jueves, 12 de marzo de 1998

“Con un fracaso se producen los siguientes estados emocionales: shock o negación, rabia, culpa, pena, aceptación y entendimiento. Todos, acompañados de sentimientos de pesimismo, falta de concentración y energía, cambios en el apetito, fatiga y menor agilidad”.
“Cuando se sufre, es necesario tomarse un tiempo para vivir el duelo y llegar al final del dolor” (Teresa Campos)

“En un duelo la persona pasa por varias fases. Cada una debe vivirse al máximo antes de resolverse. La primera fase consiste en un estado de shock, alarma y negación. ‘No, a mí, no’. Se presentan alteraciones físicas como aumento de la frecuencia cardíaca, tensión muscular, insomnio y trastornos gastrointestinales.
La segunda etapa consiste en la aflicción aguda. Estado de intenso dolor. Lo normal es llorar, gemir, gritar. No es deseable inhibirlo. Se presentan impulsos contradictorios: deseo de estar solo y anhelo de compañía, intento de evitar los recuerdos y compulsión a hablar sobre ellos. Se suman sentimientos de rabia, culpa y vergüenza. Rabia contra el destino: ‘¿Por qué a mí?’. Rabia contra lo que se perdió. Culpa por no haber hecho más para mantenerlo…
Es normal en esta fase la compulsión a hablar, pensar, rumiar sobre la pérdida. Estar perdido y no saber qué hacer. El tiempo está suspendido. Hay desorganización, temor a estar perdiendo la cordura.
Posteriormente se alternan sentimientos de esperanza y desesperanza, pero surge la necesidad de encontrarle un sentido a la pérdida.
El siguiente ciclo consiste en la integración de la pérdida y la aflicción. Si el duelo se ha vivido en toda su intensidad comienza la aceptación de la realidad y la recuperación del bienestar físico y sicológico. Disminuye el dolor y se restaura la autoestima, reorganizándose en una nueva identidad. Es posible recordar con cariño”. (Gilda Echeverría)

