domingo, 23 de junio de 2002

Varias veces me han dicho que debería escribir mis historias, esos relatos orales que hago en las convivencias o reunión de amigos. Ayer le conté a Alicia y su amigo mi experiencia de intoxicación con monóxido de carbono. Ellos gozaron con la estructura dramática y con las imágenes; de inmediato se figuraron una película con una secuencia que simula simultaneidad, algo así como una pintura. En la noche, el grupo de amigos y vecinos de Rodrigo disfrutó con la narración, descripciones y taxonomía del mundo gay en mi incursión en la disco Zeus con Angie. El viernes en la tarde, cuando iba en micro hacia el departamento de Ellen, fui mirando a una lola que me recordó a Andrea Rojas y a Claudia Soto, en sus labios, gestos, postura, mirada. Ella saboreó unos bombones, y esa imagen era como para retratarla. Mi problema es cómo traspasar esas narraciones orales, que son holísticas, con teatralización, movimiento de manos, etc., a textos escritos, que son lineales. Otro obstáculo es que me da flojera escribir y me tranco a priori porque pienso que lo que redacte no será suficientemente bueno, por lo que sería una pérdida de tiempo hacerlo. Una posibilidad es convencerme de que el desarrollo se da paso a paso y de que se puede disfrutar el momento durante el cual se escribe, sin reparar tanto en el producto final.

Debería escribir, porque la memoria no guarda todos los detalles, imágenes, ideas que se generan en las situaciones. Tengo que pensar que escribo para mí, luego, para mis amistades y familiares, y, por último, para un lector x.

lunes, 17 de junio de 2002

Una sola semana me duró el “romance” con Ximena. Hice todo lo que no debía hacer. Había quedado de llamarla el lunes, pero el domingo, por la ansiedad y el “enamoramiento”, no me aguanté y fui a verla a su trabajo. Yo estaba nervioso, y me demoré mucho en entrar al restaurante. Apenas estuvo delante de mí, se tapó la boca con la mano, y me pidió disculpas por su actuación de la otra noche; se excusó señalando que se le había ido el alcohol a la cabeza, y agregó que no se acordaba lo que había hecho. Contó que sus amigas la habían retado por las locuras que habría realizado conmigo. Yo la calmé, argumentando que me había entretenido mucho y que la había encontrado muy simpática. Le pregunté si estaba arrepentida de lo que habíamos hecho, a lo cual respondió que no. A continuación me explicó que su jefe estaba cerca, por lo que no podíamos seguir conversando. Me llevó a la barra y yo pedí una bebida; me puse a leer mi libro hasta que terminé de beber el segundo vaso. En la entrada le había tratado de dar a entender que mi visita era un regalo que me estaba haciendo a mí mismo. Antes de irme, pasé al baño, y, luego, conversamos un poco. Le dije que mi intención había sido recordarla mejor, volver a tener su imagen. Me preguntó que por qué no la había invitado a mi cumpleaños, a lo cual respondí que por su propia instrucción, acerca de que no la llamara sino hasta el lunes. Me disculpé por mi intromisión, y manifesté mis deseos de que no le llamaran la atención por mi culpa. Ella indicó que su jefe se había marchado, por lo que yo podía quedarme un rato más. Pero, yo quise partir, a lo que ella añadió que la llamara. Me comprometí a hacerlo el miércoles. Tampoco aguanté hasta ese día, y el martes le telefoneé a las 13 horas. Le propuse acompañarla hasta su pega, por lo que nos juntaríamos en el metro Los Héroes. Al subir al carro, me disculpé por lo insistente, pero era porque yo andaba muy ansioso, debido a mi situación personal. En el trayecto en bus, me advirtió que ella es muy complicada, mal genio y muy cambiante. Relató que a los diez – once años había sido muy polola, pero que después se aisló, y, no volvió a socializar hasta pasados los veinte años. Al llegar, entramos al Parque Arauco, y nos paramos a unos metros del restorán. Quedamos en que la llamara el jueves a las 10:30 u 11 de la noche al trabajo. Aunque yo me iba a despedir con un beso en la mejilla, ella corrió la cara y me lo dio en la boca. Mientras nos separábamos, tomamos un instante nuestras manos.

El jueves la llamé un poco antes de las 23 horas. Me la pasaron de inmediato. Acordamos que la esperaría entre las 00:30 y 00:45 en la plaza Italia, en la esquina del Tele Pizza. Me preguntó si yo la esperaría si se atrasaba, a lo cual respondí que por supuesto. Yo llegué a las 00:25 y ella sólo apareció como a la una, cuando yo estaba casi escarchado. A pesar de que me dio un pequeño beso en la boca, noté que su actitud no era de entusiasmo. Al notar que estaba entumido, me enrostró el por qué no la había esperado dentro del local. Caminamos hacia el barrio Bellavista, mientras ella me contaba de sus malos ratos y condoros en la pega. El clima entre ambos no era relajado, y se producían silencios incómodos. Cuando llegamos a los boliches, se exasperó por mi indecisión para escoger el restorán. Nos acomodamos en la Casa en el Aire. Quise saber de su vida, pero todas sus respuestas eran resúmenes. Le hablé de mi pasado, de mis relaciones amorosas, trabajos, etc. Si yo quería que ella hablara más, me pedía que yo continuara. Se extrañó porque no pedí un trago fuerte y porque me servía la cerveza de a poco. Calificó mi vida de “light” y concluyó que yo soy, en cierta forma, un bolsero. Ella sostuvo que ama tener dinero, para darse sus gustos y regalar, que disfrutó de un paseo a Mendoza con el club de Austin Minis, y que tiene gatos y pajaritos. Contó que tiene amigas excéntricos, hiphoperas y dark. Con ésta va a lugares Ander y, para ahuyentar a los hombres, se besan entre ellas. También reconoció tener amigos con ventaja y pretendientes. Está juntando dinero para ir a España el próximo año, para lo que su trabajo le es práctico y funcional. Cuando cerraron el local, salimos y le consulté si quería ir a otro sitio, a lo cual respondió que prefería irse a su casa; la misma respuesta obtuve cuando la invité al departamento de Ezio. La caminata al paradero fue casi en completo silencio. En el paradero, le confesé que yo esperaba otra actitud suya para ese encuentro. Ella fue franca y sentenció que no la había motivado ni atraído; que para ella fue como “conversar con un amigo”. Insistió en que su conducta en la discoteca fue un error y que, aunque no esperaba nada, se había dejado llevar para ver si algo le producía, pero que no hallaba nada especial entre nosotros. De todas maneras la quise acompañar hasta Teatinos. Le propuse que nos viéramos como amigos, en grupo, porque así yo estaría más relajado. Ella aceptó. Antes de que tomara el colectivo, nos besamos en la mejilla y me dijo que la llamara.

Caminé de regreso hasta el departamento de Ezio, con mucha pena y frustración.

Moralejas: lamentablemente, por mucho que a uno le guste una mujer, uno no debe demostrar su “enamoramiento”, ni menos mostrarse ansioso u obsesionado. Se puede ser caballero, atento, diplomático, pero sin caer en la desesperación, el ungimiento, ni rendirse a los pies de la dama. Aparecer como amermelado, mamón o perno es totalmente matapasiones. Hay que ser un hombre, un adulto, y no un niño; con carácter suficiente como para ser asertivo, decir lo que no gusta e incluso postergar los encuentros para momentos más adecuados.

Ximena me relató su historia de amor con un tipo; duraron cinco años, dos de los cuales vivieron juntos. Un día, él se marchó… Ella debe ocupar cualquier ocasión para vengarse y humillar a los hombres, y yo le entregué la oportunidad en bandeja. Me aconsejó que exprese lo que siento, sin pensarla tanto.

viernes, 7 de junio de 2002

Tal como dijo Paulina, para subir el ego no hay como ir a darse una vuelta al barrio Suecia. Anoche salí como a las 22 horas rumbo a Bellavista, pasé por fuera del edificio donde vive Rodrigo y no vi a nadie. Caminé hasta la Maestra Vida, y me metí por algunas calles del sector. Circulé por fuera de la casa de Fernando; había luz (eran ya las 23 horas) pero no quise golpear. El frío en los pies me hizo dudar de proseguir mi recorrido, pero pensé que caminando se me pasaría. Me dirigí por la Av. Providencia con dirección oriente. Crucé mirada con una prostituta; tenía desaliento en sus ojos. Entré al Liguria a echar un vistazo y sólo divisé al Chinchín Correa y a un montón de bellas mujeres (un poco cuico el ambiente tal vez). Seguí caminando hasta la galería El Patio. Allí sólo miré desde fuera. Continué hacia el barrio Suecia, topándome con parejas de jóvenes prostitutas teñidas de rubio. Luego de un pequeño recorrido por el lugar, entré un rato a la disco “Infierno”. Era un poco antes de medianoche y la entrada era liberada; como había poca gente, me fui. Luego ingresé a la disco en que habíamos estado hace un tiempo con Rafael. Compré un ron-cola y me puse a observar desde una esquina. Lo que más recuerdo es a un tipo moreno, alto, tipo cubano o brasileño, que estaba bastante bebido y se le tiraba exageradamente a las mujeres. Aunque era pintoso, las niñas le huían. Me gustó mucho una morena que bailaba cerca de mí; poseía una belleza exótica y se movía con mucha sensualidad. Una cosa que me llamó la atención fue el grado en que la gallada se produce para ir a estos lugares. De pronto, crucé una mirada con una chica de expresivos ojos claros; ella iba con una amiga hacia la salida; como había mucha gente apelotonada, pasó muy cerca de mí. Le hice un gesto subiendo mis cejas, a lo que ella respondió sacándome la lengua y diciéndome algún improperio. También me gustó una lola muy bajita que atendía las mesas; me hizo recordar a Andrea de Valdivia. En un momento, entraron tres niñas a bailar. Con la más alta se juntó el moreno agujón, y con las dos restantes, se pusieron a danzar un par de tipos que estaban sentados a mi lado. El espectáculo de baile erótico del morenito con la muchacha grande me produjo risa. Mientras me divertía con ese show, crucé unas pocas miradas con una de sus amigas, una lola muy bonita, que se veía muy tranquila. Con su pelo negro, liso y largo se distinguía de entre las asistentes. Ahora me parece que tiene un aire como de la Sydney O’Connor. Tipo dos de la mañana, me viré; di otra vuelta por la calle de las salsotecas y me encaminé hacia Providencia. Me metí de nuevo a la disco Infierno, como para echar un vistazo antes del regreso. Como había más gente y onda, me puse a observar apoyado a una pared. Un tipo con pinta de gringo, que bailaba solo, me convidó de su trago. Una pareja realizaba un baile muy sensual; ambos eran encachados. Desde el segundo piso, el animador anunció un concurso de baile erótico; se presentaron unas muchachas moviéndose sobre una botella que estaba en el suelo. La tercera o cuarta era la tipa grande que había estado en la otra disco. A continuación, el locutor insistió para que se presentara Ximena. Apareció la niña linda con pelo negro; al comienzo estaba inmovilizada, pero con la ayuda del animador, se mandó un buen espectáculo, que incluía simulación de poses sexuales. Luego vino la competencia de los hombres, y ahí salió a bailar nada menos que el moreno. Casi al final de este presentación, divisé en la pista de baile a Ximena, quien me dirigió su mirada. En primera instancia, dudé de que me estuviera observando a mí, pero el hecho se repitió otra vez. A la tercera, me hizo un llamado con sus manos. Me acerqué y nos pusimos a bailar; tratamos de conversar pero la música estaba muy fuerte. Le propuse que fuéramos a hablar a una mesa, y ella aceptó. Nos presentamos: ella tiene 25 ó 26 años, trabaja de mesera en un restaurante que está a un costado del Parque Arauco; posee estudios de gastronomía y diseño de vestuario. Vive en la comuna de PAC, y tiene planeado viajar a España, y quedarse a vivir allá. Ella me calculó 25 años, y no podía creer que tuviese diez años más; tuve que mostrarle mi cédula de identidad. Le llamó la atención que anduviera “solito” y confesó que me había echado el ojo desde la otra disco. Le invité un trago, y como me faltaban $ 500, ella los puso. Continuamos bailando, y nos mirábamos a los ojos; nos acercábamos, rozábamos las cabezas, hasta que nos dimos el primer beso, largo, profundo. Nos conocimos en el Infierno y estuvimos en el cielo… De ahí en adelante no nos separamos más… En un momento, al salir del baño, ella me esperaba; me agarró y me empujó hacia una pared; allí me acarició y me sujetaba para no escapar de su control. En otras ocasiones, cuando bailábamos, me hacía abrazarla por la espalda; meneaba su traste contra mi zona genital y me tomaba las manos para que se las pusiera en su estómago. También cogía mis manos para que tocara sus pechos. Fue todo muy sensual, y romántico a la vez. Pasadas las cinco de la mañana, tomamos un bus en Providencia. Ella canceló los pasajes. En el trayecto, se dedicó a piropear a unos gringos que iban en el vehículo. La acompañé hasta Teatinos. Nos dimos los últimos besos, anotó de nuevo el teléfono del departamento, y se subió a un colectivo. Al despedirse me dijo: “I love you too much, for ever”. Quedé de llamarla el lunes…

Ese mismo día, pero temprano, acompañé a Eli a comprar a un supermercado. Ella me piropea, afirmando que yo podría ser modelo.

sábado, 1 de junio de 2002

He perdido mucho tiempo:

-Viendo tonteras en TV.

-Bajoneado, con depre, con angustia, pánico o amargura; neurosis, fobias.

-En borracheras y carretes inconducentes.

-Viviendo en Santiago.

-Intentando salvar proyectos ajenos (imprenta, lancha).

-En amores “platónicos”.

Me arrepiento de:

-No haber sido mochilero, durante los veranos de mi época universitaria.

-No haber estudiado antropología (o ciencias sociales).

Mi idea es irme a recorrer Chile sin dinero, o con muy poco. Viajar haciendo dedo, dormir en cualquier lado, pescar, recoger frutas o cazar. Acompañarme con una grabadora y una cámara fotográfica. Recolectar material para hacer un libro de narraciones, cuentos, relatos, fábulas, leyendas. Ser un “caminante”. Trabajar a cambio de comida y alojamiento.

Servicios que necesitan dinero: teléfono, Internet, revelado y ampliación de fotos.

Bienes que necesitan dinero: pilas, cassettes, carga fotográfica, lápiz, papel.

Útiles: mochila, cuchillo cazador, artes de pesca, taza metálica, bombilla, tenedor, cuerda, costurero.

El primer ladrón fue el que dijo: “este pedazo de tierra es mío, es de mi propiedad”. Ese fue el primer robo.

Relación entre la leyenda de Robin Hood, el concepto de posesión de Proudhon y la teoría fideicomisaria de Gandhi.

Control obrero, poder popular. Rol de las organizaciones obreras, populares.