miércoles, 4 de febrero de 1998

Depender de una persona para subsistir es incómodo, y si ese alguien es un tipo que transpira amargura, rencor, odio, rabia, desprecio, como Walter, es peor. La autodependencia es una situación magnífica. De no resultar el proyecto pesquero, buscaría trabajo en cualquier cosa, con tal de lograr la anhelada autonomía. Ya estoy hasta el pincho, la coronilla, con la familia Reyes Pinto, sus dramas, conflictos, arrogancias, achaques, etc.
Desde la infancia, siempre para mí fue un gran valor la sencillez, la humildad, la austeridad, por lo que me causa desagrado la soberbia, arrogancia, las personas engreídas, la altivez, etc.
Ya estoy aburrido de los comentarios odiosos, de las frases clichés, de las poses y de las mañas de Walter. Él me acusa de a-social, individualista y “luterano-calvinista”; y lo que pasa es que yo no comparto su tipo de “vida social” y no me interesan sus peleas e irracionalidades, ni sus vicios, ni su forma de “carretear”. Mi vida social o convivencia, mis amistades y relaciones son de otra especie o sub-cultura, y de unas generaciones distintas.

Anoche tuve la conversación que tenía pendiente con Margarita desde comienzos de enero. Ella estaba bastante bebida, me tomó de la mano y me llevó al segundo piso de la casa de la familia Manríquez. Me dijo que había experimentado las tres sensaciones hacia mí: distancia, odio y deseos de tocarme. Me abrazó, me hizo caricias, cosquillas, e intentó besarme en varias oportunidades. Lo que más le disgustó fue que en nuestro último encuentro, el 25 a 26 de diciembre, yo no le hubiera explicado que ese acto sexual era la despedida. Se sintió engañada debido a mi cobardía, y a mi falta de claridad. Afirmó que nuestro pololeo fue algo que le produjo felicidad y que, aunque como pareja nunca satisfice su necesidad de comunicación ni de sentirse querida o amada, fui un muy buen amante en lo sexual. A ella le desesperaban mis tendencias introvertidas y “autistas”, y ansiaba poder desentrañar mis pensamientos o escudriñar en mi cerebro. Creo que por lo menos con esta conversación ella pudo desahogarse, desatorarse y aliviar su tristeza y rabia. Pienso que podremos seguir siendo amigos o, por lo menos, “conocidos” con buena onda.
Algo presentía de que el romance con Andrea iba demasiado bien. El lunes en la noche, cuando llegué al departamento de su tía en Santiago, ella me esperaba en la puerta del condominio. Quise besarla en los labios y me puso a mejilla; nos abrazamos y, al intentarlo nuevamente, volvió a esquivarme. Algo pasaba; quizás no quiere porque no se ha lavado los dientes o porque no deseaba contagiarme su catarro, pensé. Entramos al departamento de su tía, nos sirvieron comida, conversamos y me mostró unas fotografías. Al contarle mi deseo de acompañarla al aeropuerto, señaló que ella no lo merecía, que mejor nos despidiéramos esa noche. Bajamos y nos sentamos en una banca para hablar. Me contó con más detalles cómo Fernando descubrió nuestra relación, al leer su agenda, y lo que ocurrió después: la llamada de la mamá de él, y el encuentro que tuvieron más tarde, en donde él le recriminó que cómo se había dejado engrupir por un “viejo” de 30 años, le enrostró el engaño, la mentira, etc. Andrea me contó que al volver a su casa, sintió dolor por la pérdida, y que muchas cosas le hacían rememorar las virtudes de Fernando y los momentos gratos de los dos años y medio de relación. Me explicó que se pudiera haber pensado que tarde o temprano ese vínculo terminaría y que, automáticamente, comenzaría a pololear conmigo. Pero no fue así de fácil o simple. Indicó que creía que lo nuestro se iba a ver perturbado por sus rollos, por lo que sería preferible dejarlo ahora que todavía no se complica, antes que seguir y terminar sufriendo. Paralelamente, está consciente de que volver con su ex pololo significaría tener siempre abierta la posibilidad de la acusación de infidelidad y la de desconfianza. Me sugirió que no la espere, y que atine o aproveche en caso de que se me presente una oportunidad con otra mujer. Yo le hice ver que la quiero y que me gusta, por lo que en este momento ella es mi preferida; que esperarla no es un problema para mí. Le sugerí que tratara de separar y no mezclar su asunto con Fernando, por un lado, con su relación conmigo, por otro, ya que no es justo que eso interfiera con lo nuestro. Coincidimos en que este viaje por un mes a Nicaragua le servirá para tomar distancia, aclararse, reflexionar y regresar con más lucidez. Agregué que lo importante para lo nuestro será saber si yo le gusto y si ella siente que me quiere lo suficiente como para continuar; si no es así, yo viraré. Algo que me tranquilizó un poco fue un sueño que me relató: ella quedaba embarazada y daba a luz unas mellizas, las cuales crecían rápidamente y eran hermosas. Estando su familia en el patio, estaba cubierto por la sombra el padre de las niñas, hasta que la mamá de Andrea exclamó: si es Cristian.
Sé que pensaré mucho en Andrea, que me angustiará la idea de que una de las posibilidades de resolución de todo esto sea que yo pierda, y que mi imaginación volará con panoramas para disfrutar con ella en caso que sigamos. Lo mejor para alivianar la ansiedad, y despejar la mente de temores y desazón, es trabajar mucho, planificar mis actividades para este año y ocuparme de lo que ya he programado para la segunda mitad de este verano.

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