martes, 30 de junio de 1992

1992: Primer semestre

Los arrebatos y las “roscas”:

Cuando chico solía pelearme con Gustavo. Era tal el nivel de agresividad que un día –dicen, porque yo no me acuerdo- le pegué en la cabeza con una silla o algo así, con lo que se le hizo una herida en la frente, para posteriormente quedarle una cicatriz.

Estas peleas varias veces terminaban porque la mamá o el papá nos separaban. En este último caso, nos llegaban golpes a los dos. En una ocasión, nos tiró encima de una cama y nos dio con un coligüe en la espalda y piernas.

Ya mayores, en la casa de Apoquindo, algunas veces me enfurecía con mi hermano, porque él era más grande y corpulento, y sentía que me trataba con prepotencia y “me pasaba a llevar”. Un día en la cocina discutimos y, en un momento de rabia, lo amenacé con un cuchillo. Mi mamá me lo quitó y me pegó una cachetada mientras gritaba desesperada.

También me acuerdo cuando chico haber tenido una riña con mi amigo Rodrigo Pemjean, cuando estábamos en la sala de clases. Otra situación se produjo una vez que invité a mi casa de Las Tranqueras a Igor. En esa oportunidad, cuando jugábamos a la pelota, le advertí a Igor que no la tirara contra la pared porque se ensuciaba. Como la chuteó otra vez –y en realidad no era tan grave como para justificarse- le di de combos hasta dejarlo llorando. Luego llamó por teléfono a su mamá, quien lo fue a buscar después de un rato.

En verdad, por muchos años me sentí culpable de ello, por lo que en varias oportunidades me dejaba “castigar” por Igor con bromas, golpes, etc.

Otra acción similar ocurrió cuando jugábamos a la pelota en el pasaje con un compañero de curso de Gustavo, Felipe de la Fuente. De repente, tuvimos una disputa de la pelota y yo le pegué un par de puñetes en la cara. Él quedó llorando y yo corrí a refugiarme en mi casa.

En otra ocasión, jugaba a las bolitas en el pasaje de un niño del colegio –Lucho Arias-, hermano de una compañera de curso de Gustavo. Yo me enojé con él porque creía que hacía trampa, y, en un arrebato, lo agarré a combos y me fui corriendo para mi casa.

Un día en el colegio tuve una rosca con Adrián Mandiola, quien me empujó cuando íbamos subiendo la escalera en la fila, por lo que yo me apoyé en la señorita María Eugenia, que iba adelante. Ella se dio vuelta y me pegó una cachetada en la cara. Ese mismo día le hice frente al Mandioca, quien me pegó una patada en el tobillo, dejándome una herida y posterior cicatriz.

También en el colegio, pero ya en enseñanza media, estábamos en clase de Ecuación Física mirando un partido de handball. Estábamos esperando nuestro turno cuando Carlos Contador dijo algo contra mí, con la intención de menospreciarme. Entonces, le di una patada en el trasero, él se dio vuelta y cargó contra mí. Yo lo abracé para que no me llegaran sus puñetes, hasta que lo empujé y cayó sentado. Ahí intervino el profesor, quien nos separó y nos envió a inspectoría.

En una protesta en el campus San Joaquín, llegó un grupo de estudiantes de Ingeniería Civil y Comercial a intentar que termináramos nuestra acción. Sus palabras eran algo como “ya niñitos, se acabó el juego”, etc. En un instante en que un grupo lanzó el grito del MDP, un “facho” hizo burla de ello, y yo, que estaba detrás de él –y subido en un montículo de piedras-, le di un empujón. El tipo se dio media vuelta y se me enfrentó con mirada amenazante. En ese momento, personas de ambos bandos nos tomaron desde atrás y nos separaron.

Era aquel tiempo en que me estaba cambiando de carrera, por lo que la relación con mi papá estaba deteriorada. El motivo exacto no me acuerdo, pero fue en la cocina cuando estábamos mi mamá, yo y mi papá. Por algo discutí con él, y en un arrebato me lancé sobre él y lo tomé por el cuello gritándole cosas amenazadoras. Mi papá reaccionó también con ira y apretándome, en tanto mi mamá gritaba y trataba de separarnos. Entonces, yo lo solté y me encerré en mi pieza.

Una tarde que venía de vuelta de la universidad, por el camino habitual, un automovilista tocó insistentemente la bocina en la curva de Los Leones con Diagonal Oriente. Yo escuché el ruido de los neumáticos del vehículo que venía muy rápido para enfrentar esa curva. Por lo mismo, no me apuré en hacerme a un lado. Cuando el auto me sobrepasó por mi izquierda, el chofer se acercó a la ventana del acompañante –en todo caso iba solo- y me gritó una frase que decía más o menos: “córrete tonto huevón”, o algo por el estilo. Luego, el vehículo aceleró pero se detuvo en la luz roja de Lyon. Yo pensé justo en que ojalá parara para desquitarme de ese estúpido prepotente e irresponsable conductor. Aceleré hasta llegar al lado del Fiat blanco tipo camioneta techada (Fiorino) y le dí un manotón en el techo. Entonces, doblé por Lyon mientras el auto siguió por Diagonal Oriente. Seguí pedaleando tranquilamente por esa avenida ya pensando en otras cosas, hasta que una cuadra antes de Bilbao, llegó el vehículo en cuestión rápidamente y me encajonó hacia la vereda. Alcancé a dar vuelta hacia atrás y enfilé por el otro lado del auto. En eso, intercambiamos un par de palabras con el chofer: él me imputaba por golpearle el techo –que en todo caso fue puro ruido- y yo le contesté que era un prepotente. Ahí, ese tipo abrió la puerta y comenzó a bajarse del auto con un palo tipo laque en la mano. Yo, obviamente, salí rápidamente de ese lugar con la bicicleta, y doblé por Bilbao hacia abajo. El chofer me siguió y yo me subí a la vereda. Él se estacionó más allá y me esperó, pero como tenía el tráfico en su contra, yo me quedé donde estaba y le hice gestos insultantes. Entonces, tomé de nuevo Lyon y me fui por calles diversas, pensando que si volvía a aparecer yo sacaría la cadena –con candado- de la bicicleta y lo enfrentaría. Pero no apareció.

