Mañana cumplo 30 años y cinco meses. Hace diez años que me libré de la neurosis obsesiva, la cual padecí por cerca de ocho años. Desde hace 15 años que uso lentes. A fines de este año se cumplen 13 años desde que terminé el colegio, y seis de que salí de la UC.
“Vive cada año como si fuera el último” se leía en el titular de una revista que estaba puesta en un kiosco. “El primer año del resto de nuestras vidas” era el título de una película.
Hace un rato, mientras botaba papeles viejos, me encontré con uno en que había hecho un plan quinquenal 1992-1997. La mayoría de las metas no las realicé; mi ocupación en la imprenta me sacó en gran medida de lo que tenía programado. El próximo enero contabilizo cuatro años tratando de que resulte un proyecto gráfico mal parido (1994-1998).
El otro día pensé que debo regalo de matrimonio a Gabi-Igor y a Peque y señora. Además, si alguna vez tengo un poco de dinero, sería correcto invitar a comer a Cecilia, Pepe, Ezio, Sergio, Fernando, etc., todas las cuales me han convidado alguna vez.
Sería simpático aprender idiomas, y poder conversar en inglés con Ernesto y Ron, alemán con mamá y Pepe, francés con Cecilia y Andrea, holandés con Walter, ruso con Santiago, en fin.
Este fin de semana quiero completar la limpieza y orden de mi hábitat más próximo: mi pieza. Completar la selección de papeles y ropas que se quedan, se botan o se regalan. Mi intención es sólo conservar lo más indispensable. Revisando mis cosas me puedo percatar del cambio en mi manera de ver y de pensar; los principios y valores son los mismos, pero los objetivos, los métodos y las aspiraciones ya no son iguales. Los errores, fiascos, porrazos, fracasos, caídas, las pérdidas van entregando, por lo menos en mi caso, creo, una experiencia que te hace más cauteloso y medido, entre otros efectos. El mismo hecho de deshacerse de esos cachureos, simboliza una constatación de cambio.
“Vive cada año como si fuera el último” se leía en el titular de una revista que estaba puesta en un kiosco. “El primer año del resto de nuestras vidas” era el título de una película.
Hace un rato, mientras botaba papeles viejos, me encontré con uno en que había hecho un plan quinquenal 1992-1997. La mayoría de las metas no las realicé; mi ocupación en la imprenta me sacó en gran medida de lo que tenía programado. El próximo enero contabilizo cuatro años tratando de que resulte un proyecto gráfico mal parido (1994-1998).
El otro día pensé que debo regalo de matrimonio a Gabi-Igor y a Peque y señora. Además, si alguna vez tengo un poco de dinero, sería correcto invitar a comer a Cecilia, Pepe, Ezio, Sergio, Fernando, etc., todas las cuales me han convidado alguna vez.
Sería simpático aprender idiomas, y poder conversar en inglés con Ernesto y Ron, alemán con mamá y Pepe, francés con Cecilia y Andrea, holandés con Walter, ruso con Santiago, en fin.
Este fin de semana quiero completar la limpieza y orden de mi hábitat más próximo: mi pieza. Completar la selección de papeles y ropas que se quedan, se botan o se regalan. Mi intención es sólo conservar lo más indispensable. Revisando mis cosas me puedo percatar del cambio en mi manera de ver y de pensar; los principios y valores son los mismos, pero los objetivos, los métodos y las aspiraciones ya no son iguales. Los errores, fiascos, porrazos, fracasos, caídas, las pérdidas van entregando, por lo menos en mi caso, creo, una experiencia que te hace más cauteloso y medido, entre otros efectos. El mismo hecho de deshacerse de esos cachureos, simboliza una constatación de cambio.

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