sábado, 14 de octubre de 1995

El jueves por la noche se cumplió un mes desde que Gabi me pidió que durmiera con ella. Ha sido un período intenso, rico; el mejor del año, y uno de los más agradables en mucho tiempo. Parece que hubiese sido más tiempo, y es que la información que hemos intercambiado con Gabi ha sido grande.
Esa noche, ella me preguntó si yo estaba preocupado. En un comienzo, yo me corrí, pero, luego, le expliqué mi aprensión. Tenía susto de que, por un par de cosas que interpreté, no quisiera más mi compañía sexual o táctil. Básicamente, lo que me puso dudidativo fue su comentario de que, al igual que Cecilia, ella pasaría a considerarme como un hermanito. Lo otro, su tendencia, en dos ocasiones anteriores, a estar despierta hasta muy tarde; tanto que ya era muy tarde para hacer el amor. Después de plantearle mi inquietud, ella me aclaró que en ningún caso tenía fundamento mi temor. Sólo que a ella le carga tener que hacer el amor en forma imperativa, mecanicista o “tradicional”. Prefiere que surja más natural y espontáneamente, salvo cuando se trata de ritos o fantasías que es necesario preparar. Hablamos de mi masturbación en el baño, y me pidió que siempre le dijera lo que deseo (que no me autocensure por miedo a que se moleste). Me confidenció que en un par de ocasiones había entrado al baño de la oficina a masturbarse pensando en mí. Yo, por mi parte, también le conté que ya le había dedicado un par de pajitas.
Después de esta conversa sentí un gran alivio. Nos acariciamos e hicimos el amor, mientras hablábamos de sexo. Luego de nuestro orgasmo simultáneo, quiso que la volviera a masturbar; terminó otra vez, se dio vuelta y comencé a pajearme entre sus piernas. Al retirarme de allí, para cambiar de posición, ella sintió un gran dolor, que no la dejó hasta el otro día. Una vez ocurrido eso, bromeó con que mi pene era de buen tamaño, casi como el de Diego.
Por curiosidad, al otro día leí un papel que ella me estaba escribiendo, pero que luego rompió. Decía que había quedado con sangre en el ojo después de que yo “censuré” el que me dijera María Cristina. Quedé un poco atravesado, porque no era mi intención censurar. Es algo que se lo voy a aclarar más tarde.
El jueves fui a esperarla a la salida de su trabajo, nos vinimos caminando y, al llegar, estaba Eduardo para entrevistarla. Después de la sesión, grabó el tema que me compuso, se quedó dormida mientras le hacía cariño, y luego se arregló porque Patricio la vino a buscar.
Creo que estamos entrando a una nueva etapa en nuestra relación: acoplamiento estructural y coordinación en el tema sexual. Legitimación del tacto, caricias y besos (en esto último, está el asunto de que la barba la pincha o le hace cosquilla). Impulso a no guardarse aprensiones, inquietudes, etc. No temer una eventual molestia del otro.
Estoy sintiendo –puede ser que por primera vez- el deseo de alimentar, cuidar y construir una relación amorosa, como si fuera una obra de arte. Incentivar la conversación, el diálogo y la charla; conocerla hasta en sus más pequeños y ocultos rincones; crear o contribuir a la creación de un “nosotros”, como entidad o sistema que es más que la suma de ambos. Complicidad, compañerismo, camaradería.
Desafío: no es fácil lograr la espontaneidad en materia sexual, o que sea capaz de contarle fantasías o cuentos eróticos. Esta es una parte que voy a trabajar, para desarrollarla. Debo reconocer que me falta incorporar nuestra comunicación sexual al conversar cotidiano (naturalidad). Está todavía muy restringido a la cama y en determinadas circunstancias (“desdivinizar”). Hay que erotizar el resto de nuestra relación.
Pienso que mi relación con Gabi me está gatillando el recuperar expresiones de mi niñez (artísticas).

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