupuesto y la incertidumbre del negocio en cuanto tal, por otra parte, en lo que respecta a cama, comida y techo, tengo la seguridad de que Walter compartirá parte de su pensión para tales efectos. En cuanto a cómo nos vaya con la imprenta, en el peor de los casos, podemos perfectamente funcionar solos Walter y yo, siendo él quien desempeña las funciones de técnico, mecánico, maquinista, y yo el que se ocupa de las cuentas, apoyo, ventas, adquisiciones, promoción, etc.
Como dice el dicho “el corazón tiene razones que la razón desconoce”, creo que mi desequilibrio emocional-anímico responde más a inseguridades y temores debidos al alto grado de incertidumbre y contingencia que significa el cambio propuesto.

viernes, 21 de febrero de 1997

Anoche conocí a Pamela, una amiga de Nancy, la polola de Fernando. Hace un par de semanas que ellos venían preparando nuestro encuentro. Desde el comienzo ella se mostró interesada y, yo, con el pasar del tiempo, le fui encontrando su atractivo. Pasada la medianoche comenzamos a bailar boleros; al rato ya estábamos besándonos apasionadamente. No llegamos al coito porque yo no tenía condones; le pedí uno a Fernando, pero tampoco tenía. Entonces, desnudos, hicimos con Pamela una sesión de caricias y masturbación mutua. Después de un buen rato, cuando el sueño y el cansancio nos envolvió, conversamos acerca de nuestras vidas. Me contó de sus depresiones y traumas del pasado. Se ve que ha sufrido su buen poco, y que es una buena persona, tierna y sensible. Me dijo que le gustaban mucho mis ojeras y que, por lo general, no le llaman mucho la atención los hombres desconocidos, pero que yo le había gustado de inmediato. Para variar, se extrañó de que yo hablara casi nada mientras tirábamos. Fue una experiencia que me levantó mi decaída autoestima; creo que para ella también fue positiva.

jueves, 20 de febrero de 1997

La sensación que me da Santiago es que en un día puedo cruzarme con cientos o miles de personas que no conozco y que, con mucha probabilidad, no conoceré nunca. Con la tecnología de las comunicaciones se da el caso inverso, porque puedo entablar conversaciones (vía Internet, por ejemplo) con personas que están a miles de kilómetros y con las cuales puede que nunca nos crucemos.
El centralismo y concentración de Chile en Santiago, provoca, junto con el crecimiento distorsionante de la metrópoli, la pobreza de la mayoría de las ciudades y pueblos de otras regiones del país. Es un gigante que absorbe más de lo que aporta. Creo que la geografía de Chile: “angosta franja de tierra”, hizo temer a los políticos que la descentralización llevara al fraccionamiento del país. Más aún, tomando en cuenta la existencia de zonas “naturales” que se comparten con países vecinos: en el norte, el altiplano y la cultura aimara; en el sur, la cultura mapuche; la Patagonia y Tierra del Fuego.

miércoles, 19 de febrero de 1997

Esta semana he sentido los síntomas que tuve durante la depresión: angustia, ansiedad, inseguridad, desánimo, sueño, flojera; cualquier tarea se me hace difícil; todo lo veo complicado. Hoy comencé a tomar nuevamente fluoxetina. Mi desajuste nervioso anímico coincide con los preparativos para mi traslado y el de la imprenta a San Antonio. El trato con el directorio de Unpade ha sido conflictivo y desagradable; los arriendos están tan caros como en Santiago. La incertidumbre es grande. He pasado varios días sin descansar ni actuar, porque todavía no está claro dónde nos instalaremos ni cómo haremos la mudanza. Con lo único que contamos es con algo más de doscientos mil pesos en caja, y con la pensión de trescientos y tantos mil que recibe Walter. De acuerdo a las primeras estimaciones, necesitamos invertir por lo menos un millón de pesos para trabajar en condiciones aceptables en el puerto. Además, Walter tiene que arrendar una casa en la playa a partir de marzo.
Hay varias cosas que me desagradan de una metrópoli como Santiago: contaminación atmosférica, acústica, etc.; pérdida de relación con la naturaleza, falta de identidad barrial; agresividad de la gente, atomización, etc. Como dice el libro “El zoo humano”, las personas se desequilibran sicológicamente, en sus emociones, estados de ánimo y adquieren conductas antisociales. Tal cual se ha analizado, una ciudad a escala humana debería tener un máximo de un millón de habitantes, con bastantes parques, áreas verdes, centros sociales y económicos, núcleos artísticos, y rodeada de zonas agrícolas.

