Cuadernos (Desde 1991) de una persona con trastornos de ansiedad
Neurosis Obsesiva-Compulsiva
Vinculación de los impulsos con formas históricas. En 1981, con el nazismo. Estudio de Constitución nacional-socialista, fabricación de bandera y creación de servicio secreto en el curso, con cédula. Elaboración de Estatutos del curso para combatir a los enemigos “flojos y desordenados” (“malos elementos” – “escoria humana”).
En 1984, con la religiosidad cristiana. Adaptación del Padre Nuestro y otras oraciones como hechizos para protegerme de los males.
Momentos que me afectaron en forma excesiva:
-Época en que me juntaba con los Guiñez a jugar en su calle. Época en que hablábamos de sexo; yo tenía erecciones pero aún no podía eyacular. Eso lo conversábamos en las noches, en el patio, con varios muchachos de mi edad. Una noche aparecieron en la calle un grupo de muchachos de la calle de al lado (Hnos. Cabot), que tenían fama de viciosos, porros, ignorantes, etc. Uno de ellos, en mitad de la calle, se abrió el cierre y llamó a un perro para que se fijara en su “coyoma” (no me acuerdo si era para que se la chupara). Desde entonces, cada vez que me acordaba de esos jóvenes, los veía, oía hablar de ellos o pasaba por su calle, tenía que recurrir a todo el arsenal de conjuros y gestos para evitar que yo fuera a convertirme en uno de ellos, que era un impulso que sentía.
Mi hermano Gustavo tenía un compañero de curso que era bastante mediocre intelectualmente y, además, físicamente feo. Él le enseñaba las materias en el comedor de la casa.
Un día yo estaba con unas amigas en la vereda de la calle García Pica, mirando con unos prismáticos. Era de noche cuando aquel muchacho, desagradable para mí, llegó en la bicicleta roja que Gustavo le había prestado y entabló conversación conmigo. Es noche o la siguiente, en mi cama tuve mi primera polución producida con la frotación con el colchón. En ese momento de gran placer, “se me cruzó” la imagen de ese muchacho y la asociación con mi sexualidad contaminada por él. Fue traumático pensar que mi vida sexual pudiera parecerse a la de un ser tan bajo, era la idea que se me venía a la mente y me llevaba a purificarme con mis “magias”.
En una semana del colegio, una de las pruebas era hacer una coreografía con cada curso. Yo me encargué de prepararla y fui el director de ella. Tenía que ir enfrente de mi curso, con bombo, altavoz y gorro tipo Napoleón.
Cuando llegó el momento de prepararme para ir a la cancha, fui a buscar el gorro y cuando llegué a la sala estaba un compañero que yo despreciaba con el gorro en la cabeza, divirtiéndose con otros compañeros. Él era símbolo de la flojera, maldad, deshonradez, etc. Verlo así me produjo gran estremecimiento y cuando tuve que colocarme ese gorro “contaminado” tuve que recurrir a todos los actos de protección y seguridad para que no me produjera ese contacto directo con mi cabeza que me fuera a volver parecido a él.
Personas que me han perturbado como “negativas”:
Colegio: Sandro Vargas, señor Zepeda y su hijo.
Imágenes de Pinochet y Lucía, y de agentes de
Tío Jorge
Simbolizan, concentran características rechazadas y que no deseo poseer.
Pero era como si no bastara con rechazar esas características racionalmente, sino que era necesario recurrir a actos especiales de protección.
Esas características podrían ser: fealdad, irresponsabilidad, ignorancia, poca inteligencia, viciosidad, grosería, vulgaridad, autoritarismo, criminalidad, “huequería”, hipocresía, maldad, cinismo.
Como que lo que pudiera pasarme a mi o llegar a ser estuviera más allá del control de mi voluntad racional y consciente, y por lo tanto, tendría la “necesidad” de recurrir a seguridad y protección “mágicas”.
La más sutil ha sido un mecanismo de tapar o rechazar las ideas perturbadoras o temores o miedos, con otras ideas o imágenes o palabras que me tranquilizan (superstición) (o pequeñísimos gestos del rostro o cabeza).
Anoche, mientras revisaba mentalmente los hechos que más recuerdo de mi historia personal, pensé que mi vida es la novela que más me ha interesado poder discifrar.
Me acordé de la relación que hizo un sicólogo entre la palabra que yo ocupaba para describir las ideas que se me iban a la cabeza: “perturbar” con “masturbar”.
