domingo, 18 de julio de 1993

Ayer el Mono dijo que le gustaba visitarme, porque se entretenía conmigo, porque, según él, yo soy como la nada.

Hace un par de semanas, en la inauguración de la casa que arrienda la Claudia, conocí a una tipa muy distorsionada. Su nombre es Paula y, cuando ambos estábamos “chatos”, hablamos un buen rato. Partimos conversando sobre cosas pintorescas, anecdóticas, como el paisaje en Argentina (Tucumán). Pero terminamos con el diagnóstico de nuestra sociedad y nuestras posturas frente a eso. Ambos coincidimos en que este mundo tiene muchas cosas penca, charcha, en la relación de la gente entre sí y con el resto de la naturaleza. En cambio, nuestra actuación frente a ese hecho es distinta. Ella afirma que la cosa no tiene vuelta, que no se puede cambiar; que lo que tiene sentidoo es gozar la vida y hacer las cosas que a uno le gustan. Yo, en cambio, coincido con que hay que gozar, sentir placer, estar contento haciendo las cosas que me gustan. Lo que ocurre es que una de las cosas que más me agradan es justamente efectuar acciones orientadas al cambio del sistema. Así como para mí es rico la percusión, el baile, la cocina, las manualidades o el dormir, ser activista por los derechos humanos, la ecología, la justicia social, etc., me es placentero.

Desde guagua he vivido en un entorno cariñoso: mi mamá, mi nana (Bernarda), mis abuelos maternos. De acuerdo a ciertas teorías, eso influye en una actitud de desprendimiento, de desposesión de cosas y personas. Sin embargo, soy cachurero. Guardo cosas que pienso me pueden servir en el futuro y objetos con algún valor sentimental. Pero, no me interesa tener auto, equipos e incluso casa. De hecho, quisiera donar mis colecciones a bibliotecas o archivos.

Mi mamá dijo que soy desapegado, que yo no sufriría tanto si ella se muere. Me daría pena, sobre todo por tomar conciencia de que ya no la vería nunca más, pero la vida seguiría su curso.

Racionalidad: minimizar costos y maximizar beneficios.

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