Este fin de semana que recién pasó estuve en Santiago. Fui al lanzamiento del último disco de La Floripondio. Allí me encontré con Carola, hermana de Daniela, y, sorpresivamente, con Andrea. Al verla, me saltó el corazón; conversamos acerca de mi quiste, de su entrada a la universidad y de su salud. Cuando comenzó la tocata, preferí irme hacia otro lado, pues estaba nervioso, torpe e inseguro. Al terminar, nos encontramos; le conté sobre el avance del Proyecto, y nos despedimos.
Hay amigos que no entienden que yo no me la juegue, pero siento que no estoy en un buen pie anímico como para intentar un reacercamiento. Además, no me gusta la idea de aparecer como desesperado, faldero o “baboso” por ella. Carola me señaló que su hermana estaría muy contenta si yo la llamara; que estaría encantada de saber noticias mías.
Es sábado fui a tomar once con Margarita. Conversamos sobre nuestras vidas. Fue agradable. Me confesó su extrañeza con respecto a mi relación con sus hijas: que yo no les causaba malestar, pero que tampoco se entretenían conmigo. Que Gabriela me tiene cariño, aunque yo nunca le diera la mano o la tomara en brazos. Ella reafirmó su idea de que yo tengo una “discapacidad” afectiva-relacional, que tiene parecido con el autismo. Analizamos el caso de Andrea, comentando que, según ella, sin duda que tiene que haber influido mi pobreza financiera. Se alegró de que yo estuviera sintiendo emociones que a uno lo hacen más “humano”. Llegamos al acuerdo de que la honestidad también es expresar a tiempo, y claramente, los sentimientos y las decisiones que afectan a las personas con las que nos vinculamos. Me habló de su pena por el abandono, de su rabia hacia quien la dejaba, de su trabajo y proyecciones.
Por la noche, me dirigí hacia la casa de Marisol, con la que no nos veíamos hace como cuatro o tres años. Hace poco más de un mes que fue “abandonada” por quien fue su pareja durante cuatro años. Vivieron juntos por dos años, entre Valdivia y Santiago. Ella está muy delgada, con problemas en las cuerdas vocales, y más que bajoneada. Se alegró mucho de que fuera a visitarla, y manifestó estar preocupada por mi situación de pobreza. Hablamos de nuestros carretes pasados, de la vez que fuimos a un motel, y de lo arrepentido que yo estaba por no haber querido acompañarla en 1994 a un toples. Ella bailó, cantó; nos bebimos cuatro litros de cerveza, y me contó sus expectativas por mi visita. Estaba muy complicada porque justo le había llegado la regla. Yo traté de convencerla de que eso no era un impedimento. Nos besamos, nos acariciamos, dijo que le gustaría que yo fuera su “amigo especial”, y empezó con su habitual cuento de ser “princesita”. Aseguró, reiteradamente, que mi pene era enorme, y que tuviéramos sexo con cuidado, para que no le doliera. En la mañana, mientras ella se masturbaba el clítoris, yo la penetré estando yo detrás suyo. Parece que sentía dolor y placer; ella terminó con unos espasmos y, después, tranquilamente, acabé. Después de la ducha, me convidó desayuno y me acompañó a tomar el bus. Ya en la noche nos habíamos dicho que nos queríamos, y la despedida fue muy cariñosa.
Almorcé con Gustavo y la familia de Marisol. Más tarde llegó mi papá y tuvimos un encuentro agradable. Se supone que se quedará unas dos semanas. Se le ve bien; ojalá que nos veamos y podamos mejorar nuestra relación. A la noche, me encaminé hacia el departamento de Gloria. Ella está delgada, y con un pololo desde hace un año. Le están resultando trabajos más permanentes y está contenta. Escuchó mis historias y estuvo tan acogedora como siempre.
Otra cosa de Marisol: encontró que mi cuerpo estaba más varonil, y le pareció bien que tuviera pelos, y que no poseyera guata ni rollos.
Con Gloria estuvimos de acuerdo en que el contexto en que uno se encuentra condiciona mucho el resultado de nuestras acciones. Los ámbitos de trabajo, estudios, amor, amistades, salud, etc., se potencian entre sí. Es más probable que a uno le vaya bien o que le resulten las cosas en una de esas esferas, cuando se ha tenido “éxitos”, “triunfos” o logros en las demás.
Hace unos días, en la mañana, cuando caminaba por el paseo Huérfanos me topé con Mauricio Zelada. Me llevó a conversar a un café. Nos relatamos nuestras experiencias de los últimos tres o cuatro años. Él está feliz conviviendo con una morena bonita de 23 años; me entendió muy bien cuando le expuse lo sucedido con Andrea. Recordamos hechos del pasado; hicimos análisis social de la “clase” de donde provenimos; hablamos acerca de nuestros ex compañeros, y sobre los proyectos de cada uno. Fue rico, nos reímos bastante y quedamos de vernos más seguido.
