Ayer, mientras conversaba con Santiago, empecé a hilvanar un razonamiento que estaba elaborando desde hace un tiempo. Qué se puede esperar de una persona nacida en una familia del sector medio acomodado de la capital, que durante 27 años vivió en el barrio alto, y al alero de una madre sobreprotectora? Un niño regalón de su nana, orgullo de sus padres, que siempre tuvo todo lo necesario al alcance de la mano; que jamás tuvo que trabajar o emplearse para tener un poco de dinero para desplazarse o para tener su cuota de esparcimiento, que no supo lo que es pasar frío o hambre, que si le dolía algo, su madre corría a comprarle remedios o llevarlo al médico. Un muchacho que estudió en un colegio particular, de curas, con acceso a practicar deportes, a tener una buena educación. En definitiva, un joven al cual se le entregó gratuitamente la oportunidad de ser un profesional universitario; un tipo preparado, programado casi, para convertirse en lo que Daniela definía como un “manipulador de símbolos”, un ejecutivo, un “dirigente”.
Por qué rebelarse a esa trayectoria; en qué momento se desvía de ese camino predefinido. Hacer un viraje radical en el rumbo que se traía, después de más de 25 años no es algo fácil. De partida, hay una gran cantidad de labores, que por no tener que hacerlas, no las hago bien todavía, o aún no interiorizo los métodos para realizarlas con eficiencia: lavar, hacer aseo, coser, cocinar, calentar una casa, cuidar la ropa, ventilar las habitaciones, efectuar reparaciones de gasfitería, electricidad, alcantarillado, etc. En todas estas actividades hay técnicas que las facilitan y las hacen ser más gratas, pero es preciso aprenderlas y practicar.
Al decidir salirse del camino prefijado, por el motivo que sea, implica pasar a ámbitos en que se es torpe e inexperto. El mundo del trabajo manual, de la fuerza física, tiene sus propias características, y, cuando alguien preparado para vivir en el trabajo intelectual, ingresa en él, debe “sufrir” los rigores del novato: lesiones en el cuerpo, frustraciones, impotencia etc.
Mi amiga Elena, muy perceptiva ella, me definió una vez como un “desclasado”. Las razones para mi actitud creo que se pueden encontrar en una combinación entre la convicción de lo positivo que es el desarrollo integral de las personas, y la activación de todas sus potencialidades, que adquirí durante mi enseñanza media, con el contacto que tuve con el mundo popular en los trabajos voluntarios en que participé en mis años de universidad. Quizás se podría agregar la influencia del contacto que tuve cuando niño con el trabajo físico al acompañar a mi papá a su pega.
Fue un error el querer ignorar mi origen, y creer que era llegar y lanzarme con éxito en un ambiente que no conocía. Lo primero es tomar conciencia de mi evolución y tomar las cosas con más cautela y prudencia.
Obviamente hay un trasfondo de sentimientos de culpa, por el hecho de haber gozado del privilegio de nacer en una familia con recursos suficientes, y de la suerte por poseer un buen nivel intelectual. Si el mundo fuera un sistema social en que todos sus habitantes tuvieran la oportunidad de desarrollarse, disfrutar y poner en acción sus potencialidades, pudiendo satisfacer sus necesidades más importantes, por su puesto que esas culpas no existirían.
En todo caso, más que culpas lo sensato es poseer conciencia y actuar con ubicación, tacto, tino y congruencia.
Alguien criado con sobreprotección es como un animal que fue domesticado por los humanos y, luego, al meterse en un ambiente natural, silvestre, “salvaje” o selvático, no tiene el desenvolvimiento, la astucia, habilidad o destrezas para sobrevivir por sí solo. Si decide continuar en ese hábitat, deberá soportar fracasos, heridas, sufrimientos, pasar por un proceso de reeducación, y tratar de utilizar lo aprendido previamente para llegar a poseer la sabiduría de ambos mundos.
Por qué rebelarse a esa trayectoria; en qué momento se desvía de ese camino predefinido. Hacer un viraje radical en el rumbo que se traía, después de más de 25 años no es algo fácil. De partida, hay una gran cantidad de labores, que por no tener que hacerlas, no las hago bien todavía, o aún no interiorizo los métodos para realizarlas con eficiencia: lavar, hacer aseo, coser, cocinar, calentar una casa, cuidar la ropa, ventilar las habitaciones, efectuar reparaciones de gasfitería, electricidad, alcantarillado, etc. En todas estas actividades hay técnicas que las facilitan y las hacen ser más gratas, pero es preciso aprenderlas y practicar.
Al decidir salirse del camino prefijado, por el motivo que sea, implica pasar a ámbitos en que se es torpe e inexperto. El mundo del trabajo manual, de la fuerza física, tiene sus propias características, y, cuando alguien preparado para vivir en el trabajo intelectual, ingresa en él, debe “sufrir” los rigores del novato: lesiones en el cuerpo, frustraciones, impotencia etc.
Mi amiga Elena, muy perceptiva ella, me definió una vez como un “desclasado”. Las razones para mi actitud creo que se pueden encontrar en una combinación entre la convicción de lo positivo que es el desarrollo integral de las personas, y la activación de todas sus potencialidades, que adquirí durante mi enseñanza media, con el contacto que tuve con el mundo popular en los trabajos voluntarios en que participé en mis años de universidad. Quizás se podría agregar la influencia del contacto que tuve cuando niño con el trabajo físico al acompañar a mi papá a su pega.
Fue un error el querer ignorar mi origen, y creer que era llegar y lanzarme con éxito en un ambiente que no conocía. Lo primero es tomar conciencia de mi evolución y tomar las cosas con más cautela y prudencia.
Obviamente hay un trasfondo de sentimientos de culpa, por el hecho de haber gozado del privilegio de nacer en una familia con recursos suficientes, y de la suerte por poseer un buen nivel intelectual. Si el mundo fuera un sistema social en que todos sus habitantes tuvieran la oportunidad de desarrollarse, disfrutar y poner en acción sus potencialidades, pudiendo satisfacer sus necesidades más importantes, por su puesto que esas culpas no existirían.
En todo caso, más que culpas lo sensato es poseer conciencia y actuar con ubicación, tacto, tino y congruencia.
Alguien criado con sobreprotección es como un animal que fue domesticado por los humanos y, luego, al meterse en un ambiente natural, silvestre, “salvaje” o selvático, no tiene el desenvolvimiento, la astucia, habilidad o destrezas para sobrevivir por sí solo. Si decide continuar en ese hábitat, deberá soportar fracasos, heridas, sufrimientos, pasar por un proceso de reeducación, y tratar de utilizar lo aprendido previamente para llegar a poseer la sabiduría de ambos mundos.
