domingo, 30 de mayo de 1999

Varias personas han recalcado lo introvertido, tímido y callado que soy. Creo que ahora lo puedo describir como una sensación de estar y no estar en una parte. Como decía el libro de Castaneda, sentir que una parte de uno está en el mismo lugar desde donde estamos percibiendo. Es algo así como que todo el mundo exterior fuera una película o una obra de teatro que estamos presenciando, silenciosamente, desde nuestra butaca. Esto fue lo que se me ocurrió la noche de la fiesta de la chicha, en que fumé marihuana y me fui para adentro (autista). No me “nacía” hablar con nadie, y deseaba irme a acostar a dormir. Tanto ensimismamiento y aislarse del resto no es bueno para la salud mental, porque el fundamento para la felicidad y paz interior está en el contacto y comunicación con los demás. Me parece que una manera de corregir ese problema es mediante las conductas que propiciaba Krishna Murti, de sensibilidad alerta y atención completa.

sábado, 29 de mayo de 1999

El sábado y domingo pasados estuve en casa de Carola y Víctor, celebrando su matrimonio civil. Había una muchacha muy bella, rubia y con hermosos ojos claros, llamada Winni. Creo que nos miramos algunas veces, y conversamos un poco. Le calculo unos 30 años, es separada y madre de dos niños, uno de 10 y una de unos dos años.

Bailé bastante y, de pronto, “se me pegó” la hija menor de Su, de unos ocho años, de nombra Irací. Es una niña muy bonita que, cuando lola, será estupenda, como su hermana, Aimará, de 19 años. Su, una mujer de 45 a 50 años, es la vecina y propietaria de la casa de mis amigos. Aunque en su juventud debió ser atractiva, ahora como que ya no tira mucha pinta. Se puso a bailar conmigo un buen rato, y, después, me invitó a ver “Lolita” a su casa. Allí me hizo caricias en la espalda, me propuso que me quedara a dormir en una pieza que estaba desocupada, y me abrazó al despedirme. Fue un poco incómodo para mí, sobre todo porque no sentía ninguna atracción física hacia ella. En todo caso, es una persona dulce y simpática. Siento un poco haberla dejado con las ganas.

El domingo en la tarde, cuando Víctor me fue a encaminar en su auto, para ir a casa de Leslie, visualizamos escenarios futuros. Verme a mí en 20 años más, solo, viviendo de allegado de alguna tía, no es una visión muy satisfactoria que digamos. También me convencí que debo aprovechar la juventud que me queda para conocer otros países y culturas, por lo que los ofrecimientos que pudieran prosperar, de mi mamá y papá, de viajar a Perth y Miami, para trabajar, tendría que concretarlos de todas maneras.

Leslie afirmó que yo no soy nada de feo, pero que, mi problema es mi forma de ser; como que no tuviera sangre en las venas, que no me apasiono con nada, que muchas cosas me dan lo mismo, que soy muy etéreo, leve, insustancial; que no me la juego ni le pongo mucho empeño a nada; que soy un “vagante” (vagancia y vaguedad).

El encuentro con mi papá estuvo bueno; creo que vamos en camino a una futura reconciliación total. Debería escribirle más seguido.

Anoche vino Rodrigo Manríquez y nos juntamos en Valpo. Pasamos a ver a Bárbara, que se mostró bastante atenta. Más tarde nos topamos con su grupo de amigas, que estaban dando una despedida a una gringa que regresa a Alemania. Conocí a la Matu, quien me consoló por mi pena de no ser “pescado” por Bárbara. Con Sandra, que estudia clarinete, conversamos un rato sobre el libro de música que llevaba conmigo. Es una chica que me atrae bastante. Me recuerda en algo a la Ketty. De improviso, se acercó y me dio un beso en la mejilla. Fue agradable. La actitud de la Matu también fue rica, aunque me dejó un poco de amargura al constatar que, para ellas, yo estaba como “enamorado” de la Bárbara, y que ella no estaba ni ahí conmigo. Esto me aumentó las dudas acerca de la versión de Bárbara, de que no quería seguir conmigo para no sufrir o perturbar su viaje, y confirma en cierto modo la opinión de mi tía Ully, en cuanto a que habría sido un cuento para que yo no me sintiera tan mal con su rechazo. En fin, qué le vamos a hacer (esta es otra frase que, según Leslie, muestra lo “penca” que soy).

