lunes, 10 de mayo de 1999

Conocí a Bárbara la madrugada del 11 de abril, en la tocata de lanzamiento del disco Vida Férrea, efectuado en el teatro Mauri de Valparaíso. Fritz me había hablado de ella; que era una amiga de la Jose, su polola, y que le parecía que a mí me gustaría. Cuando la vi entre el público del recital, aún no sabía que era ella, aunque como estaba cerca de la Jose, lo sospeché. Desde el primer momento la encontré muy atractiva. Luego, en los camarines del teatro nos presentaron formalmente. Estábamos tomando cerveza en una botella que circulaba entre Fritz, la Jose, Bárbara y yo. De alguna parte de mí saqué valentía y me senté junto a ella. Le pregunté acerca de lo que hacía y cosas por el estilo. Cuando mi primo me anunció que se iban con la Jose, pensé que me quedaría conversando con Bárbara, pero de inmediato ella dijo que tenía que ir a buscar sus llaves y se marchó. Me quedé solo y perplejo; creí que ella no tenía el más mínimo interés en conocerme. Más tarde, a la salida del Teatro, logré fijar su atención y despedirme con un “chao”.

El fin de semana siguiente, cuando me junté con mi primo, la Jose, Claudia y el Jose, para ir a la fiesta de Yerbin Melo en Valpo., la polola de Fritz llamó a Bárbara desde el Casino Chico, pero no la encontró.

La noche del 24 de abril volví a verla, ahora en la tocata de La Floripondio en La Calera. Desde un comienzo me ubiqué cerca de ella. En forma entrecortada fuimos conversando, e incluso caminamos juntos a comprar una botella de vino. Sin embargo, el tiempo pasaba y no veía por dónde poder “enganchar” con ella. Alguna señal percibí cuando, en el rato que tocó La Floripondio, compartimos un vaso de vino entre la Jose, Bárbara y yo. Cada vez que nos pasábamos el recipiente, nos mirábamos fijamente a los ojos. Después de terminado el recital, esperamos que desarmaran todos los equipos de sonido, porque nos iríamos en el camión que llevaba esa carga. Durante ese lapso, hablamos con un poco más de fluidez. Una vez arriba del camión, la Jose y Fritz se acomodaron juntos, al lado de ellos se recostó Bárbara y, un poco más hacia la puerta, me senté yo. Íbamos junto a tres “peonetas” en una especie de container, sobre unos colchones que cubrían los equipos. Una pequeña ampolleta nos brindaba una luz tenue, la cual, al cabo de unos minutos de haber partido, me permitió darme cuenta que cada vez que miraba a Bárbara, ella se me quedaba viendo intensamente a los ojos. Quise cerciorarme, por lo que comencé a pasear mi vista como siguiendo el vuelo de una mosca, para de improviso posarme en el rostro de ella; como continuaba observándome con insistencia, llegué a la conclusión de que era yo el que tenía que dar el próximo paso. Le tomé una mano y se la acaricié durante largo rato. A continuación, me senté un poco más cerca de ella; acto seguido, ella también se incorporó, nos abrazamos y comenzamos a besarnos. En un instante, uno de los peonetas apagó la diminuta luz, y nos acomodamos con Bárbara para proseguir con los besos y caricias hasta que llegamos a Valparaíso.

Era raro, pues ambos nos sentíamos como extraños, que, no obstante, se atraían mutuamente. Luego de pasar a una estación de servicio, caminamos, de la mano, hasta su casa. La Jose y Flin se acostaron en un sofá-cama que está en el living. Yo entré a la pieza de Bárbara y la encontré con aspecto de incomodidad, tensa. Nos recostamos en su cama para conversar. Poco tiempo después, estábamos nuevamente besándonos y abrazados. Ella se levantó, cerró la puerta, apagó la luz y “se me vino encima” de una forma muy provocativa. En ese instante me sentí cohibido, me comenzaron los problemas estomacales y “se me cayó la señal satelital”; me entró el pánico a no desempeñarme bien, producto de mi recuerdo de lo que me pasó una vez con Mariana. Eché marcha atrás, sentí que literalmente podía “quedar la cagada”, y “tiré el poto pa las moras”. Volví a conversar, y a recostarme como para dormir. Bárbara fue al baño a lavarse los dientes. A continuación fui yo, y no me atreví a defecar, porque se podía escuchar el churrete (el baño está en la cocina separado por una especie de biombo, y entre la pieza y la cocina no hay puerta). Me limpié tímidamente los dientes, pues no quería que ella pensara que estaba usando su cepillo (yo portaba el mío), y regresé a la cama. Me acosté a su lado, en posición “de cucharitas”, y nos tapamos con un cubrecama. Mi estómago emitía fuertes ruidos, y tuve que aguantarme todos los pedos, por temor a la diarrea. Creo que no dormí nada. Pasaron como dos horas y me levanté. Desperté a Bárbara para despedirme y ahí conversamos más relajadamente. No quise insistir en que me diera su número telefónico, pues en la noche percibí que se había “corrido” cuando se lo pedí. El tiempo que estuve en su casa, pude ver algunas fotos suyas en traje de baño, y me impresionó su hermoso cuerpo. Su rostro, aunque no sé si podría decir que es bonito, lo encuentro muy atractivo. Si bien, más tarde, cuando me dirigí a Santiago, estaba contento por lo que había pasado, también me empezó a invadir una sensación de incertidumbre y ansiedad. Durante los cuatro días que estuve en la capital, me atormentaba la idea de que quizás para ella todo había sido una aventura de una sola noche, y que, a lo mejor, cuando regresase, ella no me pescaría. Una vez de vuelta en Villa Alemana, la llamé por teléfono; me dijo que esa noche no podíamos juntarnos, y que la tratara de ubicar al otro día a la una de la tarde. Le telefoneé a esa hora, y no contestaba, la llamé varias veces en la tarde hasta que me di por vencido. Cuando le conté todo a mi primo, él me indicó que eso era una táctica de ella, para hacerse la interesante, pues, aunque era un secreto, yo le había gustado desde que me vio en el teatro Mauri. Intenté encontrarla en la noche, y la hallé en su casa. Al comienzo, se mostró renuente a que nos viéramos, pues recibiría a una amiga que tenía que contarle sus problemas. Finalmente, y luego de pedírselo vehementemente, aceptó que nos encontráramos pasada la medianoche en Valparaíso. Eso sería en la madrugada del primero de mayo.

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