Lo último que escribí fue la primera vez que lo hice sabiendo que alguien lo iba a leer (Gabriela).
La mañana que Pepe se marchó me dio pena. Una tristeza que me hizo llorar. Era mi yunta; él la uña y yo la mugre. Cecilia me acompañó. Ella es ahora mi amiga más cercana; junto con Ezio, Ernesto, y, ahora, Gabriela. La echo de menos, la extraño, y pienso mucho en ella. Me asusta imaginar que a su regreso pueda no pescarme.
Gabi me escribió que había que dejarse guiar más por los sentimientos y dejar de exigir tanto. Ella había creído, equivocadamente, que yo pensé que me había usado. Y, en verdad, la duda que yo tenía era acerca de que si yo le gustaba un poco o si sentía algo especial por mí.
No le gustan los reproches. Le carga dormir mal y poco. Me tiró la talla del “acoso sexual” cuando comencé a acariciarla la última noche. Eso me afectó. Me afloró toda la inseguridad de estarla molestando.
En vez de enrollarme tanto con lo que sucederá al regresar la Gabi –y todas las inseguridades conexas-, tengo que estudiar su personalidad, planificar cosas para que ella se sienta bien y nos divirtamos, y elaborar una metodología para que nuestra relación sea fructífera. No preocuparme, sino ocuparme. Averiguar actividades artístico-culturales (cine, teatro, música, etc.); preparar paseos con gente interesante (Pato-Limache, Loco-Tabito, Sergio-San Alfonso, etc.). Organizar fiestas (Ernesto, Ezio, etc.).
Que mientras dure, la pasemos bien.
martes, 19 de septiembre de 1995
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