Días después, y mientras pedaleaba por Suecia hacia la universidad, este mismo vehículo apareció a gran velocidad y casi atropelló a un viejo que atravesaba la calle. El chofer se detuvo a insultar al viejo, pero éste le devolvió la agresión con un rollo largo de papel que llevaba, con el cual golpeó el techo del auto y lo metió por la ventana, todo ello mientras le inculpaba de su exceso de velocidad. Yo estaba de espectador, pero cuando reconocí aquel vehículo sentí de inmediato las ganas de intervenir si es que el tipo se bajaba del auto. Pero aquel sujeto no se bajó del vehículo sino que aceleró y siguió su camino.

Yo, en general, soy calmado, pacífico y cuidadoso, prudente y con cautela; pero cuando me he visto enfrentado a situaciones límites de agresividad, me “salgo de mis casillas”, me “arrebato” y actúo envuelto o sumido en la rabia, ira o furia. “Pierdo” la calma o el “control” y me veo envuelto en la vorágine o espiral de violencia. Sobre todo, eso me ocurre cuando me tratan con esa agresividad prepotente, pedante.

-Amenazas en Maitencillo del pololo de Ximena.

-Discusión con viejas: visita del Papa y campaña plebiscitaria.

“La neurosis sobreviene cuando huimos de nuestro oficio principal –hermoso oficil- que es ser artistas de la vida. Nacimos para ser artistas, y la aventura de la vida consiste en descubrir y desarrollar ese filón devolviéndolo a la sociedad”.

“No, la neurosis no es, sin más, una enfermedad, sino más bien el signo de que algo desde nuestro interior quiere aflorar, crecer y expresarse: el hecho de que nacimos artistas de la vida”

(Rafael Redondo, CNT Nº130, pág. 19)

Mirado así, yo cuando niño era muy “artista”: pasaba mucho rato dibujando o construyendo artefactos. Pero esa ocupación fue disminuyendo a partir de los 13 años aproximadamente, en que ya no era algo natural o espontáneo, sino algo muy exigido y autocriticado: “tenso”. Como cualquier cosa que hiciera “debía” ser muy buena o excelente, entonces, al fin y al cabo, no hacía nada para no arriesgarme a poner a prueba mis aptitudes y capacidades. De hecho, cuando chico yo escribía –a pesar de mi mala ortografía- historias de un detective (Mark Steward), pero a partir de los 14 años más o menos, dejé de escribir, hasta ponerme la etiqueta de “yo no escribo ni cartas” o “soy tieso y duro para la escritura”. En fin, todas esas manifestaciones creativas llegó un momento que se vieron reprimidas por una “camisa de fuerza” autoimpuesta. Y ese período habrá durado unos 10 años. Ahora estoy tratando de retomar mis inquietudes y pasiones postergadas: la batería, el baile, la escritura, el dibujo, la invención y el diseño, etc. Pero es todo un proceso, porque las trancas se resisten a desaparecer fácilmente.

En una conversación que tuve una vez durante mi época de educación media con el seminarista que nos hacía clases de religión, él me propuso que escribiera un diario de vida. En esos años consideré que no me pasaban cosas lo suficientemente interesantes como para escribirlas. Lo que pasa es que surge la pregunta acerca del sentido que tiene escribir sobre nuestras vidas, pensamientos, emociones, etc. Generalmente yo pensaba que no tenía mucho, ya que uno siempre se acuerda de las cosas, no siempre de todas, pero estoy seguro que están archivadas en algún lugar de mi mente y basta un estímulo claro para refrescar la memoria. Pero, en realidad, ahora creo que esto es análogo a guardar fotografías, porque uno puede decir: para qué tomarlas y conservarlas si total me acuerdo igual de lo que pasó. Pero lo cierto es que igual se toman y se acumulan en álbumes. Y cada determinado tiempo las revisamos y recordamos y revivimos esos momentos. Si no fuera por ellas, nuestros recuerdos no serían completos o estarían distorsionados por el paso del tiempo. Por eso, escribir sobre nuestros acontecimientos, cuando éstos están “fresquitos” sirve para que la memoria no nos juegue malas pasadas y para reflexionar sobre cosas pasadas y presentes a través del testimonio escrito. Todo ello en función de avanzar en nuestro desarrollo y realización. Para crecer internamente, madurar, ser más pleno y feliz.

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