martes, 10 de marzo de 1998

Siento pena, tristeza, dolor, angustia; estoy llorando porque sufro la pérdida de una ilusión. Andrea me gusta mucho: su físico y su forma de ser. Me doy cuenta de que llegué a quererla enormemente. Si bien antes había tenido emociones muy fuertes con Claudia, Natalie, Marcela y Gabriela, creo que es primera vez que tenía tantas expectativas; y que estaba dispuesto a jugármela por una relación a largo plazo. Es distinto, por la edad y por la voluntad comprometida. Ahora que faltan tres meses para cumplir 31 años, el fracaso amoroso me pesa mucho más.
Por primera vez me da miedo la idea de quedarme solo, sin una persona amada y que me quiera. Vuelvo a sentir depresión y angustia existencial; el tiempo pasa demasiado rápido y cada día es uno menos para la desaparición final. ¿Alcanzaré a vivir en paz, amor y armonía, a conocer la dicha de tener una pareja por mucho tiempo? Siento frustración por no haber durado, hasta ahora, más de ocho meses con una polola, y por no aprovechar todas las oportunidades que se me han presentado. Tengo rabia conmigo por ser tan tímido, quedado, cortado, por no mirar lo suficiente a los ojos ni ser más asertivo.
El viernes pasado llegué en la noche a Limache, ansioso por llamar a Andrea. Ella se había ido con sus amigas a pasar el fin de semana a Viña. El sábado me dediqué a leer, lavar la loza, conversar con mi mamá, bañarme en la piscina y arreglarme la barba. En la tarde-noche se hizo un asado para celebrar el ascenso de José Miguel y despedir a Ron. Allí apareció una Lola de pelo negro, liso y largo, Fernanda, hija de Marta, que me gustó. Con Fritz nos fuimos a Villa Alemana, en donde, con Rodrigo y Ernesto nos dirigimos a una fiesta. Era un patio amplio con piscina. Tocaron batucadas y había muchas lolas atractivas, entre ellas Carola y Paulina, amigas de La Floripondio. Me reí mucho, bailé y observé. Tomé conciencia de lo absurdo que es ser tímido, de encerrarse en sí mismo y considerarse el centro de atención de todo el mundo, siendo que uno es igual que todos. Traté de esbozar un salirse de sí mismo para romper el encierro del vergonzoso. El goce de comunicarse debería ser más fuerte que el temor al qué dirán o al ridículo. Aunque Flin me presentaba amigas, yo no era capaz de entablar conversaciones, o sentía que no me pescaban. Sería bueno grabarme en video y después observar mi conducta, mi lenguaje no verbal, proxémica, etc. Creo que debo ser más temerario, y lanzarme, arrojarme, antes de que se me vaya la juventud.
Más tarde, en La Barbona, un tipo medio borracho se me acercó a hablarme de que yo le recordaba al compañero de su hermana –que vive en Suecia-, a un tipo egipcio.
Nos levantamos el domingo como a las dos de la tarde. Saqué manzanas de un árbol mientras mi primo estaba con su polola Daniela. Siento una “sana” envidia de tipos como Fritz, Pepe, Walter, Santiago, Ernesto, Nacho, que son entradores con las mujeres, cancheros y seguros. José Miguel también es así, pero no me agrada su trato indigno para con las más pobres. Más que un buen físico o pinta es la actitud y conducta de ellos lo que los hace ser mujeriegos. Son decididos y se la juegan siempre a ganador. Esa convicción, que se manifiesta en comunicación digital y analógica debe ser percibida por las mujeres, provocándoles un encantamiento.
A las 18:30 partimos a jugar una pichanga a la casa de Arturo. Yo jugué de defensa en el equipo en que estaba el Macha. La tarde estaba hermosa y lo disfruté de verdad. De regreso, pasamos al cuarto de ensayo; allí toqué percusión y batería, junto con Fritz y Ernesto. Al salir, estaba Andrea con Joselin en la cocina. La saludé y quedamos de conversar después de que me duchara. Al volver a su casa, me convidaron once, y luego salimos a hablar al patio delantero. Cuando se venía el tema más íntimo le pedí que fuéramos a la plaza. En ese lugar nos sentamos en una banca, y comencé mi desahogo; le manifesté mi impacto por su cambio abrupto hacia nuestra relación luego de que su pololo descubriera el asunto. Le conté que me había hecho muchas expectativas, películas, proyecciones y perspectivas futuras. Ella señaló que no había querido dañarme más o crearme esperanzas, y que al día siguiente de regresar al país había llamado a su pololo para comenzar la reconciliación; y que en su estadía en Centroamérica pensó mandarme una postal, pero tampoco quiso que yo me ilusionara. Más tarde, ella me tomó las manos y luego nos abrazamos fuertemente. Lloramos un poco juntos, y dijo que yo le había encantado y que había sido el primero de sus pinches que la había dejado a punto de terminar con su pololo. Caminamos de regreso y, a la entrada del pasaje, ella se detuvo en frente mío y se quedó quieta. La abracé, la acaricié, y, cuando estaba a punto de besarla, salió su hermano de la casa y Andrea me soltó. Me arrepiento de no haberla mirado más a los ojos.
Esa noche dormí bien porque me quedó la sensación de que, quizás, más adelante, yo podría “contraatacar”. De hecho, cuando estábamos abrazados ella acotó: “siento tanto desaprovechar a una persona como tú”. Al día siguiente, crucé a mediodía a su casa. No tenía las fotos porque su papá se las había llevado. Ella volvió a estar más distante y conversamos sólo de cosas triviales. Me acompañó a la estación de trenes; de todas las cosas que había pensado decirle en la noche, sólo le mencioné lo de la lista de sus “defectos” que tenía en mi pieza. Al llegar al tren, nos abrazamos y me colocó la mejilla para un beso. Me quedé mudo, subí al automotor y me despedí con la mano. Al sentarme, me invadió una profunda pena, que se tradujo en llanto antes de llegar a la casa de mis tíos.

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