martes, 18 de mayo de 1999

Tercera frustración amorosa en casi un año y medio. El sábado en la noche, Bárbara me llevó a conversar al Café Vienés, en Viña. Mientras nos tomábamos una cerveza, ella señaló que si seguíamos nuestra relación, existe la posibilidad de que ella se enganche, lo cual le perturbaría su decisión de viajar, por lo menos, seis meses fuera de Chile. Ante eso, me comunicó su deseo de terminar nuestro romance. Yo me quedé callado de lo perplejo que estaba. Bárbara comenzó a presionarme para que le hablara, pero con eso más se agudizó mi desconexión entre las ideas o emociones y el lenguaje oral. Perdí espontaneidad y ella afirmó que se sentía incómoda porque percibía que no había fluidez en nuestra comunicación. Aparte de que me mareé un resto al tomar cerveza con el estómago vacío, tuve esa sensación que me da a veces, de como estar y no estar en un lugar; como si una parte de mí se hallara lejos. La verdad es que de repente, incluso, como que tenía la mente bloqueada o en blanco. Esta sensación, que se me agudiza con el efecto de fumar marihuana, me hace sentir como si lo que pasa en mi entorno fuera algo que estoy viendo por la TV o el cine.

Bárbara me dijo que no era una excusa, que yo le gusto, pero que deberíamos habernos conocido antes de que ella empezara con el proyecto del viaje. Tal como me expresó una vez Margarita, indicó que le gustaría tener una máquina para saber qué estaba pasando por mi cerebro, porque mi silencio la desesperaba. También comentó que le parecía muy extraño que mis pololeos hubiesen sido tan cortos. Quiso saber qué es lo que me gusta de ella, y yo sólo atiné a explicar que la encontraba honesta, buena, divertida y con “carácter”. Se me quedó en el tintero comentarle su inteligencia y sencillez, así como su independencia y valentía. Aunque no quería que le tomara las manos, igual lo hice, y, a pesar de que no deseaba que la acompañara a su casa, de todas formas fui con ella. Antes que entrara a su vivienda, la abracé y nos besamos. De pronto, se echó hacia atrás y dijo: “ya estoy haciendo tonteras”, y se fue a abrir la puerta de entrada. “Cuídate”, exclamó mientras cruzaba el umbral.

He sentido una gran tristeza, pero, paradojalmente, un alivio porque ya no tengo la desagradable sensación de ansiedad que me acompañó por casi las tres semanas que duró la relación. El doble vínculo: por una parte percibir que nos gustamos y que yo le atraigo, y, por otra, sentir una barrera de contención que ella colocaba, me provocó un estado ansioso.

Otra cosa que a Bárbara le extraña mucho de mí es que cómo puedo ser tan tímido a los 32 años prácticamente. Pero, creo que le gusta mi manera de ser: tranquilo, humilde, relajado. Pienso que, si no fuera por su proyecto de viajar y trabajar en el extranjero, podríamos haber llegado a formar una buena pareja. Como dicen los futbolistas: “no se dieron las cosas”. Es una pena, una lástima… De todas maneras, no me gustaría perder el contacto con ella, porque nunca se sabe lo que pueda ocurrir en el futuro.

