domingo, 9 de agosto de 1998

Etapa desde los 28 años (1995) hasta hoy (3 años + 2 meses). Por esos años comenzó a hablarse de Internet. Mi mamá hace su primera visita con Ron. Aquel verano volví a trabajar en la imprenta, en la Clínica Santa Elena, ubicada en La Pintana. Allí compartí con Luis, Yury, Salvador y Diego; constituimos un colectivo de trabajo asociado. En 1996 conocí a Daniela Benavente, una joven economista, retornada de México y Francia, con la cual pololeé como ocho meses, estableciendo mi récord de duración con una pareja. Mi papá nos presentó a su polola María Teresa, una mujer chilena que vive hace más de 20 años en Miami. En la clínica siquiátrica conversé bastante con Rosario, con la cual nos tomamos varios mates. A los 29 años, agobiado por la prolongación de los estados depresivos (ya parecía algo crónico), conversé con el papá de la Cecilia (Gonzalo), quien me recetó varios meses de fluoxetina. Daniela me pateó, mi mamá vendió el departamento y yo estuve vagando más de un mes por diversas casas de amigos(as) y el taller. Después de buscar un arriendo barato en la capital, en enero de 1997 empezó el traslado de la imprenta a San Antonio. Ese verano tuve una noche de pasión con Pamela, amiga de Nancy, la polola de Fernando Hermosilla. Nuestra primera residencia fue en Cartagena, en una casa a medio terminar, pero con vista al mar. El taller funcionó en el local de Unpade, donde conocí, entre otros, a Rosa, Marco, Elías y Alberto, jóvenes con diferentes grados de discapacidad mental. En mayo Walter peleó con Yury, quien se devolvió a Santiago; nos cambiamos al cerro Alegre, y conocí a Chago. Desde la celebración de mi cumpleaños, y por seis meses y medio, fui pareja de Margarita Guarello, madre de cuatro niñas, de entre tres y doce años. Se supone que ese año se inició la Era de Acuario. En el segundo semestre de 1997, salió a las calles el libro de Tomás Moulian: “Chile actual. Anatomía de un mito”. El Pepe regresó de Barcelona y mi papá se fue a Miami, después de haber pololeado con Marcela en El Quisco. A fines de diciembre conocí a Andrea Rojas, en Villa Alemana. Durante un mes me sentí “en las nubes”; sentí que ella era la mujer que yo siempre había soñado. Pasé febrero esperando su regreso de Nicaragua, y su decisión con respecto a nosotros. A comienzos de marzo nos juntamos y me confirmó que había decidido reiniciar su vínculo con el pololo que tenía desde hace dos años y medio. Después de eso, entré en una fuerte depresión, combinada con angustia y ansiedad por mi futuro laboral. En diciembre había dejado de trabajar en la imprenta, y el proyecto de pesca no se financió sino hasta fines de mayo. Mi situación de allegado en casa de Walter se estaba poniendo cada día más incómoda. El 4 de abril, en la fiesta de celebración del cumpleaños del Pepe, conocí a Mariana Assís. Conversamos toda la noche, y nos juntamos a la tarde siguiente. Esa noche se dio la partida a un romance de cinco semanas. Al patearme, también finalizó la tensión que me estaba produciendo la necesidad de buscar un trabajo part-time en la capital. El 28 de mayo iniciamos los trabajos de reacondicionamiento de la lancha, labor que ya nos ha tomado casi 80 días. Entre medio, estuve tres semanas con la pierna izquierda enyesada, y, antes de eso, con el temor de un cáncer, que resultó ser, finalmente, un quiste en el epidídimo del testículo izquierdo. Actualmente estoy pesando entre 72 y 73 kilogramos; lo mínimo de la normalidad para mi estatura son 70 kg. Si bajo de ese registro, tendré que examinarme. Por de pronto, me palpo un porotito en el costado izquierdo inferior de mi cuello. Mi estado de ánimo está oscilatorio, aunque con tendencia al bajón; más angustia por la excesiva conciencia del vacío, lo inasible del presente y de la realidad, lo improbable de la comunicación, y otros tópicos existenciales. También me achaca lo escaso de duración que han sido mis relaciones de pareja (la máxima: ocho meses).

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