A pesar de todos los piropos que he recibido en los últimos años, sigo siendo tímido, cortado, vergonzoso e inseguro con las mujeres. Por ejemplo, Estela afirmó, refiriéndose a mí, que a ella no le gustaban los hombres bonitos; la tía de Andrea aseveró que yo debía haber roto varios corazones en el sur; el primo de Chago señaló que los tipos buenos mozos –hablando de mí- no necesitan pagar para acostarse con mujeres; unas niñas en la playa se despidieron al irse; Chago y Raúl dicen que las mujeres se quedan mirándome; en Quellón hay tres lolas que me sonríen y que parecen “fans”, etc.
Esta falta de confianza en mí mismo me limita en posibilidades. Un par de artesanas que pedían monedas a la salida del supermercado, me “acosaron”. Me llamaron “el hombre serio”, y otro muchacho bromeó con que ellas se habían enamorado de mí. No me atrevo a entablar conversación con las chicas que me atraen; me da susto, temor aparecer como tonto, fome, latero, aburrido, ganso, “amermelado”. No me creo capaz de seducir ni de conquistar, a menos que la mujer muestre claramente su interés. Cualquier ambigüedad me paraliza, y la aparente indiferencia la acepto sin ponerla en duda.
Ayer, cuando pasaba al lado de un taxi, una joven que estaba en su interior expresó “mijito rico”. Sara y su compañera de trabajo (Daniela) también me hallaban “buen mozo”.
