Cuando fui a visitar a mi primo Manuel José a Rinconada de Silva, se cumplían 9 años desde la última vez que carreteamos juntos en esa zona. Él me contó que cada vez que yo había aparecido por esos lados, quedaban varias “enamoradas” de mí. Coincidentemente, el sábado por la noche concurrimos a un pub discoteque llamado “Entre cocos”. Allí, como a las cinco de la mañana, me invitó a bailar una flaca, rucia, con aires de simpática. Al poco rato, y luego de intercambiar información básica sobre cada uno, me dijo que tenía muchos deseos de darme un beso. Pasamos “atracando” hasta como las seis y media de la mañana, cuando se tuvo que marchar. Su nombre es Paula y vive en Los Andes. Fue un acontecimiento que me subió mi alicaída autoestima. Además, es agradable tener una “pinche” en esa ciudad.
La ansiedad es una sensación desagradable, que distorsiona toda nuestra vivencia, y que es muy difícil de controlar con la razón. El cambio de residencia y de forma de trabajo provocan incertidumbres que angustian. También se agrega el desafío de preparar y hacer el examen para obtener el título.
Anoche, cuando Andrea nos acompañó al mirador en Villa Alemana, me percaté de que ella ha asumido completamente una actitud de total distanciamiento e indiferencia hacia mí. Su presencia todavía me descompone, como que quedo “bloqueado”, “perturbado”, casi “estupidizado”. En todo caso, pienso que se me va a pasar con el tiempo y en la medida que me acostumbre a su cercanía.
Por lo que dijo Nathan la última vez que estuve con él, creo que yo tengo algo distorsionada o trastornada mi afectividad. Según el libro que estoy leyendo, la emoción, los sentimientos, los impulsos pasionales están alojados en la parte más primitiva del cerebro, la cual no está sincronizada en la sección racional, que es más moderna y propiamente humana.

No hay comentarios:
Publicar un comentario