Creo que la menor se llama Maya, y es hija del dueño del camping. Tiene unos 14 años, es gordita y de colores trigueño claro. Nos pusimos a conversar alrededor del fogón, y la mayor resultó ser una muchacha que antes atendía en la caja del Centro de Llamados de Entel. Su nombre es Marella y tiene 29 años; está separada y tiene una hija llamada Ella, que cuenta con unos nueve años. Con ella nos quedamos hasta la madrugada y, en un momento, le tomé las manos; luego vinieron los besos y las caricias. Ella trabajaba en el Banco del Estado, en Dalcahue, y tenía que viajar en la mañana. A partir de ese día iniciamos una relación que se prolongó por casi 10 días, de los cuales, la última semana convivimos en su casa, en una villa camino a Lechagua.
Marella es alta, grande, y tiene unas largas y hermosas piernas. Como en su casa no tenía agua ni electricidad, teníamos que ir a la casa de su hermano, en la misma villa, para abastecernos y bañarnos. Para alumbrarnos, colocábamos velas, lo que daba un toque romántico. Mientras Marella iba a trabajar, yo me quedaba haciendo el aseo y preparando la comida. En las tardes paseábamos por las playas y las costaneras. Un fin de semana fuimos a la disco “El gato volador”, pero yo no me sentía muy bien, pues me había caído mal una ensalada de frutas que comimos en el día.

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