jueves, 21 de octubre de 1993

Hoy le expliqué a Graciela que estaría todo el fin de semana libre, porque Claudio hará tomas para Falabella. Que así podré ayudarla todo lo que ella desee.

Encima de su escritorio había una fotocopia con su cédula de identidad. Nació el 20 de abril de 1960, es decir, tiene 33 años; siete más que yo. Esta diferencia etaria hace todo más entretenido, porque es mayor el desafío y la dificultad.

Conversamos acerca del conflicto con mi entrevista al papá de Marcelo. Ella dijo que me había defendido ante Tatiana. Nos reímos con la anécdota del par de personajes que fueron a venderle el teléfono. Uno de ellos era muy atento y conversador; la trató de dama muy fina.

Graciela me confesó que en Santa Fe pasa todo el día trabajando, que incluso su hermana le había aconsejado que viviera un poco. Habría venido a estudiar acá para descansar de su trabajo.

Yo le confidencié que con el equipo editorial de La Hoja queremos autonomizarnos completamente. Discutimos sobre la crítica, la independencia, el ideal o utopía. Nuevamente al irse casi no se despide. Sigo igual de metido y con una sensación ambigua, creo que puede ser tanto que pase, como que no; que no resulte o que sí ocurre algo.

Cuando llegaban los vendedores del teléfono, me pidió que me quedara con ella, según dijo, para que no la engañaran con el contrato. Me acordé de la anécdota que relató, sobre la cerveza que unos tipos le ofrecieron en Cuba. Es desconfiada. Mañana le propondré el plan para el fin de semana, el cual es decisivo.

Lo bueno de mi obsesión por Graciela es que no he deseado ni pensado en masturbarme, y la verdad es que mi ánimo y ritmo han andado mejor.

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