miércoles, 12 de mayo de 1999

Llegamos a casa de Bárbara con mi primo, su polola, el Jose y la Claudia. Mientras conversaban, yo crucé varias veces la mirada con ella, pero no hablamos. Más tarde, nos dirigimos a la bohemia porteña, y entramos a un lugar donde había mucha gente bailando. Al comienzo perdí de vista a Bárbara, pero, después de un rato apareció con su amiga. Fui tras ella, la miré a los ojos y la abracé; la llevé hacia la pista de baile y nos besamos. Así estuvimos durante varios temas, y, de vez en cuando, ella exclamaba su extrañeza porque yo no hablaba, sino que sólo me sonreía. Flin me avisó que se iba con la Jose, y, a continuación, bajamos con Bárbara. De ahí nos fuimos a las Cachas Grandes, boliche que no es de su agrado, porque lo considera “decadente”. En ese lugar, y mientras tomamos una cerveza, conversamos acerca de lo sucedido la vez anterior en su casa. Me explicó que se había sentido muy incómoda, porque ella no acostumbra a que se queden hombres a dormir en su hogar, y menos en su cama. Le conté de mis temores de esa ocasión, y de mi crisis de angustia-ansiedad aún no resuelta. Pasadas las cinco de la mañana, caminamos abrazados o de la mano hasta su casa, y, allí, nos acurrucamos en su sofá hasta pasadas las ocho de la mañana, en que me fui a tomar bus para ir a Villa Alemana (o Limache).

lunes, 10 de mayo de 1999

Conocí a Bárbara la madrugada del 11 de abril, en la tocata de lanzamiento del disco Vida Férrea, efectuado en el teatro Mauri de Valparaíso. Fritz me había hablado de ella; que era una amiga de la Jose, su polola, y que le parecía que a mí me gustaría. Cuando la vi entre el público del recital, aún no sabía que era ella, aunque como estaba cerca de la Jose, lo sospeché. Desde el primer momento la encontré muy atractiva. Luego, en los camarines del teatro nos presentaron formalmente. Estábamos tomando cerveza en una botella que circulaba entre Fritz, la Jose, Bárbara y yo. De alguna parte de mí saqué valentía y me senté junto a ella. Le pregunté acerca de lo que hacía y cosas por el estilo. Cuando mi primo me anunció que se iban con la Jose, pensé que me quedaría conversando con Bárbara, pero de inmediato ella dijo que tenía que ir a buscar sus llaves y se marchó. Me quedé solo y perplejo; creí que ella no tenía el más mínimo interés en conocerme. Más tarde, a la salida del Teatro, logré fijar su atención y despedirme con un “chao”.

El fin de semana siguiente, cuando me junté con mi primo, la Jose, Claudia y el Jose, para ir a la fiesta de Yerbin Melo en Valpo., la polola de Fritz llamó a Bárbara desde el Casino Chico, pero no la encontró.

La noche del 24 de abril volví a verla, ahora en la tocata de La Floripondio en La Calera. Desde un comienzo me ubiqué cerca de ella. En forma entrecortada fuimos conversando, e incluso caminamos juntos a comprar una botella de vino. Sin embargo, el tiempo pasaba y no veía por dónde poder “enganchar” con ella. Alguna señal percibí cuando, en el rato que tocó La Floripondio, compartimos un vaso de vino entre la Jose, Bárbara y yo. Cada vez que nos pasábamos el recipiente, nos mirábamos fijamente a los ojos. Después de terminado el recital, esperamos que desarmaran todos los equipos de sonido, porque nos iríamos en el camión que llevaba esa carga. Durante ese lapso, hablamos con un poco más de fluidez. Una vez arriba del camión, la Jose y Fritz se acomodaron juntos, al lado de ellos se recostó Bárbara y, un poco más hacia la puerta, me senté yo. Íbamos junto a tres “peonetas” en una especie de container, sobre unos colchones que cubrían los equipos. Una pequeña ampolleta nos brindaba una luz tenue, la cual, al cabo de unos minutos de haber partido, me permitió darme cuenta que cada vez que miraba a Bárbara, ella se me quedaba viendo intensamente a los ojos. Quise cerciorarme, por lo que comencé a pasear mi vista como siguiendo el vuelo de una mosca, para de improviso posarme en el rostro de ella; como continuaba observándome con insistencia, llegué a la conclusión de que era yo el que tenía que dar el próximo paso. Le tomé una mano y se la acaricié durante largo rato. A continuación, me senté un poco más cerca de ella; acto seguido, ella también se incorporó, nos abrazamos y comenzamos a besarnos. En un instante, uno de los peonetas apagó la diminuta luz, y nos acomodamos con Bárbara para proseguir con los besos y caricias hasta que llegamos a Valparaíso.