Con Margarita habíamos dialogado acerca del tiempo, energía y otras cosas que cada cual “invierte” en la relación con la gente. Que cuando se tiene “buena onda” con alguien, es un “desperdicio” no mantener esos vínculos. No con todo el mundo uno tiene enganche, piel, química, confianza, intimidad, onda, atracción, etc., por lo que cuando ocurre, se debería cuidar mucho esas relaciones. Así como cada persona nueva que uno conoce puede significar la apertura de posibilidades o de oportunidades, con los antiguos conocidos ya se tiene un camino recorrido de conocimiento mutuo que es irreemplazable.
Con Mauricio reflexionamos sobre los cambios ocurridos en nuestro colegio, barrio y ambiente social desde 1972 hasta ahora.
Caminé desde el centro hasta la Estación Central, porque no tenía dinero para locomoción, y debido a que tenía ganas de observar a la gente. Vi muchas colegialas de pelo negro y bonitas, como de mi tipo; pensé en lo aburrido, fome, quedado, gil, tímido y ganso que había sido en toda mi época de colegial. También me topé con varios mendigos, vagabundos que recogían basura, inválidos pidiendo limosna, un espectáculo deprimente. Allí medité acerca de las diferencias sociales; de cómo uno se achaca por problemas, fracasos, frustraciones, pérdidas, etc., que son insignificantes al lado de la vida pobre y denigrante que le ha tocado a otros seres humanos. Puede ser que hasta el momento no me hayan resultado cosas, que sea pobre, que no me haya topado con una pareja de larga duración, que esté con la ansiedad de no estar embarcado aún en un proyecto, etc., pero por lo menos tuve la suerte de contar con una familia, hogar, acceso a la salud y buena alimentación, ir a un colegio que no era malo, estudiar seis años y medio en la UC, conocer y hacer amistad con mucha gente buena y capacitada, entre otras garantías. En cambio, cuántas personas conviven desde niños con el hambre, frío, inseguridad, violencia, desamor, ignorancia, suciedad, pobreza, falta de recursos, entre otras cosas.
Cuántos individuos padecen enfermedades que los inhabilita para desarrollarse plenamente; cuántos tienen alguna invalidez o discapacidad física o mental; cuántos sufren los efectos de enfermedades mentales que los convierten en seres “infrahumanos”.
Al tomar conciencia de la suerte que uno ha tenido, por haber nacido en un sector medio-acomodado, por gozar de buena salud, por contar con una red de amistades siempre dispuesta a brindar una ayuda, por poseer una buena educación, pienso que con mayor razón es el colmo desperdiciar esta gracia en quejas o amarguras por “leseras”. Es el colmo perder el tiempo; con mayor razón hay que intentar desarrollar todas nuestras potencialidades, y realizar las capacidades que tenemos. Crear conciencia social, denunciar la injusticia, difundir valores de solidaridad, cooperación, ayuda mutua, respeto, democracia, libertad, autonomía, es casi un deber moral. Dar la mano a quien lo necesita es un imperativo ético. La vida es tan frágil, corta, y hermosa, que merece ser cuidada y amada.
El tiempo transcurre demasiado a prisa. Ahora comprendo a los existencialistas, y sus pensamientos de soledad, incomunicación, vacío, absurdo, nada, angustia, sin sentido, etc. La sensación de absoluta absurdidad, de absoluta soledad, de total incomunicación, de completa inasibilidad del presente ya no son desconocidas para mí. La ilusión de la compañía, de la comunión, comunidad nos hace olvidarnos por momentos de nuestra profunda soledad. Maturana dice que no se puede distinguir entre percepción e ilusión; por lo que percibir a los demás, un sentido, un contenido, no deja de ser una ilusión. La realidad es inasible. Cómo vivir tranquilo después de haber tomado conciencia de esto? Por qué nos produce angustia constatar estas sensaciones? Si el presente es sólo un instante, fraccionable o divisible hacia el infinito, lo que nos permite la cordura es la memoria (recuerdos) y la capacidad de proyectar, soñar, imaginar futuros momentos, tener ideales y utopías, esperanza, metas y objetivos. No hay plazo que no se venza, dice el refrán. Disfrutar el presente es registrar en la memoria una situación de goce, de placer, una contingencia de refuerzo. La imposibilidad del eterno estar, de extender los momentos de felicidad al infinito, nos hacen anhelar un paraíso, un cielo, un más allá en donde eso sea posible. El que vive tiene que apechugar, y ocuparse de no desaprovechar o desperdiciar su existencia con trancas, manías, rigideces, leseras, tonteras, cartuchismos, prejuicios, ataduras, vergüenzas, timidez, odios o rencores, etc. Preocuparse de la muerte es ridículo, ya que ella significa desaparecer, desintegrarse, la nada.