sábado, 8 de febrero de 1997

Este año –a mediados- cumpliré 30 años. No tengo hijos y, en este momento, tampoco una pareja que me amarre a algún lugar. No poseo mayores compromisos ni responsabilidades. Mis acreedores son Claudio, Cecilia e Isabel, a los cuales debo veinte mil pesos a cada uno. Además, está la deuda del crédito universitario, la que debería pagar como dieciocho mil pesos mensuales. Creo que una de las pocas cosas que me unen al Gran Santiago son mis amistades, a quienes les tengo mucho cariño.

martes, 4 de febrero de 1997

Yo nací en una comuna del sector “alto” de Santiago. En 1967, Las Condes albergaba en su mayoría a clases medias acomodadas y altas. No obstante, existían bolsones de pobreza en las llamadas poblaciones “callampas”. Con el tiempo, esos barrios fueron poniéndose cada vez más elitistas. Después del golpe de 1973, mucha gente de izquierda emigró por razones de seguridad, y los militares “erradicaron” a los pobres hacia otras comunas más periféricas del Gran Santiago. Las familias que quedaron comenzaron a mejorar cada vez más su situación, con lo que aparecieron mansardas, ampliaciones, edificios, centros comerciales, etc. Para la crisis de 1982, mis padres vendieron la casa de Las Tranqueras y nos trasladamos a Av. Apoquindo con la calle Hernando de Magallanes. En 1987 nos cambiamos a las Torres de Tajamar, en Providencia. Para el plebiscito de 1988, Las Condes y Providencia fueron las dos únicas comunas del Gran Santiago en donde ganó el Sí. Es decir, yo nací y me crié en el área de la metrópoli en que viven las familias más privilegiadas y momias de esta ciudad. Durante la época de colegio, eran contados los alumnos que venían de fuera de Las Condes. Cuando estudié en la UC (1985-1991) fue la primera vez que intercambié en forma continua con jóvenes de otras comunas y regiones del país. Mi participación en Trabajos Voluntarios me permitió conocer poblaciones marginales de Santiago, como La Legua y La Bandera, así como la zona Mapuche (Cerro Loncoche). En estos últimos cinco años (1992-1996) pude recorrer otras comunas, como Peñalolén, Cerro Navia, La Florida, La Granja, Lo Espejo, Conchalí, La Pintana, Puente Alto, Quinta Normal, San Bernardo, debido a asuntos de trabajo: El Canelo, La Hoja, TPH, la Gráfica, y por mi actividad libertaria. Es por todo esto que, aunque tengo amistades en varias comunas, la mayor concentración sigue siendo en Providencia, Ñuñoa, La Reina y Las Condes, y Santiago Centro. Sin embargo, pienso que esa tendencia va a variar hacia una mayor diversificación.Desde pequeño me molestaba la sociedad de clases, la diferencia social, la desigualdad e injusticia. Siempre me ha parecido que toda persona tiene derecho a desarrollarse en múltiples ámbitos, a realizar variedad de labores, a activar diversas potencialidades, a conocer y aprender de todos los saberes y experiencias de la humanidad. Siento que es absurda la separación entre trabajo manual e intelectual, entre ciudad y campo, etc. Estoy por la integralidad.