miércoles, 22 de enero de 1997

Hay luna llena, o casi. Estoy sentado en el balcón del departamento de Cecilia. Frente a mí, Providencia de noche. Por qué no puedo ser indiferente a la cuestión social y medioambiental? No sé. La injusticia, el abuso, la dominación, me causan una profunda rabia. Cuando en 1982-83 conocí la lucha por los derechos humanos, me convertí en un ferviente partidario de ella. Lo mismo me pasó con la causa ecologista por ahí en 1986. Desde ese mismo año data mi pasión por el desarrollo alternativo y la autogestión. Todo esto creo que se conjugó para mi adhesión al anarquismo en 1989. Según mi cuñado Nathan, el anarquista es por haber tenido una relación conflictiva con el padre. En mi caso, algo de eso hay, pero nunca tanto. Antecedentes familiares para explicar mi inclinación no hay muchos; uno podría haber sido mi tío Tedy, quien desde joven fue rebelde y con gran conciencia social. Yo nací y me crié en el barrio alto, en Las Condes; estudié en un colegio particular católico, tuve nana, vacaciones de invierno y verano. Nunca pasé hambre o frío ni padecí enfermedades graves o complicadas. Tuve siempre atención médica oportuna y de buena calidad. Practiqué deportes; en mi familia no había grandes dramas ni conflictos, y jamás me vi en la necesidad de trabajar para pagar alguna de mis actividades. Cursé un año y medio de Ingeniería Civil y cinco de Periodismo, y solamente trabajé por dinero cuando egresé. Todo estaba dado para haber sido un miembro más de la burguesía nacional.
Si alguna vez fui descriteriado con una mujer, esa fue Graciela. Dos veces la dejé plantada por otra niña que recién conocía; la primera vez fue con Soledad, y, la segunda, con Carmen. Mujeres que sufrieron por mí, aunque yo siempre fui claro y honesto: Francisca y Manuela. Una que quedó muy picada: Carmen.
Han existido ocasiones en que he estado en un ambiente o grupo de gente y me he sentido ignorado y hasta evitado. Querer entablar conversación, y que nadie te pesque. Ejemplo: amigos cinéfilos de Paola. En cambio, ha habido lugares en que me ha sido muy fácil entablar conversaciones, como en el cumpleaños de Claudia, en una pieza donde no había ningún grupo muy definido, sino que éramos todos de distintos lados. Un tema para la sicología social. Al parecer, cuando hay grupos muy identificados y reconocidos, el proceso de aceptación de terceros es mucho más lento.Es chocante cuando personas que uno ha conocido te hacen la desconocida, y ni siquiera saludan. Es difícil saber si es hecho por timidez o por indiferencia. Creo que yo también he dejado de saludar a gente, pero en mi caso siempre fue por causa de ser corto de personalidad. Siendo algo tan fácil; un simple saludo, una sonrisa, bastan para enlazar, conectar, manifestar reconocimiento, alegría porque el otro existe y lo conozco. La importancia del saludo, el abrazo, estrechar las manos, besar en la mejilla, etc. Sonreir, pedirle al otro que se cuide, desearle volver a verlo.

No hay comentarios: