lunes, 17 de junio de 2002

Una sola semana me duró el “romance” con Ximena. Hice todo lo que no debía hacer. Había quedado de llamarla el lunes, pero el domingo, por la ansiedad y el “enamoramiento”, no me aguanté y fui a verla a su trabajo. Yo estaba nervioso, y me demoré mucho en entrar al restaurante. Apenas estuvo delante de mí, se tapó la boca con la mano, y me pidió disculpas por su actuación de la otra noche; se excusó señalando que se le había ido el alcohol a la cabeza, y agregó que no se acordaba lo que había hecho. Contó que sus amigas la habían retado por las locuras que habría realizado conmigo. Yo la calmé, argumentando que me había entretenido mucho y que la había encontrado muy simpática. Le pregunté si estaba arrepentida de lo que habíamos hecho, a lo cual respondió que no. A continuación me explicó que su jefe estaba cerca, por lo que no podíamos seguir conversando. Me llevó a la barra y yo pedí una bebida; me puse a leer mi libro hasta que terminé de beber el segundo vaso. En la entrada le había tratado de dar a entender que mi visita era un regalo que me estaba haciendo a mí mismo. Antes de irme, pasé al baño, y, luego, conversamos un poco. Le dije que mi intención había sido recordarla mejor, volver a tener su imagen. Me preguntó que por qué no la había invitado a mi cumpleaños, a lo cual respondí que por su propia instrucción, acerca de que no la llamara sino hasta el lunes. Me disculpé por mi intromisión, y manifesté mis deseos de que no le llamaran la atención por mi culpa. Ella indicó que su jefe se había marchado, por lo que yo podía quedarme un rato más. Pero, yo quise partir, a lo que ella añadió que la llamara. Me comprometí a hacerlo el miércoles. Tampoco aguanté hasta ese día, y el martes le telefoneé a las 13 horas. Le propuse acompañarla hasta su pega, por lo que nos juntaríamos en el metro Los Héroes. Al subir al carro, me disculpé por lo insistente, pero era porque yo andaba muy ansioso, debido a mi situación personal. En el trayecto en bus, me advirtió que ella es muy complicada, mal genio y muy cambiante. Relató que a los diez – once años había sido muy polola, pero que después se aisló, y, no volvió a socializar hasta pasados los veinte años. Al llegar, entramos al Parque Arauco, y nos paramos a unos metros del restorán. Quedamos en que la llamara el jueves a las 10:30 u 11 de la noche al trabajo. Aunque yo me iba a despedir con un beso en la mejilla, ella corrió la cara y me lo dio en la boca. Mientras nos separábamos, tomamos un instante nuestras manos.

El jueves la llamé un poco antes de las 23 horas. Me la pasaron de inmediato. Acordamos que la esperaría entre las 00:30 y 00:45 en la plaza Italia, en la esquina del Tele Pizza. Me preguntó si yo la esperaría si se atrasaba, a lo cual respondí que por supuesto. Yo llegué a las 00:25 y ella sólo apareció como a la una, cuando yo estaba casi escarchado. A pesar de que me dio un pequeño beso en la boca, noté que su actitud no era de entusiasmo. Al notar que estaba entumido, me enrostró el por qué no la había esperado dentro del local. Caminamos hacia el barrio Bellavista, mientras ella me contaba de sus malos ratos y condoros en la pega. El clima entre ambos no era relajado, y se producían silencios incómodos. Cuando llegamos a los boliches, se exasperó por mi indecisión para escoger el restorán. Nos acomodamos en la Casa en el Aire. Quise saber de su vida, pero todas sus respuestas eran resúmenes. Le hablé de mi pasado, de mis relaciones amorosas, trabajos, etc. Si yo quería que ella hablara más, me pedía que yo continuara. Se extrañó porque no pedí un trago fuerte y porque me servía la cerveza de a poco. Calificó mi vida de “light” y concluyó que yo soy, en cierta forma, un bolsero. Ella sostuvo que ama tener dinero, para darse sus gustos y regalar, que disfrutó de un paseo a Mendoza con el club de Austin Minis, y que tiene gatos y pajaritos. Contó que tiene amigas excéntricos, hiphoperas y dark. Con ésta va a lugares Ander y, para ahuyentar a los hombres, se besan entre ellas. También reconoció tener amigos con ventaja y pretendientes. Está juntando dinero para ir a España el próximo año, para lo que su trabajo le es práctico y funcional. Cuando cerraron el local, salimos y le consulté si quería ir a otro sitio, a lo cual respondió que prefería irse a su casa; la misma respuesta obtuve cuando la invité al departamento de Ezio. La caminata al paradero fue casi en completo silencio. En el paradero, le confesé que yo esperaba otra actitud suya para ese encuentro. Ella fue franca y sentenció que no la había motivado ni atraído; que para ella fue como “conversar con un amigo”. Insistió en que su conducta en la discoteca fue un error y que, aunque no esperaba nada, se había dejado llevar para ver si algo le producía, pero que no hallaba nada especial entre nosotros. De todas maneras la quise acompañar hasta Teatinos. Le propuse que nos viéramos como amigos, en grupo, porque así yo estaría más relajado. Ella aceptó. Antes de que tomara el colectivo, nos besamos en la mejilla y me dijo que la llamara.

Caminé de regreso hasta el departamento de Ezio, con mucha pena y frustración.

Moralejas: lamentablemente, por mucho que a uno le guste una mujer, uno no debe demostrar su “enamoramiento”, ni menos mostrarse ansioso u obsesionado. Se puede ser caballero, atento, diplomático, pero sin caer en la desesperación, el ungimiento, ni rendirse a los pies de la dama. Aparecer como amermelado, mamón o perno es totalmente matapasiones. Hay que ser un hombre, un adulto, y no un niño; con carácter suficiente como para ser asertivo, decir lo que no gusta e incluso postergar los encuentros para momentos más adecuados.

Ximena me relató su historia de amor con un tipo; duraron cinco años, dos de los cuales vivieron juntos. Un día, él se marchó… Ella debe ocupar cualquier ocasión para vengarse y humillar a los hombres, y yo le entregué la oportunidad en bandeja. Me aconsejó que exprese lo que siento, sin pensarla tanto.

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