sábado, 18 de octubre de 2003

En Quellón estuve desde el 14 al 20 de marzo. Alojé con el Chago en la casa de Peyo. Mi amigo había pasado el invierno en la lancha, pues la onda con Peyo no estaba bien. Después volvió a la casa, pero la relación era medio tensa. Una vez instalado, comencé a ubicar a Yasna. Ella ya no trabajaba en el Centro de Llamados. Pregunté por ella, pero no sabían cómo ubicarla. Fui a ENTEL y allí me contaron que ese día debería estar en el bautizo de la hija de una amiga. Llegué a la Iglesia Católica de la ciudad y esperé. No la vi entrar ni tampoco la divisé en el interior del recinto. Me fui a la casa de Peyo, esperé un rato, y regresé para ver si a la salida podía encontrarla. Me senté en una cerca de troncos y, de pronto, la vi salir con su pequeño hijo, y acompañada de su mamá. Estaba con el pelo más corto, y se veía más alta, más grande. Se sorprendió mucho al verme. Intercambiamos números de celulares y nos quedamos de encontrar esa misma noche. Hablamos por teléfono más tarde y quedamos de encontrarnos a medianoche en el centro de Quellón. Ella llegó en un colectivo, y nos encaminamos a una disco. Como era muy cara, y no daban cover, nos fuimos a un pub. Allí tomamos unos tragos y conversamos más de una hora. Nos retiramos cuando estaban por cerrar el local. Caminamos hasta otra disco, para intentar entrar sin pagar; como no nos resultó, la acompañé en dirección a su casa. Ésta se encuentra camino a Yaldad, arriba de una meseta. Después de subir una cuesta, ella propuso que nos saliéramos del camino, hasta un pequeño plano, tipo mirador. Como no había dónde sentarse, y el pasto estaba húmedo, coloqué mi abrigo para que no nos mojáramos, y con la otra mitad nos tapamos, porque hacía frío. No pasó mucho tiempo antes de que nos besáramos. Fue delicioso. Yo estaba inspirado, y me solacé acariciándola. Para mí era tan romántica la situación que ni siquiera me excité, en cambio, parece que ella sí que se entusiasmó en ese sentido, ya que me sacó la camisa fuera del pantalón para que se tocaran nuestros vientres. Estábamos recostados, pero cada vez que se veían luces de autos, ella se asustaba, pensando que podía ser su pareja en el taxi. Luego de un buen rato, la acompañé hasta su casa, una vivienda de madera con secciones sin terminar. Quedamos de ir al día siguiente al recital de Gondwana.

Nos habíamos puesto de acuerdo para encontrarnos en el parque municipal. Ella llegó en un colectivo y me informó que el recital era en un lugar cercano a Punta de Lapas. Durante el camino me contó que temía encontrarse con su pareja, quien de seguro llevaría pasajeros para allá. Al arribar, ella pagó el viaje y caminamos hasta el centro del público. Allí estuvimos abrazados durante casi todo el espectáculo. Yasna estaba nerviosa, porque alguien cercano a su pololo podía llegar a reconocerla. Un poco antes de finalizar la tocata, ella me propuso que nos fuéramos a la playa; había una gran luna llena. Cuando caminábamos hacia la salida, me dieron ganas de comer empanadas de queso. Ella no quiso, y, cuando esperaba que me las trajeran, Yasna me dijo que la esperara un rato. Cuando regresó venía alterada; había visto pasar a su pareja en el taxi, acompañado de una lola. Se puso celosa y fue a encararlo; él le respondió que era una pasajera. Al ver que andaba conmigo, le preguntó por mí, a lo que ella señaló que yo sólo era un amigo que la había acompañado al recital. Caminamos hacia la salida y él llegó a pie y la llevó hacia un costado. Por suerte era un tipo bastante más bajo que yo. Luego, continuamos y ella me contó que él la pasaría a recoger después de ir a dejar a los pasajeros. Durante la caminata, ella no quiso que le tomara la mano; yo le hice ver mi desconcierto con su conducta. Se suponía que la relación de ellos estaba muy deteriorada; ahí comprendí que era un vínculo tormentoso, de amor y odio. Quedamos en vernos al día siguiente, para despedirnos. Llegó el taxi y se subió. Creo que pasaron dos días antes de encontrarnos por última vez. Era hora de almuerzo y fuimos a la plaza central de Quellón. Conversamos y nos dimos unos besos. Antes de irse, me dijo que no pensara en nadie más que en ella. En todo caso, yo le había expuesto completamente mi manera de pensar respecto a las relaciones amorosas.

Yasna es una muchacha delgada, de ojos pequeños; su piel es blanca y el pelo liso y castaño. Tiene un pequeño hijo de unos tres años; me parece que se llama José Miguel. El papá del niño es un joven que tiene un taxi, y que tiene un hijo con otra mujer. Yasna vive con su mamá, una señora de unos 45 años, que acaba de tener una guagua con un tipo medio “tránsfuga”. Ella es viuda y su marido era garzón. Son originarios de Coyhaique y actualmente viven con una pequeña pensión de viudez más el ingreso de Yasna. Ahora trabaja en una salmonera; empezó como operaria, pero por su laboriosidad, la ascendieron a supervisora. Con su pareja tienen una relación neurótica, condimentada por los mutuos celos. Cuando él me vio afirmó que ella siempre tenía pretendientes más apuestos que él. Se supone que este año comenzarían a vivir juntos.

En uno de esos días que caminaba por Quellón, me encontré con Yesica y su mamá. Ella fue muy amable conmigo; me explicó que trabaja en el departamento de personal de una salmonera. Resulta que es la misma en que labora Yasna.

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