miércoles, 17 de agosto de 1994

Cartas a mi futuro yo

Mariela me dijo que sabía que no iba a llegar al orgasmo, que eso era algo muy interior, un proceso individual. Y, que, conmigo no se sentía lo suficientemente relajada, porque nos conocíamos muy poco. Conversamos acerca del orgasmo masculino y femenino. Ella señaló que el suyo es diferente al de otras mujeres, que tenía algo de masculino. “No seré lesbiana”, acotó. Cuando estaba arriba mío, con su vagina jugó como acariciando mi pene. Ella produjo mucho líquido caliente que caía por mi verga o sobre mis pendejos. Fue tanto que dejó una mancha circular mojada sobre la sábana. Mariela indicó que era frecuente en ella esa gran cantidad de fluido vaginal, pero que a veces se confundía y no sabía si era orina.

De pronto, me preguntó si yo me masturbaba mucho. Yo me sorprendí; como que en el fondo pensé: ¿cómo se habrá dado cuenta? Le dije que sí, y le consulté que a qué se debía esa interrogante. El asunto es que ella reconoció que también practicaba mucho el onanismo. Trató de relacionarlo con cierto autismo para hacer el amor.

Casi sin proponérmelo estaba penetrándola por el ano. Me llamó la atención que no se quejara, como suelen hacer las mujeres. Traté de ir más adentro, pero le dolió y me salí. Afirmó que había perdido su virginidad anal conmigo.

Pasé largos minutos lamiendo su zona vaginal, lengüeteando su clítoris y mordiendo sus labios inferiores. Mariela gozó bastante. Yo esperaba que me chupara el pene, pero no lo hizo. Estuvo a punto, dijo que le gustaba hacerlo, pero que tenía miedo del sida. Intenté persuadirla para que sólo pasara la punta de su lengua por las orillas de mi glande, pero no me pescó.

Una cosa que me llamó la atención fue la excitación que le provocaba mis caricias en sus hombros. Además, su olor era rico, como dulce. Según ella, le gustó mi olor, aunque en seguida agregó que no estaba segura de ello.

Tiene senos pequeños, aunque compensados con largos pezones. Sus nalgas están bien, y, al cogerla por atrás, y ella de rodillas, se apreciaba un excitante panorama de curvas.

Lástima que tenía sólo un condón. Me aguanté las ganas de ir a mear hasta que no pude más. Me vi obligado a sacarme el preservativo. Pensé colocármelo de nuevo, pero ella me hizo dudar acerca de por cuál lado lo había utilizado. Ante la inseguridad, me abstuve.

A la mañana, cuando nos despertamos, estaba diciendo hacer el amor, pero tuvimos que conformarnos con una masturbación mutua.

Fue divertido, aunque con su dosis de vergüenza, cuando ella primero, y yo, después, nos tiramos un pedo en pleno coito.

Hasta el momento, he eyaculado en la boca de dos mujeres: Patricia y Carmen. A ambas les gusta sobremanera el sexo oral. Pati fue primero, una noche en que yo atracaba con ella en la cama, y el loco lo hacía con Marcela en el pasillo.

La gracia de Carmen estuvo en que me enseñó a lamer bien el clítoris; a saber ubicarlo y sentir su erección.

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