La noche del domingo 10 al lunes 11 de mayo, Mariana me pateó. Fue una extraña sesión. Habíamos estado estudiando durante la tarde, y, como a media noche, nos recostamos para hacernos cariños por una media hora, antes que yo me fuera. Ella me preguntó qué cosas suyas no me gustan. Le contesté que su obsesión por criticar y meterse en la vida de los demás; su poca aceptación de la diversidad. Reflexionó que antes no era así; que empezó con esa manía hace un par de años, cuando falleció Aníbal. Luego, comenzó con su discurso de que lo nuestro no resultaría, porque yo soy de un tipo de personalidad –al igual que Sandro y Chicho- incompatible como para ser pareja de ella. Continuó con sus reproches hacia mi forma de ser: que descanso y me apoyo en los demás; que soy cómodo, pechador; que utilizo a las personas y me aprovecho de que me tienen buena; que soy un mantenido y dependiente, tanto material como emocionalmente; que soy alaraco, hipocondríaco y “mina”; que voy a la deriva y son las circunstancias las que me manejan, sin que tome el toro por las astas; que, por una parte, cuando se trata de acontecimientos y hechos, soy un “hocicón”, en cambio, para expresar sentimientos e ideas relacionadas con emociones, me tranco y parezco una ostra. En fin, afirmó que ya me había sentenciado y condenado; que quería terminar conmigo, que no tenía claro sus sentimientos hacia mí, etc.
Pasamos seis horas entre conversación, besos, abrazos, caricias y sexo. Se quejó porque, según ella, cada vez que le hablo, paso todo por un filtro o cedazo, siendo contadas las ocasiones las que le digo cosas espontáneamente. Habló de sus celos por Andrea; su rabia por no ser la que yo más he querido.
Ese lunes me sentí profundamente triste, con mucha pena, y lloré en algunos momentos. Para el martes ya me sentía mejor, con una especie de alivio por el fin de una tensión o conflicto entre mis proyectos previos y las cosas que planeaba hacer para “jugármela” por la relación con Mariana (trabajar media jornada en periodismo institucional, y tener una pequeña residencia en Santiago). Al contarles a Ezio, Ernesto, Walter, Hugo, Santiago y Pepe lo que me había pasado, todos me dijeron que era mejor, pues me había “librado” de un tremendo “cacho”, que hay muchas mujeres más, que Mariana parece ser una tipa súper enrollada y atadosa, etc.
Como tenía que recuperar el disco de música del Brasil, y como también pensaba mucho en ella, esperé para llamarla el domingo por la noche. Me habló con cariño y me puse contento. El lunes en la noche la volví a llamar, ahora desde la casa de Leo; nos quedamos de juntar el martes a las 17 horas en la cafetería del campus San Joaquín. Se despidió con el clásico “besito”. Me alegré. Nos encontramos en el lugar y a la hora indicada; me convidó un café y un súper 8. Conversamos. Yo le expuse algunas ideas: que su decisión había sido correcta; que yo me sentía más aliviado, que no tenía rabia ni resentimiento, que me tincaba que siempre habría algo rico entre nosotros. Ella comentó que había sentido una profunda pena, y que creía que yo no volvería a llamarla. Nos miramos mucho a los ojos, sonreímos, estuvimos muy cerca físicamente. Tomamos el metro. Mariana confesó que al igual que cuando Milko quiso venirse a trabajar acá por ella, ahí fue cuando terminó la relación, cuando “cachó” que yo en serio planeaba volver a Santiago (la capital) por estar más cerca de ella, en ese momento decidió cortar el vínculo de pareja. Es paradójico que justamente lo que yo hice para jugármela por la relación, fue lo que provocó su quiebre. Me parece que Mariana resiente mucho que su pareja no posea un “cuento” o proyecto propio, y que hagan virajes grandes por ella, pues así se siente “comprometida”, y “culpable” si es que la relación fracasa.