Hay amigos que no entienden que yo no me la juegue, pero siento que no estoy en un buen pie anímico como para intentar un reacercamiento. Además, no me gusta la idea de aparecer como desesperado, faldero o “baboso” por ella. Carola me señaló que su hermana estaría muy contenta si yo la llamara; que estaría encantada de saber noticias mías.
Es sábado fui a tomar once con Margarita. Conversamos sobre nuestras vidas. Fue agradable. Me confesó su extrañeza con respecto a mi relación con sus hijas: que yo no les causaba malestar, pero que tampoco se entretenían conmigo. Que Gabriela me tiene cariño, aunque yo nunca le diera la mano o la tomara en brazos. Ella reafirmó su idea de que yo tengo una “discapacidad” afectiva-relacional, que tiene parecido con el autismo. Analizamos el caso de Andrea, comentando que, según ella, sin duda que tiene que haber influido mi pobreza financiera. Se alegró de que yo estuviera sintiendo emociones que a uno lo hacen más “humano”. Llegamos al acuerdo de que la honestidad también es expresar a tiempo, y claramente, los sentimientos y las decisiones que afectan a las personas con las que nos vinculamos. Me habló de su pena por el abandono, de su rabia hacia quien la dejaba, de su trabajo y proyecciones.
Por la noche, me dirigí hacia la casa de Marisol, con la que no nos veíamos hace como cuatro o tres años. Hace poco más de un mes que fue “abandonada” por quien fue su pareja durante cuatro años. Vivieron juntos por dos años, entre Valdivia y Santiago. Ella está muy delgada, con problemas en las cuerdas vocales, y más que bajoneada. Se alegró mucho de que fuera a visitarla, y manifestó estar preocupada por mi situación de pobreza. Hablamos de nuestros carretes pasados, de la vez que fuimos a un motel, y de lo arrepentido que yo estaba por no haber querido acompañarla en 1994 a un toples. Ella bailó, cantó; nos bebimos cuatro litros de cerveza, y me contó sus expectativas por mi visita. Estaba muy complicada porque justo le había llegado la regla. Yo traté de convencerla de que eso no era un impedimento. Nos besamos, nos acariciamos, dijo que le gustaría que yo fuera su “amigo especial”, y empezó con su habitual cuento de ser “princesita”. Aseguró, reiteradamente, que mi pene era enorme, y que tuviéramos sexo con cuidado, para que no le doliera. En la mañana, mientras ella se masturbaba el clítoris, yo la penetré estando yo detrás suyo. Parece que sentía dolor y placer; ella terminó con unos espasmos y, después, tranquilamente, acabé. Después de la ducha, me convidó desayuno y me acompañó a tomar el bus. Ya en la noche nos habíamos dicho que nos queríamos, y la despedida fue muy cariñosa.
Almorcé con Gustavo y la familia de Marisol. Más tarde llegó mi papá y tuvimos un encuentro agradable. Se supone que se quedará unas dos semanas. Se le ve bien; ojalá que nos veamos y podamos mejorar nuestra relación. A la noche, me encaminé hacia el departamento de Gloria. Ella está delgada, y con un pololo desde hace un año. Le están resultando trabajos más permanentes y está contenta. Escuchó mis historias y estuvo tan acogedora como siempre.
Otra cosa de Marisol: encontró que mi cuerpo estaba más varonil, y le pareció bien que tuviera pelos, y que no poseyera guata ni rollos.
Con Gloria estuvimos de acuerdo en que el contexto en que uno se encuentra condiciona mucho el resultado de nuestras acciones. Los ámbitos de trabajo, estudios, amor, amistades, salud, etc., se potencian entre sí. Es más probable que a uno le vaya bien o que le resulten las cosas en una de esas esferas, cuando se ha tenido “éxitos”, “triunfos” o logros en las demás.
Hace unos días, en la mañana, cuando caminaba por el paseo Huérfanos me topé con Mauricio Zelada. Me llevó a conversar a un café. Nos relatamos nuestras experiencias de los últimos tres o cuatro años. Él está feliz conviviendo con una morena bonita de 23 años; me entendió muy bien cuando le expuse lo sucedido con Andrea. Recordamos hechos del pasado; hicimos análisis social de la “clase” de donde provenimos; hablamos acerca de nuestros ex compañeros, y sobre los proyectos de cada uno. Fue rico, nos reímos bastante y quedamos de vernos más seguido.
