martes, 3 de marzo de 1998

“El que tiende a estructurar su vida sobrevalorando deberes en desmedro de deseos y derechos. Valora en exceso las leyes, la moral; vive preocupado de hacerlo todo bien, encuadrándose en lo que se le ordena o enseña. De ahí que cualquier decisión lo angustie porque cree que fácilmente rompe las normas que debe respetar… siente gran angustia por no poder reparar lo que supone es una grave ofensa…” (Jorge Mahaluf)
A veces he pensado que, en el fondo, me siento culpable por haber nacido y crecido en un sector socio-económico acomodado; por haber recibido buena educación, alimentos, salud, vacaciones, etc., sin tener que haberme esforzado o sin tener que trabajar desde adolescente. Al tomar conciencia de pertenecer a una minoría de personas y familias, y observar que existe gran cantidad de gente que padece deficiencias, que no tiene todas sus necesidades básicas satisfechas, o que debe trabajar desde la infancia para obtener lo que desea. Otra culpa no reflexionada ha sido por mi impotencia para cambiar esa situación de injusticia social.
Siempre he detestado el lujo, la ostentación, el derroche y el despilfarro. Creo que la influencia de mi familia materna ha sido importante para tener esta visión, pues la experiencia de sobrevivir a dos guerras mundiales, produjo una fuerte escala de valores, en donde lo material debía servir exclusivamente para la sobrevivencia, la subsistencia, y no tenía que desperdiciarse en superficialidades.
Otra herencia cultural de mi familia materna es el aprecio por la humildad, modestia y sencillez. También mi mamá siempre nos remarcó la valoración por la rectitud, la honestidad, la transparencia, sinceridad y por la verdad. El diario de mi bisabuelo Moller, en su oración final, resalta el sacrificio y el trabajo, junto con el esfuerzo y ahorro. De la autobiografía de mi abuela “Muti”, se destacan la solidaridad, el cariño, y el amor por amigos y familia.

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