Al llegar a la estación Baquedano, me acompañó hasta la bajada del andén que va hacia el poniente. Después de que le expliqué cómo podía ubicarme por teléfono, nos despedimos y colocamos las mejillas para un beso. Pero, yo busqué su boca y ella no me evitó. La besé suavemente y le di un abrazo. Nos besamos, abrazamos y acariciamos un rato, mientras pasaba un montón de gente a nuestro alrededor. Nos pedimos cuidarnos mutuamente y nos separamos. Subí al tren y me di cuenta de que ella me miraba desde el otro lado de la vía. Fue bonito. Quedamos de vivir el presente, sin proyectarnos ni pensar en el futuro. Me parece bien, lo mejor. Deseo jugármela por el proyecto de pesca y la asesoría en gestión, por mi carrera académica y mis ideales. A Mariana la quiero mucho, y pienso que entre mejor me vaya en mis trabajos, mejor podría ser la relación con ella.
Pasamos seis horas entre conversación, besos, abrazos, caricias y sexo. Se quejó porque, según ella, cada vez que le hablo, paso todo por un filtro o cedazo, siendo contadas las ocasiones las que le digo cosas espontáneamente. Habló de sus celos por Andrea; su rabia por no ser la que yo más he querido.
Ese lunes me sentí profundamente triste, con mucha pena, y lloré en algunos momentos. Para el martes ya me sentía mejor, con una especie de alivio por el fin de una tensión o conflicto entre mis proyectos previos y las cosas que planeaba hacer para “jugármela” por la relación con Mariana (trabajar media jornada en periodismo institucional, y tener una pequeña residencia en Santiago). Al contarles a Ezio, Ernesto, Walter, Hugo, Santiago y Pepe lo que me había pasado, todos me dijeron que era mejor, pues me había “librado” de un tremendo “cacho”, que hay muchas mujeres más, que Mariana parece ser una tipa súper enrollada y atadosa, etc.
Como tenía que recuperar el disco de música del Brasil, y como también pensaba mucho en ella, esperé para llamarla el domingo por la noche. Me habló con cariño y me puse contento. El lunes en la noche la volví a llamar, ahora desde la casa de Leo; nos quedamos de juntar el martes a las 17 horas en la cafetería del campus San Joaquín. Se despidió con el clásico “besito”. Me alegré. Nos encontramos en el lugar y a la hora indicada; me convidó un café y un súper 8. Conversamos. Yo le expuse algunas ideas: que su decisión había sido correcta; que yo me sentía más aliviado, que no tenía rabia ni resentimiento, que me tincaba que siempre habría algo rico entre nosotros. Ella comentó que había sentido una profunda pena, y que creía que yo no volvería a llamarla. Nos miramos mucho a los ojos, sonreímos, estuvimos muy cerca físicamente. Tomamos el metro. Mariana confesó que al igual que cuando Milko quiso venirse a trabajar acá por ella, ahí fue cuando terminó la relación, cuando “cachó” que yo en serio planeaba volver a Santiago (la capital) por estar más cerca de ella, en ese momento decidió cortar el vínculo de pareja. Es paradójico que justamente lo que yo hice para jugármela por la relación, fue lo que provocó su quiebre. Me parece que Mariana resiente mucho que su pareja no posea un “cuento” o proyecto propio, y que hagan virajes grandes por ella, pues así se siente “comprometida”, y “culpable” si es que la relación fracasa.
Al llegar a la estación Baquedano, me acompañó hasta la bajada del andén que va hacia el poniente. Después de que le expliqué cómo podía ubicarme por teléfono, nos despedimos y colocamos las mejillas para un beso. Pero, yo busqué su boca y ella no me evitó. La besé suavemente y le di un abrazo. Nos besamos, abrazamos y acariciamos un rato, mientras pasaba un montón de gente a nuestro alrededor. Nos pedimos cuidarnos mutuamente y nos separamos. Subí al tren y me di cuenta de que ella me miraba desde el otro lado de la vía. Fue bonito. Quedamos de vivir el presente, sin proyectarnos ni pensar en el futuro. Me parece bien, lo mejor. Deseo jugármela por el proyecto de pesca y la asesoría en gestión, por mi carrera académica y mis ideales. A Mariana la quiero mucho, y pienso que entre mejor me vaya en mis trabajos, mejor podría ser la relación con ella.

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