Yo siempre he sido bueno para masturbarme, salvo períodos largos como trabajos voluntarios, vacaciones en la playa, campo, etc. Cuando recién comencé a eyacular, me masturbaba varias veces al día, en mi pieza o en el baño, mirando TV o revistas. Desde el comienzo, la fuente mayoritaria de imágenes que me exitaban eran peleas o luchas entre mujeres, que me atraían al verlas en películas. Luego aparecieron las escenas de lesbianas en revistas o películas pornos. Mucho menos eran las imágenes de mujeres solas. Algunas veces me imaginaba haciendo el amor con alguna niña conocida.
Después de tener relaciones sexuales con amigas, ese material en la memoria también comencé a utilizarlo para masturbarme, y llegó a acercarse al nivel de las primeras imágenes, pero sin superarlas.
En momentos angustiosos, críticos o depres de mi existencia, masturbarme cada noche antes de quedarme dormido ha llegado a convertirse en una regla.
Hubo ocasiones, en el colegio, que me masturbaba la noche anterior a un partido de basketball, por lo que después rendía mucho menos, cosa que sabía iba a ocurrir, pero era mucha la “tentación”.
Los sueños eróticos más bien han sido escasos. La mayoría de las veces la imagen onírica terminaba antes de consumar en acto sexual. Creo nunca haber tenido una “polución nocturna”. En general he tenido fantasías mientras duermo, con niñas que me gustan bastante, salvo una que otra excepción. También se me ha dado mucho el coqueteo con amigas o conocidas que me gustan mucho, pero sin llegar a nada concreto.
Un día en el colegio, en un recreo, en el pasillo, un profesor de basketball me retó porque, según él, yo era un “pajero” y que por eso no daba lo que podía en los partidos.
Como en primero o segundo medio comenzaron los viajes al cine Alessandri para ver películas supuestamente “pornos”. Íbamos varios compañeros de curso en metro y nos bajábamos en la estación ULA. Era el único cine de Santiago en que dejaban entrar a menores de 21 años. Su condiciones eran apestosas, todo viejo, sucio y feo. Contaban que algunos se masturbaban en las butacas. En definitiva, las películas eran unos fraudes, a lo más unos cuantos pares de tetas y eso era todo.
Tuvimos sesiones de películas porno en las casas de Carlos Contador y del Lucho Tolosa, que eran de los pocos que en esos años tenían equipo de video.
Cuando me preguntaron cuándo comenzó la función de los gestos, hice memoria y sin estar totalmente seguro dije que como a los 12 años (puede haber sido a los 10). Según esta versión, fue cuando vi en una calle a un vagabundo tirado en el suelo con apariencia desastrosa, de mendigo. Entonces, yo habría pensado: “no quiero ser como ‘eso’” y pasé mi mano derecha (el reverso de la palma) frotando la frente con fuerza. Con ese gesto ya quedaba libre de esa amenaza.
En esa época, junto con el gesto de “seguridad” había uno que su función era lograr algo que yo quería para mí, como buena salud, buenas notas, cosas buenas en general, aunque no materiales. Ese gesto era apretar fuertemente los puños y hacer fuerza con todo el cuerpo pensando en lo que quería para mí. Con el tiempo, esta función desapareció y sólo quedó la de negación.
Es un círculo vicioso, en que yo mismo me doy miedo por algo que no quiero ser, y para tranquilizarme hago una “magia” que me protege y me deja tranquilo un rato. La idea era que si no me protegía iba a “caer”, a “echarme a perder”. El temor de cambiar para peor me hacía creer que en mi nuevo estado ya no podría volver atrás, porque casi sería otra persona. En ese estado ya no necesitaría de la “magia” pero sería un ser despreciable.
Era como masoquismo o sadomasoquismo pero con uno mismo. Un círculo vicioso dentro de mí.
Siempre me ha dado tranca el escribir. Incluso las cartas me cuesta mucho empezarlas. La obligación de escribir en Periodismo me hacía sudar.
Varias personas me han dicho que me cuesta expresarme, que no lo hago con claridad o que no digo lo que quiero.
Una tranca es pensar que uno escribe para que otros lo lean, lo califiquen, lo corrijan. Ello me gatilla mi permanente pánico al rechazo de los demás o a ser evaluado en forma negativa por ellos. Eso me hace postergar mucho los trabajos en que tengo que poner parte de mí, porque así, llegado el último momento, sólo me queda hacerlos muy rápido, con lo que después, si me va mal, tengo la excusa de que fue por el poco tiempo y no porque yo no me la pueda.
