martes, 24 de octubre de 2006

Con Maca tuvimos buen sexo. Yo la encontré atractiva desde un comienzo: morena y exótica; me imaginaba una joven de Pakistán. Ella es muy diferente a mí: consumista, cuica, momia. Sin embargo, nos llevamos bien, nos gustaba conversar y acompañarnos. Ella anhela tener una familia tradicional y ganar mucho dinero. Pocos días antes de mi partida se emparejó con un médico (“un buen partido”) y lo nuestro concluyó. Fueron casi dos meses de rico sexo y agradable conversación. Quedamos como amigos.

La relación con Karen pasó a ser más bien fraternal. Íbamos juntos al estadio, a realizar ejercicios que dirigía ella y a trotar. Sexo teníamos no más de una vez a la semana. Yo me cambié a la pieza de las visitas.

Karen tenía sesiones con un profe de yoga, que además hace masajes y digitopuntura. Yo incentivé a Karen para que aceptara las invitaciones de él (Gonzalo). Se notaba que entre ambos había gran sintonía. Finalmente, pincharon para fiestas patrias y a los pocos días él iba a quedarse a dormir –y tener sexo- con Karen, mientras yo permanecía en la pieza de alojados. En las dos últimas semanas en Illapel, con Karen nos seguimos besando, pero ella ya no quería hacer el amor conmigo. Con Gonzalo practicaban “sexo tántrico” y ella estaba “copada”. A mí me reprochaba ser muy ansioso y centrarme demasiado en su vagina-tetas-poto. En general, yo intento atrasar al máximo mi eyaculación y procurar el mayor placer para mi pareja, pero reconozco que con Karen no me “inspiraba” mucho.

Por culpa de Roberto Torres estoy metido en dos forros: una deuda de unos tres millones de pesos con el Fisco, y otra de 400 mil pesos con la PUC. Dos errores: haberle facilitado boletas y facturas a mi nombre para el negocio de Roberto (casi nunca pagó el IVA), y haber dado la dirección de la Quena –como domicilio- en la UC. Ahora existe una amenaza de embargo.

Por el taller que realicé con Prodemu, recibí $ 108.000.

El domingo en la tarde fui al departamento de Maritza. Fui a revisarlo porque ella quiere remodelarlo. Me convidó cerveza y estuvo contándome sus aventuras del último año. Después tomamos once y conversamos sobre el libro de Freud que estoy leyendo. Luego de eso, me asustó con el cuento de que mi café con leche tenía un somnífero, y que cuando me desmayara iba a descuartizarme en el baño. Después sacó un gran cuchillo del clóset y prosiguió con su broma macabra. Yo me atemoricé bastante y no quería darle la espalda. Pasadas las 22 horas me dijo que tenía que irme pues ella debía preparar sus maletas, pues el lunes viajaría a Iquique. Quedó en llamarme cuando regrese a fin de mes. Allá se encontraría con su marido, que además es su psiquiatra.

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