domingo, 7 de marzo de 1999

Anoche fuimos con Mafa, Manuel José, Pablo y Pelayo a la discoteca César, ubicada entre San Felipe y Los Andes. Al poco rato de llegar, una niña morena, delgada, menudita, no muy bella pero tampoco fea me sacó a bailar. A medida que danzábamos la situación se puso cada vez más sensual y, al cabo de unos pocos temas, iniciamos un besuqueo intenso y apasionado. Después, vino a buscarla una amiga porque tenían que irse, y sólo me preguntó mi nombre y apellido.

Al final de la noche, mientras bailaba con la Nanda, una chica muy atractiva que danzaba con un tipo al lado nuestro, me comenzó a mirar mucho. Era morena, con bellos ojos oscuros y grandes pechos, que lucía con un pronunciado escote. Luego, parece que se marchaba, pero, al rato la vi sentada justo enfrente mío. Estuve a punto de decirle a mi prima que paráramos, para sacarla a bailar, pero justo llegó un tipo que con mucha insistencia logró convencerla para danzar. Nuevamente pareció que se iba, pero, pocos minutos más tarde, apareció por el costado de la pista de baile. Nos miramos unas cuantas veces y ella subió al segundo piso. Yo dudé un poco, pero finalmente la seguí; arriba la divisé conversando con un muchacho. Ahí me devolví y acompañé a los otros, que ya estaban saliendo del recinto. Ya en casa de la tía María Eugenia, cuando nos acostábamos a dormir, Manuel José observó que esa niña me miraba como “con ganas de comerme”. Lo que más me da lata es que justo fue una niña del tipo que a mí me encanta, y que no haya sido capaz de manejar la situación para haber concretado algo que parecía estar dándose en buena manera para mí.

Es divertida la diferencia entre la sensación que tuve en el cumpleaños de Fritz, de no sentirme “pescado” por ninguna de las niñas que allí había, y lo que percibí en la discoteca, en que me pareció que varias muchachas me miraron con agrado. Parece que debería ir más seguido a las discotecas.

El tema de las sensaciones y percepciones. Hay veces en que achaca el no poder vivir todas las experiencias o historias emocionantes que le ocurren a las personas, como las vivencias en otros países, en regiones exóticas del mundo, así como también me “amarga” el no participar en obras de infraestructura importantes. Aunque racionalmente es absurdo sentirse “mal” por esas cosas, sin embargo, igual me siento de esa forma a veces. Me he dado cuenta de que cuando estoy en esos achaques ridículos tengo que tomar conciencia de ese fenómeno y, con un cierto tipo de control mental, salirme de ese proceso. Es como lo que me pasa algunas veces, en que me dan como “ataques” de ansiedad, angustia o desesperación, y comienzo a caminar de un lado para otro, sin hacer nada productivo; varias veces me echo algo a la boca o me dan ganas de irme o arrancar del lugar donde estoy. También en esos estados, he comprobado que lo primero es decirme “mírate en la paja que estás metido” y, luego, hacer algo positivo, como leer, escribir, llamar o visitar a alguna amistad, dibujar, etc.

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