Era raro, pues ambos nos sentíamos como extraños, que, no obstante, se atraían mutuamente. Luego de pasar a una estación de servicio, caminamos, de la mano, hasta su casa. La Jose y Flin se acostaron en un sofá-cama que está en el living. Yo entré a la pieza de Bárbara y la encontré con aspecto de incomodidad, tensa. Nos recostamos en su cama para conversar. Poco tiempo después, estábamos nuevamente besándonos y abrazados. Ella se levantó, cerró la puerta, apagó la luz y “se me vino encima” de una forma muy provocativa. En ese instante me sentí cohibido, me comenzaron los problemas estomacales y “se me cayó la señal satelital”; me entró el pánico a no desempeñarme bien, producto de mi recuerdo de lo que me pasó una vez con Mariana. Eché marcha atrás, sentí que literalmente podía “quedar la cagada”, y “tiré el poto pa las moras”. Volví a conversar, y a recostarme como para dormir. Bárbara fue al baño a lavarse los dientes. A continuación fui yo, y no me atreví a defecar, porque se podía escuchar el churrete (el baño está en la cocina separado por una especie de biombo, y entre la pieza y la cocina no hay puerta). Me limpié tímidamente los dientes, pues no quería que ella pensara que estaba usando su cepillo (yo portaba el mío), y regresé a la cama. Me acosté a su lado, en posición “de cucharitas”, y nos tapamos con un cubrecama. Mi estómago emitía fuertes ruidos, y tuve que aguantarme todos los pedos, por temor a la diarrea. Creo que no dormí nada. Pasaron como dos horas y me levanté. Desperté a Bárbara para despedirme y ahí conversamos más relajadamente. No quise insistir en que me diera su número telefónico, pues en la noche percibí que se había “corrido” cuando se lo pedí. El tiempo que estuve en su casa, pude ver algunas fotos suyas en traje de baño, y me impresionó su hermoso cuerpo. Su rostro, aunque no sé si podría decir que es bonito, lo encuentro muy atractivo. Si bien, más tarde, cuando me dirigí a Santiago, estaba contento por lo que había pasado, también me empezó a invadir una sensación de incertidumbre y ansiedad. Durante los cuatro días que estuve en la capital, me atormentaba la idea de que quizás para ella todo había sido una aventura de una sola noche, y que, a lo mejor, cuando regresase, ella no me pescaría. Una vez de vuelta en Villa Alemana, la llamé por teléfono; me dijo que esa noche no podíamos juntarnos, y que la tratara de ubicar al otro día a la una de la tarde. Le telefoneé a esa hora, y no contestaba, la llamé varias veces en la tarde hasta que me di por vencido. Cuando le conté todo a mi primo, él me indicó que eso era una táctica de ella, para hacerse la interesante, pues, aunque era un secreto, yo le había gustado desde que me vio en el teatro Mauri. Intenté encontrarla en la noche, y la hallé en su casa. Al comienzo, se mostró renuente a que nos viéramos, pues recibiría a una amiga que tenía que contarle sus problemas. Finalmente, y luego de pedírselo vehementemente, aceptó que nos encontráramos pasada la medianoche en Valparaíso. Eso sería en la madrugada del primero de mayo.

sábado, 1 de mayo de 1999

Esta tarde, al esperar el tren en la estación Sargento Aldea, de Villa Alemana, me acordé de la canción: “una muchacha y una guitarra para poder cantar, esas son cosas que nunca me han de faltar”. Pensé en Bárbara, y sobre lo que para mí es fundamental en la vida: un amor y disfrutar de las cosas sencillas. Una vez que ya estaba viajando, en el trayecto a Limache, volví a tararear mentalmente esa canción. Una sensación de paz y felicidad me envolvía al recordar los momentos que pasé con Bárbara. Cuando llegué a la estación de Limache, gran coincidencia, por los parlantes del recinto se escuchaba la misma melodía y letra que yo venía rememorando desde la otra ciudad. Estos sucesos son susceptibles de verse como acontecimientos mágicos, pero yo creo que más bien son poéticos. En todo caso, esa coincidencia me llenó de optimismo y alegría. Bárbara me parece una muchacha encantadora.