Otra cosa clásica es colocar muchas citas o hacer una composición con partes de otros y así no jugármela con lo que yo pueda pensar sobre el tema.
Es entretenido escribir por el placer de hacerlo, de acordarse de los sucesos en que he participado, de las cosas que me han ocurrido, para mí mismo, para ver mi evolución, para entenderse y “conocerse más”.
Es divertido tomar conciencia de las múltiples situaciones y hechos que pueden a uno ocurrirle, y que todo está grabado en la memoria, guardado por ahí en alguna parte, más encimita y o más escondido, pero ahí.
Parece que tengo una tranca con mi expresión y mi actuación. Es decir, sería extremadamente prudente, cauteloso y evaluador. Con frecuencia refreno, rechazo, reprimo o critico mucho mis pensamientos o ideas. Hay ocasiones en que tengo ganas de hacer algo y me freno con ideas como “quizás ahora no salga lo mejor”, “no es el momento preciso”, “no estoy preparado” o buscándole el sentido a las cosas. En otros momentos, no tengo ganas de hacer nada y me angustio porque pienso que tengo tantas cosas por hacer.
“Acepta todos los riesgos; toda la vida no es sino una oportunidad. El hombre que llega más lejos es, generalmente, el que quiere y se atreve a serlo” Dale Carnegie
“El que no se arriesga no cruza el río”.
(La prudencia hay que ocuparla en el momento de cruzarlo, para no caerse al agua o para no ahogarse –o ser arrastrado por la corriente)
Asocio cosas y objetos externos o del entorno con ideas, emociones, temores que me sobrecogen (que me pueden afectar negativamente), por lo que debo protegerme y desviarlas con un gesto u otra idea, o pensar “nunca que me pase a mí, o, no quiero que eso me pase”.
Es como si al pensar en esas cosas, pudiera realmente ocurrirme en el futuro, influir en mi destino (supersticiones). Lo extraño es que son como supersticiones, pero en vez de ser las tradicionales transmitidas socialmente, son unas que yo mismo elaboro y con diversos materiales. Ejemplo: antes me cuidaba mucho si pisaba o no las líneas de la calle. De repente si paso o no bajo un arco, o por un lado u otro de un poste, etc.
He soñado varias veces con mi colegio. Recuerdo escenas relacionadas con el uniforme, los zapatos negros, las canchas, haciendo deporte, jugando básquetbol. También me acuerdo haber visto al señor Rojas, de inspector.
La neurosis obsesiva es como autoinflingirse asociaciones de malagüelo, entre cosas del entorno y mi destino, lo que me lleva a actuar con algún gesto que invalide o me proteja de esa asociación.
Los primeros años, el proceso de gestos era concebido por mí como algo natural a mí. Por ello, al comienzo no quería ir a sicólogos que mi mamá concertaba y pedía hora. Cuando comencé a ir, lo hacía de mala gana, y rechacé a varios (creo que fueron tres) que no me gustaron. Esto cambio cuando me di cuenta de que esto era una enfermedad y que me estaba provocando daño físico, mental y también social. De ahí en adelante, tuve voluntad por mejorar y verme liberado de aquello que me perseguía desde hacía varios años.
Ceremonia al lavarme los dientes:
Al cepillarme, tenía que hacer pasar el cepillo más de cuatro veces (como las notas) por cada fila de dientes. Contaba mentalmente con la idea que eso correspondería a mis notas reales.
Una cosa que me motivó a tomar la decisión de liberarme de mi enfermedad fue cuando utilizaba el gesto de sacudir la cabeza. Era tanto lo que la azotaba que llegaba a dolerme o a quedar un poco mareado. Un día supe que los boxeadores cuando eran golpeados en la cabeza hacían azotar el cerebro contra el cráneo, lo que les dañaba las neuronas y por lo tanto perdían capacidades intelectuales y motoras. Ante eso, y dada mi especial valoración por mis facultades intelectuales, decidí dejar de hacer ese gesto y caminar hacia el término de la enfermedad. No obstante, como no era llegar y terminar con la neurosis, lo primero fue reemplazar ese gesto por otros menos dañinos.
Otra razón para terminar progresivamente con los gestos fue que extrañaban y preocupaban a las personas que estaban a mi alrededor, en la casa y en el colegio. Muchos llegaron a pensar que se trataban de “tics nerviosos”, y en la época que utilicé la tos, que tenía problemas bronquio-pulmonares (tísico).
