sábado, 9 de septiembre de 1995

Varias veces, en el último tiempo, me han dado ganas de llorar; incluso he llegado a las lágrimas caminando por pleno centro de Santiago.
Otra cosa que me ha pasado un par de veces es una especie de delirio; me siento inquieto, angustiado, con ansiedad. Es una situación algo desesperante, en que me sumerjo en el vacío del absoluto sin sentido. Los pensamientos se atropellan en mi mente y percibo mi entorno algo distorsionado. En la despedida del Pepe estaba Marcela. Bailamos, conversamos un poco y nos miramos. Es indudable que siento todavía algo fuerte por ella. Lo mismo me ocurre con Alejandra. Esta flaca, cada vez que nos encontramos, nos rozamos los labios, las manos, la vista. Es como si nuestros cuerpos lanzaran señas para tocarse (al menos esa es la sensación que yo tengo).

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