Conversando con Myriam, me expliqué el por qué la rama familiar Baleisan-Salinas se conoce poco de ella. Totalmente con la cultura del ocultamiento que hay en Chile, se da el caso que es una línea genética en donde hay factores que inciden en ese fenómeno: mi abuela Amanda era “huacha”, hija fuera del matrimonio, entre un extranjero (vasco) y una criolla; era mestiza. Además, la familia Salinas era netamente rural, de estrato socio-económico “sencillo” y también mestiza. Mi bisabuela Elena también era hija de un hombre que no era el marido de su mamá. Esta situación se reitera con mi tía María Eugenia y con mi prima María Fernanda, ambas concebidas por tipos que no eran esposos de sus madres.
En estos últimos meses he pasado por dos frustraciones amorosas: la primera con Alejandra, que se fue a vivir a Chiloé con su pololo, y, la siguiente, con Paulina (Manríquez). Con ésta fui a un matrimonio –ayer-; al comienzo me parece que había interés por parte de ella, pero, cuando quise bailar un lento con ella, se negó rotundamente y no me pescó más. Con Alejandra sentí también esas señales ambiguas, pero tampoco me atreví a actuar. Ambas me gustan, aunque sus caracteres son, en las dos, muy fregados.
En la tierra somos más de cinco mil millones de seres humanos, y, la parte de éstos que conozco o que me conocen, es ínfima. De ahí el desajuste que debe producirse cuando, por los medios de comunicación, una persona se hace conocida para millones de individuos, aunque ella siga conociendo a una fracción insignificante de ellos.
La inmensa mayoría de la gente que ha vivido no ha salido de ese anonimato. Quizás su inexistencia no hubiera variado un ápice el devenir de la especie. Aunque el deseo de trascendencia es, como la vida misma, una absoluta absurdidad.
