jueves, 8 de julio de 1999

Ayer pensé que no es bueno dogmatizar en cuanto a no volver a vivir en Santiago. Con el alto índice de cesantía que hay en la Quinta Región no me puedo poner exquisito. Además, es en la capital donde tengo a la mayoría de mis amistades. Si tuviera la posibilidad de una pega o estudios que me motivaran mucho, podría pasar de lunes a viernes en la metrópolis, y sábado-domingo en la zona del río Aconcagua. En realidad, no es conveniente descartar ninguna alternativa a priori. Es mejor dejar esas decisiones para después del examen de grado. Tampoco debería colocarme tantas condiciones acerca del tipo de trabajo a realizar a contar del último trimestre de este año.

Es divertido que hay gente que cree que yo tengo mucha facilidad para conquistar mujeres. Mi primo Manuel José dijo el otro día en Putaendo que a él le gustaría tener siquiera la mitad de mi encanto para atraer féminas. Que bastaba un movimiento de cejas para que ellas llegaran solas. Lo que pasa es que justo las dos veces que he ido con él a discotecas, en ambas ocasiones me sacaron a bailar unas niñas, con las cuales terminé “atracando”. Yo más bien creo que fueron “chiripazos”; aunque a veces pienso que puede ser verdad que yo le parezca atractivo a algunas mujeres, pero por mi timidez e inseguridad no aprovecho ese potencial.

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