El sábado en la noche hicimos un paseo a las dunas de Ritoque. El grupo lo conformaban Carola, Jose, Lelia, Nahuel, Humberto, Tavo y yo. Antes de tomar el bus en la plaza de Viña, coloqué bajo mi lengua cuatro “puntitas” de papelitos de ácido. Fue mi primera experiencia con esa sustancia. Acampamos primero en la cima de una duna. Hicimos una expedición hacia la costa, a las orillas de un riachuelo, y nos metimos en un pequeño bosque en busca de madera. Después, bajamos las cosas a un hoyo que parecía un cráter lunar. Partimos nuevamente en busca de troncos para hacer una fogata. Nos introdujimos en un bosque de eucaliptos que estaba a la orilla del camino. Ese fue el momento de mayor “distorsión”. De allí sacamos una buena cantidad de palos y regresamos al lugar de la fogata. Armamos el fuego, comimos, tomamos cerveza y agua. Tavo tocó la guitarra y cantó sus temas rockeros. Yo percutí un poco el bongoe. Nos reímos mucho y todos hablaron bastante. Como de costumbre, yo fui el más callado. Creo que “me fui para adentro”. Algunos comentarios que hicieron sobre mi: “el infiltrado” del Opus Dei. En el carrete del viernes por la noche, cuando me fui en la “autista”, Humberto afirmó que yo estaba allí sólo para escuchar, absorber, que era un “parásito”, porque no aportaba nada. En las dunas, también alguien señaló que yo era como el hombre invisible; Carola agregó que era como un “fantasmita bueno”, que los acompañaba. Me parece que Lelia indicó que le parecía asombroso que cada vez que me miraba, yo le sonreía. También se sorprendieron un poco cuando yo me ofrecí a lavar la loza. Fue rico pasar a ver en su puesto de trabajo a María José y a
Leyendo un ensayo de un romántico inglés William Hazlitt, llamado “De la ignorancia de los doctos”, me sentí identificado. El típico mateo, que gusta de la erudición, generalmente es una persona que no ha conocido el mundo en forma directa, que tiene escaso talento creativo, poca imaginación, y se desempeña torpemente en los ambientes sociales y naturales. Justamente, pienso que está bien querer saber cuál ha sido el desarrollo de la humanidad y de las obras humanas (enciclopedismo), pero que no hay que descuidar el contacto, la experiencia, el roce con la vida tal cual es. Esto se manifiesta en mi escuálido repertorio de diálogos triviales, fútiles o pueriles, que tienen enorme importancia en los vínculos sociales. El otro diálogo que tengo trancado es el de la expresión de las emociones, así como interesarme por los sentimientos de los demás. Cada persona tiene un rollo interno que necesita ser hablado, además de temas por los cuales siente gran interés. Estoy contento por estar en proceso de ser “adoptado” o “aceptado” por el grupo de las chicas de Valparaíso. Sus edades fluctúan entre 20 y 25 años. Estudian o acaban de terminar su educación superior (música, sicología, fotografía, estética). Mi intención es que nos conozcamos más, que seamos amigos, y que lo pasemos bien. Me parece que la “gracia” del ácido es colocarlo a uno en una “onda” alegre, positiva, donde desaparecen un poco los problemas, se incrementan los sentimientos de grupo y se participa en las aventuras sin hacerse atados. También creo que es un tanto estimulante; sube el ánimo y predispone a divertirse sin entrar en cuestionamientos, dudas o preocupaciones. Me gusta sentirme en proceso de integración a un grupo humano, y sobre todo de mujeres jóvenes y “progresistas”, porque me da la oportunidad de aprender a “soltarme”, a hablar, escuchar; de sentirme acogido y de dar mi apoyo o ayuda. Por lo demás, esa onda cariñosa que se genera es muy buena para la salud.

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