miércoles, 20 de octubre de 1993

A Graciela la vi por primera vez y me gustó de inmediato. Fue un día en que entró a la oficina de Integrando a pedir ayuda a Rodrigo; era por unas dudas sobre. Ella vestía con tono celeste; blusa y falda de jeans. No podía ser de otra manera, no podía no serme atractiva: morena, delgada, rasgos finos y pelo negro, igual que sus ojos. Tiene unas manos que me fascinan. Son firmes, con las venas marcadas, y dedos largos y delgados. Las uñas son grandes y se las pinta de rojo. Le dije a Marcelo que ella era del tipo que me gustaba. La primera vez que hablé con ella fue en la cocina de la Fesol. Antes me había cruzado algunas veces con ella, pero prácticamente me había ignorado. Esa primera conversación fue sobre sindicalismo y política argentina. Yo hablé sobre la Fora y Simón Radowisky. Me ahogaba, estaba nervioso. Luego comentamos el diario argentino Página 12. Ella miraba fijamente a los ojos. Yo me cortaba. Al terminar, y cuando ya estábamos en la oficina de la secretaria de Fesol, me preguntó mi nombre y qué hacía allí. Le señalé que colaboraba con Integrando, en el tercer piso.

Otro día entró cuando estábamos en la cocina. Yo le di mi asiento. Tatiana había estado especulando acerca de la vida amorosa de Graciela. Alguien comentó que ella escribía a un supuesto amor en Italia. Cuando llegó, Tatiana le preguntó que cómo encontraba a Francisco Flores. Graciela, entre sonrisas, dijo que no lo había pensado, pero que estaba bien. Igual yo creí ver que ella me miraba al hablar.

Nuestro tercer encuentro se dio por suerte. Yo volvía de una entrevista a buscar mis cosas a Integrando. Al llegar, vi que Graciela digitaba en la oficina de Ana Patricia. Me acerqué a conversar y, de pronto, apareció Rodrigo diciendo que se retiraba. Entonces, yo me ofrecí a quedarme y cerrar, pues ella viajaría al otro día a Argentina.

Hablamos sobre el trabajo, la familia, la educación. Ahí fue cuando me confidenció que había estado cinco años en una congregación franciscana, y me hizo prometer que no se lo contaría a nadie. Yo le ayudé en su trabajo. Después, la acompañé al paradero y le insinué que cuando regresara podríamos salir a “carretear”.

El mismo día que volvió a trabajar, Carola nos instó a que saliéramos juntos. Yo dije que yo ya había invitado, pero que Graciela no se pronunciaba. Carola me echó flores: que yo soy buen mozo y que muchas mujeres andarían con gusto conmigo. A mí me dio bastante plancha. Carola propuso una salida esa misma noche. Graciela dijo que tenía mucho que estudiar, pero Carola insistió hasta convencerla.

Noche: llego a depto. de ella. Me muestra fotos. Me da jugo. Me presta el diario. Votos nulos y blancos. Le digo que le prestaré libro. Dice que le cuesta redactar. Llegan Temi y Carola. Nos convida alfajores. Ella se arregla. Nos vamos. Se me queda la chaqueta. Me pregunta por el tiempo. Recorremos lugares. Carola propone viajes. Llegamos a “Casa en el aire”. Se acordó de ex combatientes de Las Malvinas. Cuenta viajes a Europa, Brasil, Cuba, Chile, etc. Me hayo fome y poco viajado. Recuerdo lo que dijo Quena: vida super común y corriente (nada de aventuras). Tengo muy grande el super-yo. Tema evangelios apócrifos (miradas). Cruzan gestos con Carola (¡!)(¿?). Su mirada cuando vuelvo del baño. Roce de piernas bajo la mesa. De vuelta en vehículo, ella está seria y no me mira en ningún momento. Despedida fría (¿?)(¡!). Mañana voy a pasar a visitarla después de almuerzo. Es básicamente para disminuir mi tensión. Ofrecerle mis servicios y ayuda (fonos).

Otra vez estoy enganchado. Mi mente no deja de pensar en ella, de recordar los momentos con ella, analizarlos e interpretarlos. Anoche, cuando llegué de vuelta de estar juntos, me sentí mal, con angustia, frustración, impotencia. Sentí que yo no le interesaba, que no le gustaba, que estaba perdido. Que esa salida había sido forzada, fome y que yo había tomado más de la cuenta. Incluso soñé con ella; que no me pescaban; pero que, se mostraba juguetona y sensual con otro tipo (al cual besaba en la cara para sacarle las espinillas). Hoy he pasado todo el día con esa angustia y ahogo, presión en el pecho; rabia, ganas de llorar. Obsesión.

Y, tal cual, el domingo pasé a verla y ella estaba en pijama, abrigada con un chaleco. Conversamos de varias cosas. Le convidé licor de crema irlandesa.

Allí supe que yo era el único que sabía de su pasado religioso.

Le ayudé a redactar su trabajo. Fue un momento muy agradable, de mucha cercanía y confianza. Me mostró sus fotos del viaje a Cuba que realizó en enero de este año, con un tal Gustavo. Yo quedé de seguir ayudándole. El lunes me explicó que le habían dado más plazo para hacer sus trabajos. Me dio una pastilla para mi dolor de garganta. El martes le conté que había cocinado un caldillo de pescado, y ella me dijo que yo le podría hacer comida a ella. Eso me gustó y lo interpreté como una señal de interés. Le recomendé que tomara leche caliente con miel para su tos. Ella me instó a ir al oculista para revisarme los lentes de contacto. Hoy, miércoles, me indicó que hay dos tipos que le van a ayudar en sus trabajos. Yo me quedé pensativo y mirando hacia abajo; entonces, ella me acotó que igual quería que yo se lo revisara. Aunque estaba muy preocupada por mi tiempo y trabajos (Me entró la duda sobre si realmente quiere mi compañía). Pero, hay miradas profundas de ella que mantienen viva mi ilusión.

Mañana voy a proponerle un plan para el fin de semana, que incluya una comida preparada por mí. Pienso que, en este tipo de cosas, ante la duda no hay que abstenerse, porque, en el peor de los casos, voy a saber que yo no le gusto lo suficiente, con lo cual quedaremos como buenos amigos. En cambio, el no actuar implica que ni siquiera se abre la posibilidad de que yo le sea atractivo, y de que resulte algo rico. Por otra parte, la estrategia de hacerme el que no pesca, como para que ella se interese más, no me parece. Con la ansiedad que tengo, es preferible actuar ágilmente, pues, sea cual sea el resultado, por lo menos voy a terminar con la tensión.

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