Primero en La Pintana y, después, en San Antonio, por más de dos años he observado y compartido con enfermos mentales y jóvenes con discapacidades físicas e intelectuales. Varias veces me he preguntado cómo esta gente tiene deseos de seguir viviendo. Será, acaso, que poseen muy baja capacidad de autoconciencia o cuestionamiento. Por eso que cuando personas que han vivido con normalidad, se ven enfrentadas a una enfermedad o accidente que las deja inválidas o discapacitadas, muchas veces desean suicidarse. En cambio, para quienes son minusválidos de nacimiento, o aquellos que pierden totalmente el juicio, debe ser más llevadero. Hay ocasiones en que la neura también me hace sentirme culpable por ser “normal” y por estar “sano”, por lo que no sería correcto pasarlo demasiado bien. Nada más ridículo, puesto que es justamente el hecho de estar en buenas condiciones lo que me debería hacer todos los esfuerzos, y emprender todas las acciones, para aprovechar la vida, disfrutar con los demás, gozar, estar contento conmigo mismo y hacer feliz a los otros.
Me parece que mi frustración por no haber podido continuar el romance con Andrea, es un fracaso más en una lista que comenzó, quizás, en 1986, al truncar mi carrera de Ingeniería. Han pasado 12 años, en los cuales, ningún pololeo me ha durado más de ocho meses; tampoco he sido tan mujeriego (difícil serlo siendo tan tímido, cortado, inseguro y quedado), no hice mi tesis ni me titulé de periodista; me fui enojado de El Canelo; no resultó el proyecto de La Hoja ni de Integrando; y el esfuerzo de cuatro años en la imprenta terminó con la quiebra. Mi participación político-social tampoco dio frutos: no fructificó el colectivo de comunicación libertaria, ni el grupo Clotario Blest, ni el Cosmo, ni los intentos de organización ácrata. En el plano nacional, la oposición no pudo hacer caer la dictadura, sino que se aceptó una transición que también ha sido frustrante. Ha existido decepción con el llamado “transformismo”, con el acomodo y oportunismo de muchos. El triunfo del NO el 88, y de la Concertación en elecciones, han tenido un dejo amargo.
Estoy a tres meses de cumplir 31 años, y no tengo previsión ni ahorros, menos propiedades. Ando con un solo lente de contacto porque no tengo dinero para comprarme el otro. En más de seis años de trabajo, aún no he llegado a un ingreso promedio que alcance al mínimo legal. Mi actual alojamiento y alimentación dependen de unos amigos, y para otros gastos he tenido que recurrir a regalos de mi mamá. Varias personas me han dicho que con mi físico podría tener éxito con las mujeres, cosa que sería compensatorio, pero mi personalidad no es funcional a ese objetivo.
En definitiva, tengo un déficit de triunfos, éxitos y logros, que no se debe a alguna incapacidad física o intelectual, sino a una falta de “lucidez”, adaptabilidad, asertividad, claridad, o “inteligencia” práctica. También he poseído demasiados complejos, culpas, trancas, autocensuras (costumbre luterano-calvinista según Walter), que tienen que ver con una neurosis no del todo resuelta.
El resultado de esto ha sido padecer, desde 1991 aproximadamente (24 años) periódicos “ataques” de bajoneo, depresión, angustia existencial, etc. En estos momentos estoy lleno de temores, miedos: a que me cueste mucho encontrar amantes o parejas, a que no aprueben el crédito Fosis, a enfermarme, a cosas más triviales como quedar pelado, a que, si el Banco nos da el dinero, fracasemos en la operación, a no alcanzar a terminar las obras que estoy haciendo en el patio de la casa; es decir, todo me parece incierto, con alto grado de incertidumbre, con muchos riesgos. Tengo miedo a no responder a las expectativas que algunos tienen puestas en mí, a convertirme en un amargado frustrado. Me da vueltas la angustia existencial por el absurdo de la vida, por la improbabilidad de Comunicación (Luhman) por la inevitabilidad de la cuenta regresiva hacia la muerte, hacia la nada. Siento mucha rabia por mi timidez, por mi escasa “entrada” para con los(as) desconocidos(as). Me asusta pensar en los futuros achaques e impotencias de la vejez; a cada rato saco cuentas acerca de cuánto me queda de juventud.
Ahora que estoy “varado” en San Antonio, he podido analizar con tiempo mi situación, y la conclusión es que necesito un cambio radical. Aunque también tengo miedo de no poder encontrar trabajo como asalariado, de entrar a trabajar y no dar resultado, de ser flojo con culpa, etc. Tengo claro que el giro en mi vida tiene que comenzar con lograr una remuneración regular que me permita satisfacer mis necesidades básicas ($ 160.000 líquido), ya que en este puto sistema para casi todo hay que tener dinero. Para movilizarse, hacer vida social, tener recreación o esparcimiento, vivienda, alimentación, salud, etc. Aunque uno no esté “ni ahí” con los lujos o bienes materiales, es indudable que nuestras condiciones materiales afectan nuestra existencia (recordemos a Marx). Una vez que consiga ese ingreso monetario periódico y constante, me será mucho más posible retomar cosas pendientes como mi Licenciatura, incrementar mi convivencia social, revisar mi salud y tener previsión, viajar, vacacionar, entre otras cosas. Del mismo modo, mejorará mi estado de ánimo, mi autoestima, disminuirán los temores, y tendré ganas de iniciar nuevos proyectos (como tomar cursos de administración o cosas técnicas, por ejemplo).
Por esto, de no resultar el proyecto de pesca, tendría que tirar mi curriculum por todos lados; a familiares y amigos o conocidos. Como primera opción para trabajar fuera de Santiago, pero sin cerrar del todo ninguna posibilidad. Es ahora, ya, que debo virar el rumbo.

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