Las formas más “refinadas” o “sutiles” de protección llegaron a ser pequeños movimientos de ojos, cejas, frente o mandíbula, y “tapar” las ideas perturbadoras con imágenes y nombres de actores o actrices de cine (imágenes “puras”). Otra manera es tapar el pensamiento autodañino desagradable fijando la atención en otra imagen o idea.
Algo muy significativo han sido los llantos que he tenido cuando me he puesto a contar a alguien acerca de mis recuerdos de mi infancia en la casa de mis abuelos en Limache.
La primera vez fue con un sicólogo de
Cuando empiezo el relato me entusiasmo mucho, y paulatinamente me coloco como contento y eufórico, pero llega un momento en que eso se va transformando en pena, la cual aumenta progresivamente hasta que se me hace un nudo en la garganta y no puedo seguir hablando. Entonces se me humedecen los ojos y la pena se me transforma en dolor.
Mi relación con mi abuelo fue bonita. Él me enseñó a dibujar con perspectiva y a pintar. Una vez me sacó una bolita de piedra que se me había metido por la nariz.
En una oportunidad que yo quería ver TV en el living, mi abuelo no nos dejó porque él quería escuchar música o ver carreras de caballos. Entonces yo me enojé mucho y pensé que ojalá se muriera, con lo que me sentí muy culpable.
Cuando él falleció yo estaba en Santiago, en la semana del colegio. Mi mamá me llamó desde Limache para preguntarme si es que yo quería ir allá al entierro del fati. Yo contesté que tenía que participar en un concurso de pintura por mi curso. Me dije que él habría querido que yo participara. Una vez que terminó el concurso, y viendo que realmente era un hecho intrascendente, me sentí muy culpable (pero no se lo dije a nadie y no lloré).
Cuando niño me gustaba aguantarme antes de hacer caca; se me ponía la carne de gallina. Aguantaba hasta que ya no podía más.
Cuando niño lloré cuando mi papá vendió el Chevrolet 1956 azul y celeste; no quería que lo vendiera e hice una rabieta y me encerré a llorar.
Tomé conciencia del problema cuando vi que mi hermana tenía síntomas parecidos a los míos.
Por pensar en algo creía que podía ocurrirme.
Una característica que tengo desde hace mucho tiempo es mi enorme indecisión cuando se me coloca en encrucijadas. Siempre me demoro mucho en decidir, postergo las decisiones, evalúo mucho las alternativas antes de optar por una. Postergo la elección hasta el final, cosa que me vea forzado a elegir casi por azar.
Otra característica que siempre me ha acompañado es la timidez, el temor al qué dirán, a la evaluación del público, a la calificación ajena.
Esto se agudizaba cuando me gustaba una niña o en las situaciones de conquista como en el caso de las fiestas, en donde me pasaba toda la noche solo sin atreverme a sacar a bailar a alguna niña.
Por lo mismo, siempre tenía amores platónicos, a las cuales nunca me atrevía a hablarles; sólo las miraba y soñaba sobre cómo eran o cómo sería la primera conversación. Debido a esto, eran frecuentes las “frustraciones” amorosas causadas por mi timidez.
Según mi mamá, el parto en que yo nací fue difícil. Al parecer, el médico se puso nervioso o andaba alterado. A mi mamá no le habrían puesto anestesia, por lo que tuvo dolores muy fuertes. Ella gritaba y el médico con las enfermeras levantaban la voz. Parece que el parto duró más de lo normal. Según mi mamá, el médico habría dicho que yo, en vez de salir, me iba hacia dentro; que le costó sacarme.
Con estos datos, mi cuñado, Nathan, dijo que podría haber tenido una pequeña asfixia, lo que constituye un factor común de las personas con neurosis posteriores. Según él, estas personas son muy sensibles e inteligentes.
Con respecto a la sensibilidad, está claro que desde pequeño tuve sensibilidad artística, hacia los animales y las personas. Como a los 12 años comenzó la sensibilidad social, en el sentido de afectarse y solidarizar con los pesares de la gente humilde o de escasos recursos. Desde ahí creció mi rebeldía contra las injusticias y prepotencias sociales.
