Fallas que me he detectado, y que deseo corregir:
Proponer cosas o contactos antes de saber si realmente los puedo hacer.
Pelar a personas que no están presentes.
Alardear o contar muchas intimidades de mis relaciones con mujeres.
Indiferencia con personas desconocidas que me atienden (ej.: mesero, dependienta, etc.).
Comprometerme para realizar acciones sin antes pensar si efectivamente es posible cumplirlas.
Rigidez, dogmatismo, inflexibilidad, terquedad, orgullo.
En cierta forma, los hábitos y rutinas ayudan a estructurar mejor la existencia. Es importante, no obstante, que no se transformen en manías esclavizantes. La idea es convertir cada acción recurrente de la cotidianidad en un acontecer grato: levantarse, asearse, hacer el desayuno, ir al trabajo, trabajar, hacer el almuerzo y consumirlo, lavarse los dientes, orinar y defecar, preparar y tomar onces, realizar la limpieza doméstica, lavar la ropa, la vajilla, comprar, coser, arreglar artefactos, y otros haceres.
Condiciones para disfrutar el llevar a cabo las acciones ejemplificadas: Tener tiempo; no estar apurado ni ansioso; contar con los utensilios, herramientas o instrumentos adecuados; estar físicamente cómodo y sin ambientes molestos: ruidos, frío o calor, mal olor, poca ventilación, etc. “Meterse en lo que uno está haciendo; tomar conciencia del acontecer, para efectuarlo correctamente; ser uno con la acción”. Pensar en lo reconfortante de la labor cumplida y de lo que aporta la resultante de lo que se está haciendo. Sentir, palpar lo que es ocupar el tiempo. Darle un aire, un soplo o un toque de arte a todas esas acciones que son reiterativas, procurando siempre mejorarlas o innovar.
He conocido a varias personas que han preferido pasar penurias por largo tiempo antes que ponerse a trabajar en algo que está por debajo de sus expectativas; gente que, con poco más o menos de 50 años, sienten que merecen o tienen derecho a una buena posición laborando en lo que a ellos más les gusta. Si las cosas no se les dan como esperan, optan por subsistir en la pobreza, marginalidad o en condiciones precarias; aguantarse hasta que se les dé la oportunidad de demostrar sus capacidades.
Yo tengo muy claro que hay una edad límite para buscar el camino propio o alternativo. En los avisos que las empresas colocan en la prensa para encontrar personal, casi siempre se pone como edad máxima 35 años. Si a fines del 2000 no me ha resultado la vía laboral autónoma, venderé mi fuerza de trabajo a como de lugar. Total, me quedarán ocho horas para hacer lo que a mí me guste (aunque, si descontamos los viajes a y desde la pega, las comidas, aseo u labores domésticas, lo más realista es que sólo restan como cuatro horas diarias, más los fines de semana).

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