viernes, 21 de febrero de 1997

Anoche conocí a Pamela, una amiga de Nancy, la polola de Fernando. Hace un par de semanas que ellos venían preparando nuestro encuentro. Desde el comienzo ella se mostró interesada y, yo, con el pasar del tiempo, le fui encontrando su atractivo. Pasada la medianoche comenzamos a bailar boleros; al rato ya estábamos besándonos apasionadamente. No llegamos al coito porque yo no tenía condones; le pedí uno a Fernando, pero tampoco tenía. Entonces, desnudos, hicimos con Pamela una sesión de caricias y masturbación mutua. Después de un buen rato, cuando el sueño y el cansancio nos envolvió, conversamos acerca de nuestras vidas. Me contó de sus depresiones y traumas del pasado. Se ve que ha sufrido su buen poco, y que es una buena persona, tierna y sensible. Me dijo que le gustaban mucho mis ojeras y que, por lo general, no le llaman mucho la atención los hombres desconocidos, pero que yo le había gustado de inmediato. Para variar, se extrañó de que yo hablara casi nada mientras tirábamos. Fue una experiencia que me levantó mi decaída autoestima; creo que para ella también fue positiva.

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