Habría una relación entre la neurosis en una persona, su deficiente adaptación al mundo, y los idealistas. Desde aproximadamente los 12 años he percibido a la sociedad con muchas injusticias, crueldades y absurdos pesares. Ideológicamente, mi simpatía comenzó con el nacionalsocialismo (81), por la vinculación alemana, pero poco tiempo después, en oposición a la dictadura y por afinidad paterna estuve cercano a
En mi último “estado depresivo”, que me duró como tres semanas, al final llegué a pensar algunas cosas, influido por la lectura de “Conocimiento del hombre”, de A. Adler, y por conversaciones con
Lo que pudo ocurrir fue que la realización de ese video significaba para mí una verdadera prueba de mi capacidad, junto con ser mi primer trabajo profesional remunerado. Por ello, el grado de exigencia que me imponía era muy grande, es decir, el resultado tenía que ser óptimo. Y, por otra parte, me complicaba mucho hacer el pre-guión, porque sentía que no se me ocurría nada original o algo claramente bueno. Entonces me confirmaba mis trancas de poco ingenioso y “cuadrado”.
Una noche tuve insomnio pensando en el pre-guión, hasta que me levanté con una idea sobre sistemas y la escribí. El problema era que fueron esquemas muy abstractos, por lo que traducirlos en un guión era difícil. El entusiasmo y ganas originales se fueron transformando en angustia y ansiedad.
Finalmente, el equipo de camarógrafo y editor, más el coordinador del proyecto se fueron desentendiendo y hasta “corriendo” del asunto, por lo que yo también me relajé y guardé el proyecto en una carpeta en espera de que se me llamara nuevamente.
Entre tanto, mientras duró mi “depresión y angustia”, comunicaba fácilmente mi estado y mis aprensiones a familia, amigos de la universidad, a Manuela, etc. Ese hecho me llevó a pensar luego en algo descrito por Adler, en el sentido de que esa comunicación no es porque sí, o simple expresión de un problema interior e independiente del resto. Esa comunicación tendría claramente un objetivo, que se relaciona con el origen mismo de la depre y angustia. La función que cumple esa interacción es que la gente que a uno le rodea se compadezca, le brinde apoyo, se preocupe de uno. Entonces, en vez de enfrentar los problemas y desafíos directamente, uno busca rodearlos, hacerles el quite y además buscar la protección y apoyos en otros y en uno mismo para salir “ileso” si es que las cosas no resultan bien. Para ello se recurre a justificaciones que expliquen por qué en esa circunstancia no se pudo lograr hacer bien las cosas: “es que dejo todo a última hora, “es que estaba con el ánimo por los suelos, con depre y angustia”, “es que estaba lleno de cosas, presionado por muchos compromisos”; y, paralelamente, se resguarda uno de la opinión y juicios de las personas que me rodean: se les informa de mi penosa situación, de mis problemas, de mis ahogos, de que ya no le encuentro sentido a nada, etc… De esta forma, me protejo por todos lados por si las cosas no resultan bien, o como yo quería que salieran.
Además, también sería como buscar que otros me solucionen esos problemas, para no correr el riesgo de comprobar mis temores referidos a que no tengo mucha creatividad o imaginación para ese tipo de cosas. Es una actitud como de regresar a la época de la infancia, cuando todo era solucionado por otras personas.
Es como “quitarle el poto a la jeringa”.
“El rasgo fundamental de todos estos casos es, en general, el de que el individuo interpone una distancia más o menos grande entre sí mismo y su obligación. Al examinar la cuestión más de cerca, echamos de ver que, además de este lado oscuro, existe otro de luz. Hay que suponer que el individuo elija tal actitud a causa de este lado de luz. En efecto, al abordar una tarea rodeado de obstáculos e inconvenientes se preserva la vanidad personal y el amor propio. La situación es mucho más segura y se trabaja como el equilibrista que danza sobre la cuerda sabiendo que debajo de él hay tendida una red. Al caer, se cae en blando, y al emprender una labor con muchos obstáculos se salva siempre el sentimiento personal pues se puede decir que no se ha podido hacer más de lo que se ha hecho, que se ha comenzado demasiado tarde, etc., y que de no ser por todos estos inconvenientes, el éxito hubiera sido completo. En cambio, si el resultado es satisfactorio, el éxito es mucho más resonante” (“Conocimiento del Hombre”, pág. 246)
“Todos los fenómenos nerviosos de esta clase surgen en el momento en que el individuo retrocede ante una labor o problema por un sentimiento de inferioridad, y trata de hallar excusas para justificar su retirada o falta de actividad” (ídem, págs. 251-252)

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