El martes en la mañana me atendió Gonzalo en el Hospital Salvador. Me llevó a donde un urólogo, que me palpó los testículos, afirmando que era un quiste, no un tumor maligno. Luego, me enviaron a sacarme una ecotomografía, que confirmó el diagnóstico. Como tratamiento, me recetaron un antiinflamatorio. ¡Qué alivio! Parece que me salvé esta vez. De todas maneras, quiero consultar a Omar por los dolores en la pierna e ingle izquierda, porque pienso que, además, puedo tener várices, tendinitis o algo más.
El Pepe me invitó a almorzar. Dijo que desde su regreso ha tenido mucho éxito con las mujeres, que está convertido en un buen partido. Es sorprendente su actitud positiva, optimista, ganadora; nunca se da por vencido o derrotado. Eso es algo que yo debería imitar, porque mi inseguridad me hace sentir y pensar como perdedor, con lo cual me frustro a la primera señal de negación.
Después, fui a conversar con mi mamá, la cual quedó más tranquila con las opiniones de los médicos. Hablamos sobre filosofía de vida, planes, y analizamos la comunicación intrafamiliar. Le planteé mi visión sobre su rol de “central telefónica”, y mi deseo de mejorar el diálogo y contacto con Gustavo y Ellen.
El urólogo acotó que yo me parezco a Salman Rushdie, el autor de los versos satánicos. Quizás debería “explotar más mi pinta exótica”.
Estos dos últimos meses han sido de mucha reflexión: entre la frustración por lo ocurrido con Andrea, y el susto del porotito en el coco izquierdo; entre la reafirmación del fracaso de la imprenta y la espera por el proyecto de pesca. No cabe duda de que es un momento importante en mi vida, que tiene que ver con cambios, maduración y rediseño. Por ejemplo, sólo ahora, después de casi 13 años he podido entender o comprender más ampliamente mi fracaso en Ingeniería Civil. La vida es muy frágil, transcurre muy rápido; el presente y la realidad son inasibles, y, la soledad y el absurdo son nuestros eternos compañeros. Sólo el amor y la comunicación nos “libran” de la angustia existencial, más algunas dosis de trabajo y conocimiento. El cuerpo es nuestro vehículo, medio, instrumento, herramienta; por lo que hay que cuidarlo, darle mantención periódica, hacerle revisiones técnicas, quererlo y hacerle “cariños”. Nunca es demasiado temprano o muy tarde para expresar nuestros sentimientos, o para escuchar lo que los otros tengan atorado.
El Pepe me invitó a almorzar. Dijo que desde su regreso ha tenido mucho éxito con las mujeres, que está convertido en un buen partido. Es sorprendente su actitud positiva, optimista, ganadora; nunca se da por vencido o derrotado. Eso es algo que yo debería imitar, porque mi inseguridad me hace sentir y pensar como perdedor, con lo cual me frustro a la primera señal de negación.
Después, fui a conversar con mi mamá, la cual quedó más tranquila con las opiniones de los médicos. Hablamos sobre filosofía de vida, planes, y analizamos la comunicación intrafamiliar. Le planteé mi visión sobre su rol de “central telefónica”, y mi deseo de mejorar el diálogo y contacto con Gustavo y Ellen.
El urólogo acotó que yo me parezco a Salman Rushdie, el autor de los versos satánicos. Quizás debería “explotar más mi pinta exótica”.
Estos dos últimos meses han sido de mucha reflexión: entre la frustración por lo ocurrido con Andrea, y el susto del porotito en el coco izquierdo; entre la reafirmación del fracaso de la imprenta y la espera por el proyecto de pesca. No cabe duda de que es un momento importante en mi vida, que tiene que ver con cambios, maduración y rediseño. Por ejemplo, sólo ahora, después de casi 13 años he podido entender o comprender más ampliamente mi fracaso en Ingeniería Civil. La vida es muy frágil, transcurre muy rápido; el presente y la realidad son inasibles, y, la soledad y el absurdo son nuestros eternos compañeros. Sólo el amor y la comunicación nos “libran” de la angustia existencial, más algunas dosis de trabajo y conocimiento. El cuerpo es nuestro vehículo, medio, instrumento, herramienta; por lo que hay que cuidarlo, darle mantención periódica, hacerle revisiones técnicas, quererlo y hacerle “cariños”. Nunca es demasiado temprano o muy tarde para expresar nuestros sentimientos, o para escuchar lo que los otros tengan atorado.

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