Con Margarita habíamos dialogado acerca del tiempo, energía y otras cosas que cada cual “invierte” en la relación con la gente. Que cuando se tiene “buena onda” con alguien, es un “desperdicio” no mantener esos vínculos. No con todo el mundo uno tiene enganche, piel, química, confianza, intimidad, onda, atracción, etc., por lo que cuando ocurre, se debería cuidar mucho esas relaciones. Así como cada persona nueva que uno conoce puede significar la apertura de posibilidades o de oportunidades, con los antiguos conocidos ya se tiene un camino recorrido de conocimiento mutuo que es irreemplazable.
Con Mauricio reflexionamos sobre los cambios ocurridos en nuestro colegio, barrio y ambiente social desde 1972 hasta ahora.
Caminé desde el centro hasta la Estación Central, porque no tenía dinero para locomoción, y debido a que tenía ganas de observar a la gente. Vi muchas colegialas de pelo negro y bonitas, como de mi tipo; pensé en lo aburrido, fome, quedado, gil, tímido y ganso que había sido en toda mi época de colegial. También me topé con varios mendigos, vagabundos que recogían basura, inválidos pidiendo limosna, un espectáculo deprimente. Allí medité acerca de las diferencias sociales; de cómo uno se achaca por problemas, fracasos, frustraciones, pérdidas, etc., que son insignificantes al lado de la vida pobre y denigrante que le ha tocado a otros seres humanos. Puede ser que hasta el momento no me hayan resultado cosas, que sea pobre, que no me haya topado con una pareja de larga duración, que esté con la ansiedad de no estar embarcado aún en un proyecto, etc., pero por lo menos tuve la suerte de contar con una familia, hogar, acceso a la salud y buena alimentación, ir a un colegio que no era malo, estudiar seis años y medio en la UC, conocer y hacer amistad con mucha gente buena y capacitada, entre otras garantías. En cambio, cuántas personas conviven desde niños con el hambre, frío, inseguridad, violencia, desamor, ignorancia, suciedad, pobreza, falta de recursos, entre otras cosas.
Cuántos individuos padecen enfermedades que los inhabilita para desarrollarse plenamente; cuántos tienen alguna invalidez o discapacidad física o mental; cuántos sufren los efectos de enfermedades mentales que los convierten en seres “infrahumanos”.
Al tomar conciencia de la suerte que uno ha tenido, por haber nacido en un sector medio-acomodado, por gozar de buena salud, por contar con una red de amistades siempre dispuesta a brindar una ayuda, por poseer una buena educación, pienso que con mayor razón es el colmo desperdiciar esta gracia en quejas o amarguras por “leseras”. Es el colmo perder el tiempo; con mayor razón hay que intentar desarrollar todas nuestras potencialidades, y realizar las capacidades que tenemos. Crear conciencia social, denunciar la injusticia, difundir valores de solidaridad, cooperación, ayuda mutua, respeto, democracia, libertad, autonomía, es casi un deber moral. Dar la mano a quien lo necesita es un imperativo ético. La vida es tan frágil, corta, y hermosa, que merece ser cuidada y amada.
El tiempo transcurre demasiado a prisa. Ahora comprendo a los existencialistas, y sus pensamientos de soledad, incomunicación, vacío, absurdo, nada, angustia, sin sentido, etc. La sensación de absoluta absurdidad, de absoluta soledad, de total incomunicación, de completa inasibilidad del presente ya no son desconocidas para mí. La ilusión de la compañía, de la comunión, comunidad nos hace olvidarnos por momentos de nuestra profunda soledad. Maturana dice que no se puede distinguir entre percepción e ilusión; por lo que percibir a los demás, un sentido, un contenido, no deja de ser una ilusión. La realidad es inasible. Cómo vivir tranquilo después de haber tomado conciencia de esto? Por qué nos produce angustia constatar estas sensaciones? Si el presente es sólo un instante, fraccionable o divisible hacia el infinito, lo que nos permite la cordura es la memoria (recuerdos) y la capacidad de proyectar, soñar, imaginar futuros momentos, tener ideales y utopías, esperanza, metas y objetivos. No hay plazo que no se venza, dice el refrán. Disfrutar el presente es registrar en la memoria una situación de goce, de placer, una contingencia de refuerzo. La imposibilidad del eterno estar, de extender los momentos de felicidad al infinito, nos hacen anhelar un paraíso, un cielo, un más allá en donde eso sea posible. El que vive tiene que apechugar, y ocuparse de no desaprovechar o desperdiciar su existencia con trancas, manías, rigideces, leseras, tonteras, cartuchismos, prejuicios, ataduras, vergüenzas, timidez, odios o rencores, etc. Preocuparse de la muerte es ridículo, ya que ella significa desaparecer, desintegrarse, la nada.

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