domingo, 2 de agosto de 1998

1995: Un día de enero me sentí como, creo, nunca antes; fue una sensación muy especial, tal que si a partir de ese momento todo lo mirara con un filtro. Hay quienes le llaman depresión, stress, surmenage, o algo por el estilo. Me invadió una hiper-conciencia de absoluta absurdez, de sin sentido y vacío. La imprenta la cambiamos de la casa en La Granja hasta la Clínica Santa Elena, en La Pintana. Empecé a conocer un poco más la vivencia de los enfermos mentales.

Mi mamá conoció a Ron, australiano, en un viaje que hizo al sur con la tía Ximena. Después de algunos meses de pololeo, ella partió rumbo a Perth, separándose en la práctica de mi papá. El Pepe se fue a vivir con nosotros, ocupando la pieza de mi mamá. Hicimos varios carretes con el grupo de la Ketty, Claudio, Carola, Mario. Conocí a Marcela Silva y a Anita. Cuando Pepe estaba por irse, apareció con Gabriela, una muchacha uruguaya que venía arrancando de su pololo, un tipo que tenía una botillería en San Diego, y que la trataba, a veces, muy mal. Con Gabi iniciamos una relación bastante sui generis. Yo tuve un enamoramiento por ella, y, al constatar que no llegaría a ser su pareja, me puse en campaña para conseguirle un buen pololo. Le presenté a Jaime Contreras y a Igor. Con este último iniciaron un pololeo que, al tiempo, se convirtió en matrimonio. El otro vínculo sexual que tuve ese año, a pesar de que fue interrumpido, lo realicé con Paola S., una joven retornada de Cuba que andaba detrás de mí, pero que yo encontraba muy entrada en carnes.

No hay comentarios: