jueves, 18 de febrero de 1993

Cuando me interrogan sobre el balance amoroso-sexual de 1992, he tenido que afirmar, con toda franqueza, que fue un año “charcha”, “rasca”, “fome”, penca, etc.

Si bien es cierto que tuve relaciones sexuales con tres nuevas mujeres, todas eran ya amigas antiguas con las cuales había alguna “onda” pendiente. Además, con ninguna se repitió la experiencia. Simplificadamente, la Quica, porque no desea sufrir de amor conmigo (creo), Mónica, porque es cartucha o reprimida, y Marcela, porque es un rollo con patas. No obstante, igual me entra la duda si no seré yo el que ya no calienta a nadie o está en decadencia. Esto se reafirma peligrosamente tomando en cuenta que en lo referido a relaciones con mujeres previamente desconocidas, el balance es cero, nulo, nada, blanco. 365 días de oportunidades tiradas por la borda. Aún más, considerando que terminé con la Manuela en septiembre del 91.

Y, para más remate, 1992 fue un año particular: cumplí 25 años. Crisis, reflexión, revisión de mi primer cuarto de siglo, etc. En un momento de mi vida en que el marcador de la líbido está en “full”; con razón la “paja” llegó a convertirse en rutina (una vez cada noche).

El colmo fue mi actuación ante la única mujer que realmente me gustó integral y completamente: Mai. No hice nada por jugármela. Quedé neutralizado: tomé conciencia de inmediato de que si algo pasaba con ella, yo me iba a enamorar hasta las patas. Al mismo tiempo, el riesgo de hacer el intento y fracasar, significaría una pérdida demasiado grande. En fin, esta fue la racionalización que me inventé para explicar mi dejación.

“Frankl acuña la idea de que la madurez psíquica está unida a una finalidad, a una apertura a los otros e incluso, comentando los aspectos neuróticos de la sociedad contemporánea, plantea cómo el neurótico –que es un hombre que convulsivamente busca la felicidad, el placer- en realidad no alcanza ese objetivo y es un frustrado permanente. Porque no busca cuál es el fundamento de la felicidad. Que no es una abstracción, sino, el encuentro con otro ser humano, en la amistad, en el amor, en el quehacer colectivo. Un efecto secundario de esa relación equilibrada es una sensación placentera de felicidad.

Cuando se busca la felicidad en una forma convulsiva, obsesiva, cuando se reduce la felicidad a una voluntad de placer propio, lo que ocurre es que al perder el punto de vista de la fundamentación en esa relación o comunicabilidad humana tampoco se obtiene el placer perseguido, es decir, que el neurótico es una persona que no es capaz de comunicarse con los demás, pero que está también siempre frustrado en ese deseo de felicidad o de placer personal que busca”.